¿Qué hacer con tanto desatino humano?

Jacob es un personaje bíblico tan importante como controversial a pesar de su papel cimero en la historia hebrea. Todos sabemos que negoció la condición de primogénito de su hermano gemelo a cambio de un guisado rojo, tradicionalmente conocido como un plato de lentejas.

Sus padres Isaac y Rebeca formaron una familia muy disfuncional. Desde antes de nacer los gemelos luchaban entre sí y Dios manifestó que tenía un propósito especial con Jacob. ¿Por qué no actuaron sabiamente entonces? ¿Ocultó siempre Isaac a su hijo preferido tal realidad? Después que Jacob compró la primogenitura al hermano, todavía su padre planeaba bendecir a Esaú. La Biblia asegura: Y amó Isaac a Esaú porque comía de su caza; más Rebeca amaba a Jacob (Génesis 25:28). Al oír los planes del esposo, ella decidió engañarle y preparó el guisado para que Jacob se lo llevara. Al preguntarle su padre cómo pudo llevarle tan pronto la comida, respondió:  

Porque Jehová tu Dios hizo que la encontrase delante de mí (Génesis 27:20).

¡Cuánta hipocresía, oportunismo y falsedad hay en sus palabras! Vestido con ropa de Esaú para que Isaac percibiera su olor, abrazó y besó a su padre ciego. Así recibió la bendición que Isaac pronunciaba creyendo que la recibía su hijo predilecto.  

¿Era necesario el engaño para confirmar la elección de Dios a Jacob? ¿Buscó Rebeca dirección divina para lograr que su esposo hiciera lo correcto? ¿Estaría Isaac disgustado por la elección divina? ¿Debió Jacob negarse a esa treta infame? Si antes Esaú vendió su primogenitura, es vana su indignación si su hermano recibió la bendición paterna. ¡Tal vez vendió su primogenitura de mentiritas solo para complacer su estómago! Así mostró su insensibilidad y corazón vengativo: Pronto haré duelo por la muerte de mi padre y después mataré a mi hermano Jacob (Génesis 27:41).

Jacob huyó de la ira de Esaú y el padre le ratificó su bendición antes de marchar: Y el Dios omnipotente te bendiga, y te haga fructificar y multiplique, hasta llegar a ser multitud de pueblos. Y te de la bendición de Abraham, y a tu descendencia contigo, para que heredes la tierra en que moras, que Dios le dio a Abraham (Génesis 28: 3-4). Esaú se marchó a tomar una mujer de los ismaelitas, además de sus otras mujeres (Génesis 28:9). Rebeca, sufriendo la ausencia de su hijo preferido, murió años después sin volver a verlo.

Mientras Jacob huía tuvo una visión y escuchó palabras consoladoras: Yo soy Jehová, el Dios de Abraham tu padre, y el Dios de Isaac; la tierra en que estás acostado te la daré a ti y tu descendencia (…) y todas las familias de la tierra serán benditas en ti y en tu simiente. He aquí, yo estoy contigo, y te guardaré por donde quiera que fueres, y volveré a traerte a esta tierra; porque no te dejaré hasta que haya hecho lo que te he dicho (Génesis 28:15). Dios tenía buenos planes para él a pesar de sus entuertos. Comprobar que él quiere bendecirnos aunque conozca nuestros errores es muy alentador.  

He titulado esta meditación qué hacer con tanto desatino humano porque la historia de Jacob nos afirma que los planes divinos se cumplen pese a nuestras torpezas y actitudes erradas. Nos urge vivir en santidad, obedecer a Dios y actuar limpiamente porque desobedecerle daña nuestra vida personal, pero no a los planes divinos. El secreto del bienestar espiritual frente a los grandes retos de la vida dependerá de cuán capaces seamos de discernir la voluntad divina y acatarla. De otra forma, solo añadiremos dolor, confusión y frustraciones.

Son tristísimas las palabras que Jacob, décadas después, dijera al faraón de Egipto: pocos y malos han sido los días de los años de mi vida… (Génesis 47:9). Tras huir de su hogar paterno fue engañado por su tío. Enamorado de su prima Raquel, ofreció trabajar para él por siete años con tal de casarse con ella. Al cumplir el tiempo celebró su matrimonio con un banquete pero esa noche desposó a su otra prima, Lea, y no a la mujer que amaba. ¡A algunos les sucede cada cosa! ¿Conoces un desatino mayor? Pues se casó con Raquel una semana después prometiendo trabajar otros siete años más por ella. Así fundó una familia peculiar que le provocaría muchos contratiempos. Si deseas saber cuántos, lee los capítulos 29 al 31 del Génesis. No obstante, lo peor le sucedió ya viejo cuando sus hijos mayores, por envidia,  vendieron como esclavo a José, su hijo preferido, a una caravana de mercaderes. Como le dijeron que una bestia le había despedazado, Jacob rasgó sus vestidos e hizo duelo por muchos días negándose a ser consolado:

—Descenderé enlutado a mi hijo hasta el Seol (Génesis 37:35)—, confesó.

¿Podía imaginar que su hijo vivía, volvería a verlo y tendría un rol decisivo en la sobrevivencia de la familia? Otra vez, ni los acontecimientos más trágicos impidieron los planes de Dios. Aunque no entendamos como él obra, debemos aceptar sus designios con humildad, fe y actitudes correctas. Posturas desatinadas o rebeldes ante nuestros infortunios jamás evitarán el cumplimiento del plan divino. Tales reacciones solo nos dañan a nosotros mismos.

¿Conoces los héroes de la fe en Hebreos 11? No te sorprenda que Jacob aparezca entre ellos. Salvo algunos, muchos de los mencionados tuvieron experiencias de las cuales jamás se jactarían. No obstante, creyeron las promesas de Dios y si algunos murieron sin haber recibido lo prometido, sino mirándolo de lejos, y creyéndolo, y saludándolo (11:12). También se nos aclara que Dios no se avergüenza de llamarse Dios de ellos (11:16b). ¿Has leído bien? ¡Él no se avergüenza de ser Dios de los héroes de la fe aunque a veces no obraran como se esperaba de ellos!

Nadie es perfecto, hermana o hermano mío, incluyéndonos tú y yo. Andamos un camino de fe en el cual a todos nos falta mucho. Como Pablo, también cargamos aguijones que solo por la gracia de Dios sobrellevamos. Conocer que Jacob el suplantador fue un héroe de la fe nos anima y a su vez nos alerta. Seamos generosos al juzgar a los demás si nos defraudan. ¿Acaso todas nuestras acciones han sido siempre irreprochables?

Recordemos que cuando Dios nos observa, le interesa más el futuro que nuestros errores pasados. Diferente a los humanos, proclives a resaltar lo que según nuestra opinión los demás hacen mal, Dios mira todo lo bueno que podríamos hacer en lo adelante. ¿No fue así con el apóstol Pedro? Dios no se sorprende por nuestros desaciertos: ¡nos conoce perfectamente! Nos quiere a su lado confiando en que sus planes gloriosos se cumplirán a plenitud.  

Vivimos una época turbulenta. Una pandemia atroz amenaza nuestras vidas y agudiza grandísimos problemas sociales que según donde vivamos, sufrimos unos más que otros. Muchos estamos sobre un polvorín, estresados y afectados psíquica y espiritualmente. Nos alteramos con facilidad, perdemos la paciencia y la cordura ante los terribles dilemas que enfrentamos. Más que nunca, debiéramos esforzarnos por actuar con sabiduría, con mucho tacto y amor cristiano. No hacerlo sería otro desatino y una desobediencia más.

Como personas de fe, confiemos en la soberanía divina y en los planes eternos de nuestro Dios misericordioso. ¿Qué hacer ante tanto desatino en la conducta humana contemporánea? Estamos ante un hervidero de ideas disímiles y acusaciones mutuas donde cada cual pugna por denigrar al contrario sin misericordia, prudencia, compasión ni empatía. Lastimosamente ocurre en cualquier frente; ya sea familiar, político, religioso, científico, social, etc. Mientras tanto, la pandemia ya mató a más de cuatro millones de personas y enfermó a más de doscientos seis mil millones —sin contar a quienes no logran aparecer en las estadísticas—, y nuestra civilización súper desarrollada no logra vencerla. ¿Nos humillaremos alguna vez y pediremos perdón por toda la fanfarria que desplegamos?

Observando las noticias nacionales e internacionales, me horrorizan las conductas y las reacciones humanas. Dios está hablándonos a gritos pero el orgullo, la soberbia, la avaricia y la insensatez impiden a muchos escuchar su llamado. Acojámonos a su misericordia y a su gracia. Él jamás abandonará a quienes en verdad le busquen… a pesar de sus errores. Personalmente, me ha dado paz aferrarme al siguiente texto:

Ninguna palabra corrompida salga de nuestra boca, sino la que sea buena para la necesaria edificación, a fin de dar gracia a los oyentes. Y no contristéis al Espíritu Santo de Dios, con el cual fuisteis sellados para el día de redención. Quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritería y maledicencia, y toda malicia. Antes, sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo (Efesios 4:29-32).

Te invito a meditar, palabra por palabra, sobre esta porción bíblica. ¡Claro que sus enseñanzas no bastan para resolver nuestros problemas sociales ni la amenaza pandémica! Pero si las obedecemos, cambiaremos nuestras actitudes y tal vez atinemos a bendecir a muchos en medio de estos tiempos tan difíciles. Amén.

¡No dejes de oir este himno precioso!

¿Seremos como Judas?

La historia de Judas es muy triste. Fue uno de los doce hombres escogidos para estar entre los doce más fieles y cercanos discípulos de Jesús. ¡Qué privilegio! Escuchó cada palabra del Señor, vio sus milagros, experimentó su amor y su compañía. También es el único de los doce que era natural de Judea, pues todos los demás eran galileos.

Muchos comentaristas bíblicos afirman que Jesús le permitió permanecer dentro del grupo íntimo todo el tiempo aunque sabía desde el principio que le traicionaría. Su historia está llena de misterios. Sobre él se han escrito muchas especulaciones y hay hasta quien afirma que probablemente supuso que aunque entregara a Jesús y se beneficiara económicamente por eso, el Señor se libraría de los planes de sus enemigos.

La historia de su traición es difícil de explicar. ¿Acaso Jesús no era conocido por todos? ¿Necesitaban en verdad sus enemigos que uno de los suyos lo identificara cuando fueran a prenderlo? Jesús habia hablado por tres años delante de multitudes. Su acción de volcar las mesas de los cambistas en el templo de Jerusalén pocos días antes, tiene que haberle identificado muy bien delante de todos y especialmente de las autoridades judías. El propio Jesús dijo: A la verdad, el Hijo del Hombre va según lo que está escrito de él, mas ¡ay de aquel hombre por quien el Hijo del Hombre es entregado. Bueno le fuera a aquel hombre no haber nacido (Mateo 26:24). Su caso está lleno de enseñanzas y también de preguntas cuyas respuestas no sabremos ni entenderemos, al menos de este lado de la eternidad.

No obstante, su caso es también una advertencia para mucha gente que estando cerca y conociendo las enseñanzas de Jesús, nunca comprenden lo esencial…

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El Sermón del Monte

Foto del Mar de Gaiilea tomada por el autor desde el Monte de las Bienaventuranzas

“El sermón de la montaña es el título más grande de nuestra existencia, la justificación de nuestro vivir, la patente de nuestra dignidad de seres provistos de alma, la prenda de que podemos elevarnos sobre nosotros mismos y ser más hombres”. Geovanni Papini (1881-1956)

Aunque no se conoce el lugar exacto donde Jesús predicó el Sermón del Monte según el evangelio de Mateo —que algunos consideran más bien una recopilación de las enseñanzas de Cristo—, la tradición y el ingenio humano crearon un sitio idílico al noroeste del Mar de Galilea. El ahora llamado Monte de las Bienaventuranzas pudo ser el lugar propicio para que Jesús hablara a sus discípulos y una multitud. Como su incultivable topografía rocosa permitía reunir mucha gente en sus laderas, fue el sitio escogido en la década de 1930 para levantar el templo que conmemora ese evento.

El santuario posee una cúpula octagonal con vitrales que muestran cada una de las bienaventuranzas. Rodeado de jardines y con una vista espléndida del Mar de Galilea, invita a la reverencia y la meditación. El camino de acceso lo bordean bloques de mármol labrados con citas de las bienaventuranzas en varios idiomas. ¡Qué lugar paradisíaco! Allí llegan creyentes desde todo el mundo atraídos por la historia y el significado del famoso pasaje bíblico.  

Imposible negar que el Sermón del Monte contiene enseñanzas que nosotros no logramos entender del todo… o nos falta valor, cordura y decisión para ponerlas en práctica. ¡Qué pena! La razón es obvia: van en contra de lo que normalmente sentimos en momentos y circunstancias específicas.

Era muy joven cuando leí la Historia de Cristo de Geovanni Papini y me marcó para siempre. Incrédulo y anticlerical en su juventud, al entrar en su cuarta década de vida Papini se convirtió a Cristo y fue sacerdote franciscano hasta su muerte a los 75 años. No se le lee fácil por su lenguaje hiperbólico y redundante. Sin embargo, vencida la confusa impresión de sus primeras páginas, nos conquista su insistencia en que las declaraciones de Jesús que muchos catalogan como impracticables son las que pueden traer sensatez, bienestar y un cambio radical a la errática conducta humana.

¡Practicarlas, por cierto, es muy difícil! Leyendo a Papini es fácil emocionarse, más acosados por la podredumbre e impertinencia moral que nos rodea, evitar el enojo; no usar nunca juramentos; aceptar y sufrir la ofensa sin devolverla; intentar siempre un arreglo con nuestros adversarios; desechar de cuajo cualquier pensamiento que incite al pecado; decir siempre la verdad; incluso —¿será posible?—, amar a los enemigos y orar por quienes nos ultrajan y persiguen. ¡Oh, Dios! ¿Se equivocó Jesús al enseñar que amásemos a nuestros enemigos? ¿No percibió cuán ultrajado estaba su pueblo por los romanos? ¿Ignoraba el sufrimiento posterior de sus seguidores y las crueles persecuciones que desatarían los emperadores y otros gobernantes de turno?  

Además, exigió que para ayudar a los necesitados, ayunar y orar, todo lo hiciéramos en secreto, sin palabrerías, vanas repeticiones y sin proclamarlo a los cuatro vientos. ¿Por qué, entonces, muchos convertimos nuestra escasa generosidad, espiritualidad y devoción a Dios en un show mediático de luces y colores? Geovanni Papini nos emplaza de frente: los que reclamamos ser fieles seguidores de Jesús fallamos estrepitósamente al considerar impracticables sus más valiosos y poderosos requerimientos. Tras veinte siglos de insistente predicación evangélica, muchos cristianos mostramos la misma actitud irreverente que desde el huerto del Edén desecha las recomendaciones divinas. Imitando a los impíos exhibimos el mismo egoísmo, desamor e insensatez que destruye y pervierte cada vez más a la humanidad. Muy fuerte leer eso, ¿no es cierto?

¿Cómo justificamos nuestra poca obediencia al sermón de Jesús que a la vez consideramos eminente y excelso? Cualquier circunstancia opresiva o contraria a nuestros intereses, provoca que algunos asumamos actitudes diferentes a las recomendadas en dicho sermón. Así nos permitimos comentarios, discusiones, desplantes e inculpaciones entre hermanos y hermanas en la fe que gracias a las actuales facilidades tecnológicas se conocen de inmediato por millares de personas.   

¿Ignoramos otras enseñanzas bíblicas que son también imperativas?: Por tanto, si tu hermano peca contra ti, ve y repréndele estando tú y él solos; si te oyere has ganado al hermano (Mateo 18:15). Si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre, considerándote a ti mismo, no seas que tú también seas tentado (Gálatas 6:1). ¿Mostramos conocimiento bíblico, espiritualidad, espíritu de mansedumbre y ética evangélica al ventilar nuestras diferencias entre hermanos en Cristo, haciéndolas públicas para que todos las conozcan, incluyendo quienes se gozan cuando el cuerpo de Cristo exhibe sus miserias, incomprensiones y desencuentros con total impudor?

Otras palabras de Jesús debieran detenernos si somos tentados a increpar o denigrar delante de los impíos a los hermanos en la fe. El hombre bueno, del buen tesoro del corazón saca buenas cosas; y el hombre malo, del mal tesoro de su corazón saca malas cosas. Más yo os digo que de toda palabra ociosa que hablen los hombres, de ella darán cuenta en el día del juicio. Porque por tus palabras serás justificado y por tus palabras serás juzgado (Mateo 12:35-37). Si el mundo está lleno de palabras ociosas, los creyentes en Cristo no debiéramos unirnos al concierto impío. En todo caso, Jesús también definió cuál es el proceso correcto para intentar la restauración de alguien que obró mal, al final del cual aparecen las palabras dilo a la iglesia; y si no oyere a la iglesia tenlo por gentil y publicano (Mateo 18:17). Notemos que es la iglesia, la que debe ser informada si falla el proceso restaurador, no el mundo. El propósito de la disciplina eclesiástica siempre será lograr el arrepentimiento de la persona, no su perdición ni su total descrédito. Recordemos a su vez —por si alguien interpreta despectivas por parte de Jesús la mención de gentiles y publicanos—, que Jesús fue acusado varias veces de ser amigo de publicanos y pecadores (Mateo 9:10-11) porque compartía y se sentaba a la mesa con ellos. En realidad, él fue más crítico con los escribas y fariseos acusándoles de hipocresía porque no vivían lo que predicaban; mientras recibía gozoso y compartía con los publicanos y pecadores arrepentidos.

Es penoso que tras veinte siglos de predicación cristiana no abracemos del todo la ética del Sermón del Monte. ¿Será absurda, débil e impracticable? Esa actitud no impide que el amor y la gracia de Dios cubran nuestros pecados por el sacrificio de su Hijo, pero sí provoca que dejemos de ser sal de la tierra, como Jesús advirtió. Indecisos todavía entre el oísteis que fue dicho a los antiguos… y el más yo os digo de Jesús, ¿cuál de esos dos sistemas éticos inspira nuestras acciones, sentimientos y pronunciamientos? ¿Será que la Ley del Talión vencerá a la del amor de Dios en Cristo? Si quienes nos odian y persiguen continúan actuando como desean, es obvio que sufriremos mucho, más no debemos extrañarnos: ¡está profetizado! Como de no arrepentirse sufrirán la condenación eterna, nuestro corazón redimido y perdonado debiera mostrar misericordia y orar por ellos como Jesús enseñó.  

Es más extraño todavía que si hemos sido salvados por gracia no ofrezcamos amor, comprensión, empatía y un perdón siempre generoso a nuestros propios hermanos y hermanas en Cristo. No debemos ser jueces inmisericordes de quienes comparten nuestra misma fe. Recordemos otra enseñanza que Jesús proclamó en el monte: no juzguéis para que no seáis juzgados. Porque con el juicio con que juzgáis seréis juzgados, y con la medida que medís, os será medido (Mateo 7: 1-2). Aunque según se comprende en los versículos posteriores tales palabras se refieren a litigios y acusaciones entre hermanos en la fe, obviamente es una norma divina universal que se cumplirá en cualquier otra esfera de la vida. Todos los que juzguen severamente serán juzgados a su vez con la misma medida. ¡Es la ley de la siembra y la cosecha!

Otro pasaje paulino que obedece al espíritu del Sermón del Monte, advierte a los creyentes para que no ventilen sus diferencias delante de los incrédulos y concluye diciendo: Así que, por cierto es ya una falta en vosotros que tengáis pleitos entre vosotros mismos. ¿Por qué no sufrís más bien el agravio? ¿Por qué no sufrís más bien el ser defraudados? (1 Corintios 6:7).

Jesús inició su más famoso sermón proclamando que los pobres en espíritu, los que lloran, los mansos, los que tienen hambre y sed de justicia, los misericordiosos, los de limpio corazón, los pacificadores y los que padecen persecución por causa de la justicia y por su evangelio son bienaventurados. ¿Lo somos nosotros? Las bienaventuranzas, dice William Barclay, no son vislumbres imaginadas de alguna futura belleza; no son promesas doradas de alguna gloria distante; son gritos triunfantes de bendición por un gozo permanente que nada ni nadie en el mundo puede arrebatar.

Muchas experiencias en esta vida nos causarán sufrimiento; injusticias sin número nos angustiarán. Constantes decepciones nos dejarán sin aliento porque mucha gente que amamos nos defraudará. También nuestros propios errores evitarán que mostremos toda la belleza y la gloria que pudiéramos exhibir como hijos de Dios. Sin embargo, nada de ello impedirá que recibamos grandes bendiciones inmerecidas, enviadas por nuestro amante Padre Celestial. Él lo seguirá haciendo y al final disfrutaremos lo mejor de todo: su presencia.  

Nunca olvidemos que aunque estemos lejos de la perfección somos hijos de un Dios de amor y gracia. Por eso Jesús proclamó otro deber ineludible: Así que todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos; porque esto es la Ley y los Profetas (Mateo 7:14). De niño aprendí que tal precepto se llamaba la regla de oro y que era una joya exclusiva del cristianismo. ¿La conoces y la practicas tú? También comprendí que era la norma ideal para el camino angosto y difícil que lleva a la vida eterna, el que pocos siguen porque muchos caminan a la perdición. ¿Lo crees así?

Aunque sean más los que rechazan la ética del Sermón del Monte, seamos parte de la minoría que se atreve a cumplirla. Escuchemos la voz del Señor: no temáis, manada pequeña, porque a vuestro Padre le ha placido daros el reino (Lucas 12:32). Pidamos a Dios perdón si le hemos defraudado ofendiendo, pensando mal, siendo injustos o tratando a nuestros hermanos y hermanas como jamás quisiéramos que nos tratasen a nosotros. Pidamos perdón si ofendimos a alguien, y perdonemos cuando nos ofendan. El perdón, sin duda, siempre es resultado de una vida bienaventurada.  

El peligro de la soberbia

Aunque la Biblia da mucho valor a la humildad, algunos tenemos —¿debiera decir todos?— una marcada tendencia de permitir al ego dominar nuestras actuaciones, decisiones y hasta los juicios que emitimos sobre otras personas. He aquí algunos versículos bíblicos sobre la humildad en los cuales debiéramos meditar con frecuencia:

En su carta a los efesios Pablo escribe: Yo pues preso en el Señor, os ruego que andéis como es digno de la vocación con que fuisteis llamados, con toda humildad y mansedumbre, soportándoos con paciencia los unos a los otros en amor (Efesios 4:2).

En la carta a los filipenses, insistió: Nada hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo (Filipenses 2:3). ¿Pudieras meditar por un minuto qué significa —y todo lo que implicaría— si en nuestras relaciones como hermanos en Cristo actuáramos de ese modo?

En la carta a los Colosenses, Pablo expresó: Vestíos pues como escogidos de Dios, santos y amados, de entrañable misericordia, de benignidad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia; soportándoos unos a los otros, y perdonándoos unos a los otros en amor si alguno tuviera queja del otro. De la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros (Colosenses 3:12-13).                          

Algo muy triste está pasando en estos tiempos. La soberbia y la intransigencia están de moda. ¿Acaso estará sucediendo igual entre los creyentes en Cristo? Tengamos cuidado, porque la soberbia tiene la diabólica costumbre de esconderse tras muchos ropajes. ¡Dios tenga misericordia de todos nosotros! Sería bueno que recordásemos que Dios resiste a los soberbios y da gracia a los humildes (Santiago 4:6)…

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Preguntas angustiosas

Cuando leemos el libro de los Salmos en la Biblia, junto a grandes declaraciones de fe y confianza en el Señor también encontramos muchas preguntas angustiosas. La primera de ellas es: ¿por qué se amotinan las gentes y los pueblos piensan cosas vanas? (Salmo 2:1). La segunda es la siguiente: ¿Por qué estás lejos, oh Jehová y te escondes en el día de la aflicción? (Salmo 10:1). La tercera es una pregunta múltiple: ¿Hasta cuándo, Jehová? ¿Me olvidarás para siempre? ¿Hasta cuándo esconderás tu rostro de mí? ¿Hasta cuándo pondré consejos a mi alma, con tristezas en mi corazón cada día? ¿Hasta cuándo será enaltecido mi enemigo sobre mí? (Salmo 13:1-2). En el Salmo 22:1 encontramos: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? ¿Por qué estás tan lejos de mi salvación, y de las palabras de mi clamor? Dicho salmo siempre se ha considerado mesiánico porque Jesús repitió palabras muy semejantes en la cruz.

Tal vez sería interesante estudiar todas las preguntas que se encuentran en el libro probablemente más amado y leído de nuestras Biblias, al cual acudimos con frecuencia tal vez por esa misma razón: ¡en el transcurso de nuestras vidas nos hacemos muchas preguntas y algunas de ellas nos resultan muy angustiosas!

¿Encontremos respuestas fáciles y rápidas a todas las preguntas que expresemos a Dios, especialmente cuando sufrimos diversas pruebas o calamidades? Honestamente creo que muchas veces no, al menos en esta vida. Sin embargo, estoy convencido de que no debemos sentir temor de expresarle a Dios nuestras angustias con sinceridad.  Eso nos enseña el Salmo 142:1-2: Con mi voz clamaré a Jehová; con mi voz pediré a Jehová misericordia. Delante de él expondré mi queja; delante de él manifestaré mi angustia.

Aunque nos parezca extraño, expresarle al Señor nuestras angustias y temores cuando estemos atribulados es también una expresión de fe. ¿No lo sabías? Hacerlo demuestra que le amamos, que creemos en él y le necesitamos. También es una prueba de que somos sinceros expresando nuestros sentimientos y que reconocemos nuestra fragilidad humana…

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La oración sin respuesta

Todos podemos contar experiencias de oraciones contestadas porque cuando así sucede nos sentimos muy felices, bendecidos y amados por el Señor. A su vez, hay peticiones que hemos hecho y vemos pasar los años sin que nada ocurra… ¿Te ha sucedido así?

Según mi experiencia pastoral, algunos hermanos y hermanas muy fieles oraron durante toda su vida por algo muy importante para ellos, pero partieron de este mundo sin recibir la respuesta de Dios que deseaban. Con respecto a eso, puedo testificar que Dios también es experto en respuestas póstumas. Puede que algunas de nuestras peticiones se respondan después de que nosotros nos hayamos ido. ¿Por qué Dios lo hace así?

Él es Dios —y francamente—, muchas nuestra débil mente humana no puede explicar ni comprender sus actos. Sin embargo, ello no impide que sigamos creyendo en él, amándole y confiando en él con todo nuestro corazón: ¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios y inescrutables sus caminos! Porque ¿quién entendió la mente del Señor y quién fue su consejero? (Romanos 11:36).

No obstante, estamos convencidos de que nosotros hemos conocido y creído el amor que Dios tiene para con nosotros. Dios es amor; y el que permanece en amor permanece en Dios, y Dios en él (1 Juan 15:16). Por lo tanto, nos gozamos cuando él contesta rápidamente nuestras oraciones y cuando no lo hace… ¡nos gozamos en creer y confiar en su sabiduría y su amor inefables! Él sabe lo que hace aunque nosotros no lo entendamos. Él es Dios. Si es imposible pretender que entenderemos siempre sus designios, sabemos que sí es posible experimentar la plenitud de su amor y su gracia…

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Poniéndonos en el lugar del otro

Por el pastor: Raúl C. Fraguela, San Miguel del Padrón, La Habana

«Es por la misericordia de Jehová no hemos sido consumidos, porque nunca decayeron sus misericordias. Nuevas son cada mañana; grande es Tu fidelidad. Mi porción es Jehová, dijo mi alma; por tanto, en Él esperaré (Lamentaciones 3:22-24»

Muchas veces, actuamos a la ligera ante los problemas de los demás. Los aconsejamos con rudeza y oramos con respecto a ellos para que Dios les aumente la fe y para que les de sabiduría, pero no intentamos, en ninguna manera, ponernos en el lugar del otro.

El Señor me ha hecho y me hace pasar por muchas pruebas en el tiempo que he sido pastor. A veces pienso que es una forma que él emplea para que pueda entender el dolor y las necesidades de los demás y no actuar de una manera inadecuada. Entiendo, que la misericordia también quiere decir: ponernos en el lugar de otro. Solo de esa manera podremos sentir sus penas, hacernos conscientes de sus angustias y carencias y lograr tener una mejor comprensión de los problemas ajenos.

Servimos a Dios y es muy bueno saber que él conoce lo que es caminar con nuestros zapatos. Seguimos a Cristo, quien nos mira con misericordia y nos dice: vayan en paz. Y finalmente nos regocijamos y llenamos de alegría al aceptar al Señor y llenarnos de Su Espíritu. ¿Estarías dispuesto a aceptar la misericordia que Dios te regala cada mañana? ¿Podrías compartirla con otros a tu alrededor?

La palabra del Señor siempre nos insta al perdón, a la comunión fraternal, al crecimiento en fe y la maduración en caracter. También nos invita a compartir la misericordia que nos brinda cada día, con cada uno de nuestros hermanos. Como dicta la palabra en Efesios 4:32: Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo.

Vayamos entonces, adelante, respirando y compartiendo la misericordia del Señor. Recordemos que la mejor muestra de misericordia nos la ofrece Él mismo, quien ha decidido estar con nosotros, compartir nuestro dolor y nuestra angustia, y por encima de todas las cosas, acompañarnos siempre con Su presencia y cuidado. Sed, pues, misericordiosos, como también vuestro Padre es misericordioso (Lucas 6:36).

¡Aprendamos a ponernos en el lugar de otros!

Retos de la Covid-19: proteger a los que amo

“No mirando cada uno por lo suyo propio, sino cada cual también por lo de los otros» (Filipenses 2:4)

No debe sorprendernos que en su tiempo Pablo escribiera que todos buscan lo suyo propio (Filipenses 2:21); ni tampoco debiera asombrarnos que ahora permanezcan tales actitudes e incluso veamos que se acrecientan. El egoísmo humano es una realidad innegable y siempre presente. Lo peor es que es obvio qe cada día va en aumento.    

Por ello insisto en la necesidad de que todos estemos conscientes del momento en que vivimos y no solo pensemos en el peligro que tenemos cada uno de enfermar o morir si nos contagiamos debido a la pandemia. También debiéramos estar conscientes de que todo puede complicarse aún más si nos comportamos de una manera egoísta. Todos, incluso sin enfermarnos, hemos sido afectados por el aislamiento, las restricciones de movimiento, la paralización de nuestras actividades y las grandes afectaciones económicas que en mayor o menor medida hemos sufrido. Estamos inmersos en una experiencia que nos afecta a todos y nadie debe tomar decisiones y comportarse sin tomar en cuenta el sentir o las necesidades de los demás.

Como mencioné hace meses en una publicación anterior, la relación entre el apóstol Pablo y Epafrodito, a quien la iglesia de Filipos envió para que le sirviera y atendiera en Roma, es un ejemplo claro de cómo actúan las personas cuando están desprovistas de egoísmo personal y tienen en cuenta el bien de los demás y sus necesidades. Un espíritu generoso tiene un efecto muy bienhechor cuando estamos envueltos en grandes dificultades. ¡Cuán bueno sería que todos actuáramos de esa manera!  

Al conocer que Pablo estaba preso en Roma, la iglesia de Filipos no solo le mandó una ofrenda, sino que envió a Epafrodito para que le asistiera y cuidara personalmente durante su encarcelamiento. ¿Sabías que acompañar a un recluso pendiente de juicio en el imperio romano, exponía a quien lo hiciera a ser involucrado en la misma causa? Epafrodito, después de estar un tiempo con Pablo, cayó gravemente enfermo, lo cual angustió muchísimo al apóstol. Es posible que Epafrodito, consciente de lo que significaba para la iglesia de Filipos su presencia junto al apóstol, no se angustiara tanto pensando en sí mismo, sino en Pablo y sus necesidades. Gracias a Dios, pudo sanar y continuar ayudándole.

Entonces sucedió lo inesperado: Pablo, viéndole curado, decidió enviarle de regreso porque deseaba que los filipenses se gozaran al verle regresar sano y salvo. ¿Te das cuenta? A pesar de la ayuda que la presencia de Epafrodito significaba para él, el anciano apóstol mostró que él no pensaba en sí mismo, sino en la felicidad que el regreso de su ayudante sano y salvo proporcionaría a los filipenses. Por lo tanto, les escribió diciéndoles: Así que le envío con mayor solicitud, para que al verle de nuevo, os gocéis, y yo esté con menos tristeza. Recibidle, pues, en el Señor, con todo gozo, y tened en estima a los que son como él (Filipenses 2:28-29).

Pablo pensaba en el dolor de la iglesia al saber que su mensajero había enfermado y prefirió que tuvieran el gozo de verle regresar sano,. Epafrodito regresó para complacer a Pablo y alegrar a los creyentes de Filipos. La vida es más hermosa cuando en vez de pensar en nosotros mismos, pensamos en otros y nos disponemos a causarles alegría y bienestar.

Así fue que Epafrodito, al viajar a Roma para ayudar a Pablo no solo ocupó un lugar muy importante en el ministerio apostólico, sino también en la historia del cristianismo a pesar de que solo sabemos de él que acompañó y sirvió a Pablo hasta que una enfermedad se lo impidió. Al sanar, complació al apóstol regresando a Filipos para dar esa alegría a los hermanos de su iglesia. A su vez, Pablo prefirió que regresara a costa de perder su ayuda y compañía. ¿Notas cómo los dos actuaron con un notable desinterés propio, deseando alegrar y bendecir al otro?

Es una verdad incuestionable que mucho de lo que logremos en la vida lo determinará nuestra manera de interactuar con otras personas, de modo especial cuando nos encontremos en momentos difíciles. El amor cristiano propicia relaciones con valores eternos si somos capaces de comprender lo que sienten los demás y cuáles son sus verdaderas necesidades. Todo ello tiene un valor especial ahora cuando las vidas de todos han sido afectadas no solo por el peligro de contagiarnos, enfermar y morir, sino por sufrir un cambio tan drástico en la forma de vivir y relacionarnos con los demás en medio de esta pandemia. Hoy, si bien cada cual tiene la responsabilidad de cuidarse a sí mismo, es importante recordar que si no lo hacemos también estaremos exponiendo a los demás.

Cumplir con todos los requisitos de las normas sanitarias y evitar a toda costa las aglomeraciones de personas para no exponernos a un contagio, es una acción que además de protegernos a nosotros mismos, preserva y bendice a cada uno de nuestros familiares y personas allegadas. También demuestra cuanto nos importa la vida y el bienestar de los que amamos. Vivimos una situación en que el cuidado personal a una exposición al contagio es crucial, porque también demuestra nuestro amor a los demás. Mantenernos sanos es una forma de bendecir y ayudar a nuestros familiares y a todas las personas que amamos.

 Quienes solo piensan en sí mismos casi siempre se van de este mundo sin dejar huellas y solo amontonan frustraciones y amarguras. Sin embargo, quienes preocupados por el bienestar de los otros llenan sus vidas de buenas acciones disfrutan del gozo de ser útiles, bendecidos y muy amados a su vez. En un momento tan crítico como este en que la cantidad de enfermos y fallecidos está creciendo tan peligrosamente, es bueno reconocer que si nos cuidamos estamos bendiciendo y ayudando a las personas más cercanas y queridas. ¿Cómo te sentirías si alguien que amas se contagia debido a una imprudencia tuya?

Dios nos ayude para que en este tiempo tan largo y difícil, que ha afectado por completo la vida de todos, seamos capaces de comprender que la salud de quienes nos rodean depende en gran manera de que nosotros mismos evitemos enfermarnos. Oremos porque nuestra familia y la gente que amamos no se enfermen, pero recordemos que todo también dependerá de la forma en que nosotros mismos nos cuidemos. A la vez que haya una persona enferma en una casa o familia todos los demás estarán expuestos.

Entonces, no cuidarnos es un acto de egoísmo que no tiene en cuenta el bienestar de la gente que más amo. ¡Claro que podemos orar porque nuestros seres amados no se enfermen! No obstante, busquemos la forma de hacerles sentir seguridad al saber que nosotros mismos estamos cuidándonos responsablemente.

De esa manera todos seremos bendecidos.    

Los males no vienen solos

Después de un año y medio sufriendo la pandemia, debido a las nuevas cepas de la enfermedad mucho más virulentas, peligrosas y mortales -y también a la tosudez y la insensatez humanas-, ahora vivimos sus peores momentos en nuestro país y en otros lugares del mundo. ¿Cuándo terminará esta pesadilla? No obstante, no es el Covid 19 el causante de todos nuestros males sino la propia condición pecaminosa de la humanidad. En un tiempo pensé que enfrentar una calamidad como esta ayudaría a nuestra generación a ser más sensata y temerosa de Dios, pero es obvio que no. Desde el huerto del Edén los seres humanos decidimos hacer nuestra soberana voluntad y no escuchar ni obedecer los designios del creador. ¿Entonces?

Con demasiada frecuencia y motivados por razones e intereses personales hasta muchos de nosotros, creyentes en Cristo racionalizamos las enseñanzas bíblicas y tenemos una capacidad proverbial de acotejarlas a nuestro parecer según convenga. Lo cierto es que la vida, debido a la pandemia y muchísimas causas más, casi que se está volviendo insoportable.

Una ojeada a la Biblia nos permite ver claro que el sufrimiento humano va a acompañarnos mientras estemos sobre la tierra y que son muchas las causas que pueden abrumarnos y desesperarnos. Solo que jamás podremos olvidar que sin importar qué suceda, Dios siempre será nuestro amparo y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones…

El programa Mensaje de Fe y Esperanza se trasmite de lunes a viernes a las 8:55 pm por los 800 AM (Onda Media)

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El valor de la esperanza

Seguramente conoces la frase: la esperanza es lo último que se pierde. La decimos con frecuencia cuando enfrentamos tiempos difíciles o nos acosan circunstancias dañinas y deseamos salir de ellas rápidamente. También se considera una de las tres virtudes cardinales, tal como escribió el apóstol Pablo: Y ahora permanecen la fe, la esperanza y el amor, pero el mayor de ellos es el amor (1 Corintios 13:13).

¿No te sorprende la afirmación de que el amor sea mayor a las otras dos virtudes esenciales? La razón es que la fe y la esperanza, si no mostramos amor, pueden mantenernos alejados de otras personas y convertirnos en egoístas, insensibles al dolor y a las necesidades de los demás, o jueces incapaces de comprender el sentir de otros. La fe sin amor puede convertirse en obstinación, intransigencia y fanatismo. La esperanza sin amor puede ser muy egoísta y sombría. Un famoso comentarista bíblico decía que el amor es el fuego que enciende la fe y es la luz que convierte la esperanza en certeza.

Pablo también escribió: Y no solo esto, sino que también nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia; y la paciencia, prueba; y la prueba esperanza; y la esperanza no avergüenza; porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado (Romanos 5:3-5).

No hay dudas: no es que la esperanza sea lo último que se pierda, tal como dice el conocido refrán, sino que en realidad, la esperanza debiera ser aquello que por amor a los demás, bajo ningún concepto debiéramos estar dispuestos a perder, aunque no pensemos ni opinemos igual que otras personas… Sea como sea, es Dios quien en verdad conoce los corazones y tenemos su mandato: amaos unos a otros entrañablemente, de corazón puro (1 Pedro 1:22). Es por ello que el amor es mayor que la fe y la esperanza, porque ambas brillan más si el amor de Dios en nuestros corazones es quien las inspira y sostiene…

El programa Mensajes de Fe y Esperanza se trasmite de lunes a viernes a las 8:55 pm por los 800 AM (Onda Media)

ACLARACIÓN IMPORTANTE: La siguiente canción siempre que la oigo me emociona y me da esperanzas. No obstante, creo firmemente que lo que ella anuncia solo será posible del todo en el Reino de Dios. Pero nosotros esperamos, según sus promesas, cielos nuevos y tierra nueva, en los cuales mora la justicia. Por lo cual, oh amados, estando en espera de estas cosas, procurad con diligencia ser hallados por él sin mancha e irreprensibles, en paz (2 Pedro 3:13-14).

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