La ley de la siembra y la cosecha

“No os engañéis, Dios no puede ser burlado: pues todo lo que el hombre sembrare eso también segará. Porque el que siembre para la carne, de la carne segará corrupción; más el que siembra para el Espíritu, del Espíritu segará vida eterna. No nos cansemos, pues, de hacer el bien; porque a su tiempo segaremos, si no desmayamos. Así que, según tengamos oportunidad, hagamos bien a todos, y mayormente a la familia de la fe (Gálatas 6:7-8)”

En el pasaje anterior hay una declaración bíblica irrebatible: todo lo que el hombre sembrare eso también segará. Aunque a veces disfrutemos de lo que sembraron otros y en ocasiones sembremos sin poder recoger nada; solo recogeremos lo mismo que sembramos, porque el que siembra para la carne, de la carne segará corrupción, más el que siembra para el espíritu, del espíritu segará vida eterna (6:7-8). De modo que cuando Pablo habla de la ley de la siembra y la cosecha no se refiere solo a la producción agrícola sino a una norma irrefutable para toda la vida humana.   

¿Has leído en Deuteronomio 27:15-26 las maldiciones de Moisés sobre determinadas conductas? Pareciera que Dios se goza castigando con crueldad a los transgresores: Jehová enviará contra ti la maldición, quebranto y asombro (v.20); traerá contra ti mortandad (v.21); te herirá de tisis, fiebre, inflamación y de ardor (v.22); te entregará derrotado a tus enemigos (v.24); tus cadáveres servirán de comida a toda ave del cielo y fiera de la tierra y no habrá quien las espante (v.26); te herirá con la úlcera de Egipto, con tumores, con sarna (v.27); con locura, ceguera y turbación de Espíritu; y palparás a mediodía como palpa el ciego en la oscuridad (vs. 28-29). Si no conociéramos las costumbres de los tiempos bíblicos diríamos que eran maldiciones crueles. ¿Es ese el Dios de amor de la Biblia? ¿Cómo Moisés pudo hablar así al pueblo antes de pasar a poseer la tierra a la cual Dios mismo les había guiado para poseerla?

Tales maldiciones eran una costumbre común en la cultura semítica. Al formalizar algún pacto o tratado las maldiciones advertían de cuán catastrófico sería no cumplir con lo acordado. Para nosotros maldecir es desear y declarar que alguien sufrirá males específicos, más para los semitas solo constituían advertencias dramáticas para que todos se ocuparan de cumplir sus pactos. No significaba que quien expresara las maldiciones deseaba que ocurrieran sino todo lo contrario; querían que cumpliendo los acuerdos hechos la vida de todos fuera lo mejor posible. Por eso todo el pueblo decía amén después de escucharlas, expresando así que estaban dispuestos a obedecer lo pactado.

Es en ese sentido que Moisés pronuncia las maldiciones antes de que el pueblo pasara a poseer la tierra advirtiéndoles así de lo conveniente que era que siempre obedecieran a Dios. Por eso es importante conocer que los libros de la Biblia fueron escritos siguiendo los patrones culturales vigentes en las épocas en que se escribieron. De no hacerlo así no podrían ser entendidos por quienes los leyeran u oyeran su lectura en su momento. Si al interpretar pasajes bíblicos en el Siglo XXI desconocemos la cultura de la época en que ocurrieron los hechos, cometeríamos errores similares a los de muchos incrédulos que ignorando la historia y el proceso de su escritura califican a la Biblia como un libro arcaico y obsoleto que nada tiene que enseñar al hombre y la mujer contemporáneos.

Hay varias ciencias bíblicas ─imposible llamarles de otra forma─ que a través de los siglos han logrado la conservación, estudio, traducción y difusión de la Biblia. Aunque algunos científicos lo ignoren, existen disciplinas muy rigurosas como la hermenéutica, la teología, la arqueología, la geografía bíblica, la lingüística, la antropología, la filología clásica y la hebrea, la historia y otras más que han ayudado a clarificar, valorar, entender, interpretar y conservar nuestro libro sagrado. Es inaudito que algunos intenten demeritar las verdades bíblicas mediante acusaciones que al expresarlas solo demuestran una total ignorancia sobre el amado libro. Jamás olvidaré al seguidor y profesor de ateísmo científico, instructor político del campamento UMAP donde me recluyeron en 1965, quien muy arrogantemente me dijo:

  ─A ustedes todos los tienen engañados. Me sé la Biblia completa de memoria y te diré la verdad de una vez por todas: ¡la escribió un señor feudal para engañar a sus súbditos!

Era obvio que este orgulloso ateísta científico jamás tuvo una Biblia en sus manos y aunque desconocía totalmente cómo había sido escrita, se atrevió a decir un disparate tal a un estudiante de tercer año de un Seminario Teológico. Otras aseveraciones como que la Biblia solo contiene leyendas y tradiciones patriarcales desconocen la profundidad de las investigaciones lingüísticas, hermenéuticas, históricas y arqueológicas que avalan la veracidad y el valor de las Sagradas Escrituras. Aunque nuestras convicciones se basan y sostienen por fe, las enseñanzas bíblicas están afirmadas por un estudios críticos, exhaustivos y profundos de la Biblia realizados por eruditos a través de los siglos. Todo lo cual nos permite con la ayuda del Espíritu Santo, interpretar sus antiguas enseñanzas y aplicarlas para nuestras necesidades actuales.

Hoy es imposible maldecir como Moisés retando a los suyos a la obediencia aunque me temo que a algunos de nosotros nos encantaría hacerlo. Apenas aparecen maldiciones en el Nuevo Testamento pues en labios de Jesús se convierten en lamentos por lo que sufrirán los malvados. Él repite varias veces la expresión: ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos…! en Mateo 23:13-33. También se lamenta por la ciudad de Jerusalén: ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos como la gallina junta sus polluelos debajo de sus alas y no quisiste! (Mat 23: 37). Y por Judas: ¡Ay de aquel hombre por quien el Hijo del Hombre es entregado, más le vendría a aquel hombre no haber nacido! (Mat 26:24). Por último, no maldice a quienes le crucificaron, sino ora por ellos: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen (Lucas 23:34). Un buen ejercicio espiritual ─si estás tentado a proferir maldiciones─, sería leer primero los capítulos 27 y 28 de Deuteronomio y después los ayes de Jesús en Mateo (23:13-33) y captarías la profunda diferencia entre ambos pasajes. Proferir crueles maldiciones hoy en día no es lo mismo que lamentarse por las consecuencias inevitables del pecado y la maldad en otros.

Las maldiciones de Moisés son diferentes a las palabras de Pablo aunque este mencione la ira de Dios al escribir el texto bíblico más explícito sobre la pecaminosidad humana: Porque la ira de Dios se rebela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres que detienen con injusticia la verdad… (Romanos 1:18 y siguientes). Moisés hablaba desde la inexorable rigurosidad de la Ley y el apóstol siempre lo hizo consciente de la inmensidad de la Gracia: Porque la paga del pecado es muerte, más la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro (Rom 6:23).

¿Qué piensas de las siguientes palabras de Jesús? Oísteis que fue dicho: Pero yo os digo, amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen y orad por los que os ultrajan y os persiguen para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y hace llover sobre justos e injustos (Mat 5: 43-45). ¿Entenderemos alguna vez el corazón de Dios?

Quienes hemos sido perdonados por gracia no tenemos otra opción que mostrarla hacia los demás aunque nos sea difícil. Pablo también escribió: Bendecid a los que os persiguen, bendecid y no maldigáis (Rom 12:13). Es significativo que en sus escritos no haya una sola maldición hacia los emperadores romanos de su época aunque todos dieron sobradas razones para ello. ¿Por qué se cuidaría de hacerlo? Sería indigno pretender que lo hizo debido a su ciudadanía romana, la cual le permitió apelar al César cuando lo acusaron los judíos, porque sería dudar de su total entrega y obediencia a Dios y su comprensión del evangelio de amor y perdón que predicaba. ¿A quiénes se refería cuando escribió a Timoteo que debía orar por todos los hombres, por los reyes y todos los que están en eminencia, para que vivamos quieta y reposadamente en toda piedad y honestidad (1 Timoteo 2:1-2)?   

Los cristianos enfrentamos ahora tiempos muy difíciles pues nuestras convicciones están siendo atacadas como nunca por diferentes formas de pensar elaboradas por proyectos globales con poder político y mediático para promocionarlas y establecerlas. ¿Tendrá que ver todo esto con la ley de la siembra y la cosecha? A mi entender, fue descrito por Pablo hace dos mil años: porque vendrá tiempo cuando no sufrirán la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oír; se amonestarán maestros conforme a sus propias concupiscencias, y apartarán de la verdad el oído y se volverán a las fábulas (2 Timoteo 4:3-4). ¡No podría el anciano apóstol haberlo escrito más claro! 

La Biblia enseña que los seres humanos nacemos dotados de un sexo específico. Hoy sabemos también que tal diseño sexuado lo determina nuestra constitución genética; la cual permite que hombres y mujeres igualmente valiosos, pero con características sexuales diferentes, hayamos sido creados a semejanza de Dios para señorear en común la creación, tener hijos, crear familias y llenar la tierra.

No obstante, una parte de la ciencia contemporánea ─negándose a aceptar las opiniones de otros científicos y el poder corruptor del pecado en la conducta humana─, ha construido nada menos que 112 géneros distintos hasta hoy. Por eso no te asustes si escuchas que el género es una construcción social. ¿Cómo no va a serlo? Comenzó por dos y ya tenemos la increíble suma antes mencionada. Por ello se realizan en el mundo costosas cirugías que son antecedidas y seguidas por persistentes terapias hormonales a fin de que cada cual disfrute a plenitud del género que libremente se auto perciba. Todo ello con independencia de la constitución genética (ADN), la cual define el sexo como una peculiaridad irreductible. Sin embargo, el mismo razonamiento científico que propicia cambiar el sexo biológico por un género auto percibido, considera lesivo a la dignidad y los derechos humanos ayudar a quienes manifiesten confusión entre su sexo y su género para recibir terapia a fin de lograr que ambos coincidan y todo funcione como Dios lo planeó. ¿No es contradictorio?

Lo peor es que la comunidad científica muestra oídos sordos a los problemas que tales conceptos crean a nombre de los derechos humanos. Aunque coincidimos en que es inaceptable cualquier discriminación o maltrato a personas con diversas conductas sexuales, resulta intrigante que los promotores del enfoque de género también cierren sus oídos a las historias ─que no son pocas─ de quienes han sufrido mucho por seguir tales corrientes, no tanto por la discriminación recibida sino por sus propias luchas y contradicciones internas. Tampoco están dispuestos a valorar las experiencias de múltiples ministerios e iglesias cristianas que ayudan a tales personas a reconstruir sus vidas mediante la fe en Cristo, del mismo modo que todo el que busca a Dios y se arrepiente hace, ya que los pecados que causan infelicidad y destruyen la vida de cualquiera no son solo los relativos a la sexualidad. Preocupa e indigna muchísimo también la insistencia de ayudar e influir en niños y niñas menores a decidir sobre su género y orientación sexual con independencia de su sexo biológico antes de tener la edad que les concede responsabilidad legal por sus decisiones.    

No obstante, creo firmemente que nuestro deber jamás será maldecir ni condenar a ninguna persona sino bendecir a todos predicándoles el evangelio de Cristo, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree (Romanos 1:16). Conscientes de la ley irrebatible de la siembra y la cosecha, y convencidos de que nada puede hacer un mayor bien a la humanidad que el bendito evangelio de Cristo sigamos adelante con fe y confianza, obedeciendo el consejo bíblico: No nos cansemos pues de hacer le bien, porque a su tiempo segaremos, si no hubiésemos desmayado. Así que según tengamos oportunidad, hagamos bien a todos y mayormente a la familia de la fe (Gálatas 6: 9-10).

¿No creemos en la ley de la siembra y la cosecha? ¡Continuemos sembrando pues!

«Y el que da semilla al que siembra, y pan al que come, proveerá y multiplacará vuestra sementera, y aumentará los frutos de vuestra justicia (2 Corintios 9:10)»

Himno: Sembraré la simiente preciosa.

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Las señales de los tiempos

Durante los útimos días todos hemos estado atentos a las señales metereológicas. Como estamos en temporada de huracanes, desde que se anunció la formación de la tormenta tropical Elsa vivimos al tanto de las noticias, y mientras se va acercando miramos constantemente las señales atmosféricas. ¡Es lo más sabio, porque eso nos permite prepararnos de la mejor manera! En los tiempos de Jesús los fariseos y saduceos se acercaron a él retándole para que le mostrase señal del cielo. Entonces él les habló de las señales de los tiempos. ¿A qué se refería? Ellos creían que cuando llegara el Mesías habría señales extraordinarias y Jesús no era lo que ellos esperaban.

Pero la frase las señales de los tiempos para los creyentes se ha vuelto proverbial y en realidad, los acontecimientos actuales son señales muy claras. No solo de la corrupción humana, sino del cumplimiento de profecías bíblicas que es imposible ignorar…

El programa Mensajes de Fe y Esperanza se trasmite de lunes a viernes a las 8:55 pm por los 800 AM (Onda Media)

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¿Está la Biblia en desacuerdo con la ciencia?

Tomado de http://www.biblicas.org (The International Bible Society)

¡La Biblia nos dice que suceden milagros! El nacimiento de Jesús de una virgen, y Su resurrección de la tumba son elementos cardinales en la fe de los cristianos. El origen de la vida misma proviene de la mente y el acto de Dios. Increíblemente, algunos científicos enseñan que evolucionamos a partir de células individuales, que a su vez se desarrollaron a lo largo de miles de millones de años de cargas eléctricas. Frente a la increíble complejidad de los seres vivos, todavía no encuentran evidencia de diseño inteligente en el universo.

Así, la ciencia a menudo se enfrenta a la Biblia, pero todo depende de lo que entendemos por ciencia. La ciencia se basa en la observación cuidadosa, en la descripción precisa de los acontecimientos y fenómenos naturales. Las conclusiones científicas se basan únicamente en el razonamiento a partir de pruebas fácticas. Todo cristiano debe tener gran respeto por el método científico y aceptar su validez. Sin embargo, algunos cristianos bien intencionados toman la posición de que la ciencia y la Biblia son enemigos implacables y esta actitud no contribuye a la comprensión de nadie.

A su vez, algunos científicos consideran la Biblia como una colección anticuada de mitos y de disparates primitivos. En su cosmovisión no hay lugar para el diseño inteligente. Una vez que han desechado la Biblia, miran hacia abajo a los creyentes como personas aún atrapadas en sus anticuados sistemas de fe. Así las dos concepciones parecen estar encerradas en un conflicto interminable.

Ambas partes podrían usar una dosis de humildad. Recordamos que cuando Nicolás Copérnico declaró que la Tierra no era el centro del universo, fue declarado hereje. Más tarde, Galileo fue juzgado por declarar que el sol era el centro de nuestro sistema solar. Las autoridades de la Iglesia en aquellos tiempos exigieron que se retractaran. Cabe aclarar que la Biblia en sí no es la culpable de este conflicto.

Es evidente que la ciencia ha hecho descubrimientos asombrosos y ha expuesto creencias arraigadas como falsas. Cada cristiano debe apoyar la búsqueda de la ciencia, ya que busca descubrir y comprender los sorprendentes misterios del universo. El sentido de admiración ante la complejidad y la enormidad del universo sólo puede ser profundizado y enriquecido.

Al mismo tiempo, algunos científicos caen en la trampa de aceptar a las teorías como hechos cuando son sólo teorías. Esto realmente viola el método científico. Entre estas suposiciones enormes y no probadas están las relativas al origen de la vida y la negación de lo sobrenatural. Para estos científicos, la conclusión es que llegamos aquí por casualidad y terminamos en la nada. Esta posición es fundamentalmente insostenible, y la Biblia ofrece una alternativa maravillosa y totalmente razonable. Es una alternativa que implica la fe en la existencia eterna del ser que la Biblia llama Dios.

Hay una idea muy siniestra dando vueltas en estos días, una idea que incluso se enseña en las escuelas como la verdad. Esa idea es que la ciencia se funda sólo en los hechos y la religión se basa únicamente en la fe en la Biblia. Por lo tanto, la teoría avanza, cuando se trata del origen de la vida, la evolución puede ser enseñada en las escuelas, pero no la creación. La verdad es que ambos puntos de vista están basados en un enorme salto de fe y ambos dicen ser razonables. El creacionista de hecho pone su fe en el diseño inteligente, y encuentra en esta fe una explicación razonable de la vida y su origen. Sin embargo, el evolucionista también opera por la fe: la fe en el origen inexplicable y totalmente al azar de algo ¡de la nada! No se equivoquen, esto también es una suposición sorprendente que no se basa en hechos observables. Para los cristianos, la fe en el diseño inteligente como explicación del origen de la vida es mucho más razonable que la fe en la aleatoriedad y el azar ciego.

Recordemos, también, que la Biblia no es un libro de texto científico ni usa terminología científica. Después de todo, fue escrito hace miles de años. La Biblia es un libro de casos de amor y amonestación divina, así como la respuesta muy humana del fracaso y el triunfo.

Así que aunque la Biblia no es un tratado científico, es nuestra guía para la vida. Nos enseña el asombro ante los misterios de la vida. En nuestro lecho de enfermos, cuando todas las respuestas de la ciencia se han agotado, nos lanzamos a la esperanza tan maravillosamente descrita en ella. Por eso vivimos aquí por la fe y alcanzamos la vida más allá de la tumba. En las páginas de la Biblia encontramos la historia de nuestro origen y destino.

¿Se ha convertido en tu guía, también?

¿En qué Dios creemos?

Por el Rev: Rodolfo Rodríguez Matos, Presidente de la Iglesia Evangélica Misionera

En momentos que los enemigos de la fe se levantan con fuerza contra la iglesia, debemos afianzar bien en qué Dios hemos creído. No es un dios hecho por manos de hombres; no es un dios atado o disminuido; no es un dios distante e inerte; no es un dios distraído u ocupado en otras cosas que le imposibilitan darse cuenta de lo que sucede; tampoco es un dios con rivales de su categoría que le puedan hacer fuerza.

Cuando Isaías tuvo la visión de Dios, lo vio sentado en el trono, rigiendo como rey, y lo identificó como Jehová de los ejércitos (Isaías 6:1,5), cuya gloria llena toda la tierra (v.3); adorado y proclamado por ángeles del cielo a su servicio (v.2-3, 6-7). Luego, en el capítulo 40, el profeta nos deja ver a Dios en el despliegue de sus atributos y poder; he aquí algunas declaraciones:

“¿Quién midió las aguas con el hueco de su mano y los cielos con su palmo, con tres dedos juntó el polvo de la tierra y pesó los montes con balanza y con pesas los collados? (…) he aquí las naciones le son como una gota de agua que cae del cubo, y como menudo polvo (…) como nada son las naciones delante de él; y en su comparación serán estimadas menos que nada, y que lo que no es (…) Él convierte en nada a los poderosos, y a los gobernantes de la tierra hace como cosa vana. Como si nunca hubieran sido plantados, como si nunca su tronco hubieran tenido raíz (…) Él está sentado sobre el círculo de la tierra, cuyos moradores son como langostas delante de él; el extiende los cielos como una cortina, los despliega como una tienda para morar. Él convierte en nada a los poderosos, y a los que gobiernan la tierra como cosa vana. Como si nunca hubieran sido plantados, como si nunca hubieran sido sembrados, como si nunca su tronco hubiera tenido raíz en la tierra; tan pronto como sopla en ellos se secan, y el torbellino los lleva como hojarazca…” (Isaías 40:12,15,17,22-24).

El libro de los Salmos despliega la grandeza de Dios en bellas poesías y cánticos, y por medio de ellos tenemos una revelación del Dios en el cual hemos creído. En el Salmo 136 encontramos una de las más completas exposiciones de la misericordia y el poder de Dios: Alabad a Jehová porque él es bueno, porque para siempre es su misericordia. Alabad al Dios de los dioses, porque para siempre es su misericordia. Alabad al Seor de los señores, porque para siempre es su misericordia los señores (Salmo 136:1-3).

Otro salmo declara: Porque yo sé que Jehová es grande, y el Señor nuestro, mayor que todos los dioses. Todo lo que Jehová quiere, lo hace, en los cielos y en la tierra, en los mares y en todos los abismos (Salmo 135:5-6). Y al hablar la Biblia de la falsedad e inutilidad de los dioses de los pueblos declara: Nuestro Dios está en los cielos; todo lo que quiso ha hecho (Salmo 115:3).

El Salmo 2 presenta a los pueblos, los reyes y los príncipes de las naciones maquinando contra el reino de Dios y su ungido, decididos a acabar con él. Pero el salmista ve el fin vergonzoso que les espera, y dice: El que mora en los cielos se reirá; el Señor se burlará de ellos. Luego hablará de ellos en su furor, y los turbará con su ira (Salmo 2:4-5). Y los salmos 93:1; 96:10; 97:1; 99:1 declaran que: Jehová reina.

Pablo escribe sobre Jesucristo: Dios le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en el cielo, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor; para gloria de Dios Padre (Filipenses 2:9-11).

El libro de Apocalipsis presenta la victoria de Dios y de su reino, en medio de un mundo de calamidades. La visión que Juan tuvo en su destierro no fue del triunfo del mal, sino del triunfo del Eterno, quien siempre aparece sentado en el trono, y no corriendo sofocado, tratando de resolver contingencias y remendar portillos (4:2,9,10; 5:1,13; 7:9-11,15; 19:4; 20:11; 21:5). Así leemos: Yo soy el Alfa y la Omega, principio y fin, dice el Señor, el que es y que era y que ha de venir; el Todopoderoso (Apocalipsis 1:8).

Si hemos creído en este Dios soberano y todopoderoso, ¿por qué vivir con desesperación? Dios domina sobre todos y tiene el control de todo. Él guarda y sostiene a los suyos y los defiende de los enemigos; en sus manos estamos sus hijos. Quien intente arrebatarnos, tendrá que pelear con él, y sin éxito: Mis ovejas oyen mi voz, y yo les conozco y me siguen, y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre que me las dio, es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre (Juan 10:27-29). Eso debe llevarnos a la confianza y la paz interior, en vez de correr a la desesperada, como acorralados por un enemigo indetenible. Pablo dijo: Yo sé en quién he creído, y es poderoso para guardarme hasta el día final (2 Timoteo 1:12).

¡Cuidado hermanos! No sea que al ver que el mal crece y los malos parecen tener el control, de manera inconsciente nos estemos haciendo una imagen falsa de nuestro Dios, como si el diablo le ganara ventaja o el mal le sobrepasara. Dios es el Señor, y como he dicho otras veces, el punto final de cada capítulo de la historia lo pone él con su propio dedo; pregúntenle a Belsasar (Daniel 5).

Cristianos, en tiempos complejos como los que vivimos, renovemos nuestra visión de Dios. Alcemos nuestros ojos al cielo y allí le veremos, sentado en su trono, rigiendo como Soberano; oigámoslo decirnos: Estad quietos y conoced que yo soy Dios (Salmo 46:10).

¡Que él nos bendiga!

El final feliz

En los alrededores del campamento UMAP de las Marías, provincia de Camagüey, 1966

El pasado 30 de junio se cumplieron 53 años de mi desmovilización en las fatídicas Unidades Militares de Ayuda Producción (UMAP) que bochornosamente existieron en Cuba desde noviembre de 1965 hasta junio de 1968. En recuerdo de esa fecha final publico una edición condensada del capítulo de mi libro Dios no entra en mi oficina, en el cual narro las experiencias de ese último día y esbozo un breve análisis sobre lo que las UMAP significaron para mi vida y ministerio. La historia total de esa experiencia se encuentra en el resto del libro.

El autor

Cuando Jehová hiciere volver la cautividad de Sión, seremos como los que sueñan. Entonces nuestra boca se llenará de risa y nuestra legua de alabanza (Salmo 126:1-2)

El sábado 29 de junio de 1968, a las cinco de la tarde dieron la orden de terminar el trabajo y salir del campo porque había llegado la añorada orden de desmovilización general, la cual esperábamos con ansiedad. Inmediatamente se armó una algarabía total en los campos donde trabajaban los reclutas UMAP. Todos comenzaron a tirar sus sombreros al aire y a chocar unos con otros sus machetes. Los amigos se abrazaban fuertemente unos a otros. Otros se iban juntando al abrazo formando grupos compactos de hombres que corriendo de un lado a otro de los campos de caña, gritaban, cantaban, se reían… y lloraban como niños.

Ese día murieron, gracias a Dios, las fatídicas Unidades Militares de Ayuda a la Producción. Jamás entierro alguno ha provocado tanto gozo. Cuando se calmó el ambiente de alegría en el corte de caña regresamos al campamento. ¡Las UMAP ya no existían! Algunos estuvieron toda la noche festejando y otros conversaron alegres hasta que el sueño les rindió. Nuestra compañía completa se despertó por sí sola al otro día antes del amanecer y cerca de las nueve de la mañana nos trasladaron al Central Senado. Allí reinaba una confusión total porque llegaban reclutas de diferentes unidades y no había transporte suficiente para todos. Algunos intentaban irse por sus medios pero no se les permitía.

—¡Hasta el último momento esto es una salación!—, comentó un recluta que pasó por mi lado corriendo.

Poco a poco nos marchamos todos. A la una de la tarde del domingo 30 de junio de 1968, descendí frente a la casa de mi esposa de un ómnibus que, lleno de reclutas desmovilizados, continuaba viaje hacia La Habana. Tanto añoré ese instante que me extrañó la normalidad con que saludé a mi esposa y a su familia.

Los grandes momentos de la vida suelen llegar con una naturalidad inmensa. Entré a la casa y saludé a todos de la misma manera que lo hacía cuando llegaba de pase. ¿Sería que en el fondo de mi alma dudaba que fuera cierto? Del mismo modo que las grandes tristezas primero producen incredulidad y rechazo, las grandes alegrías a veces provocan insensibilidad. Necesitamos asimilar con lentitud que el acontecimiento que añoramos tan intensamente se ha hecho realidad.

En las películas la fotografía, las luces y la música juegan un papel primordial en los momentos cumbres, pero en la vida real no hay música de fondo ni efectos especiales. Tampoco aparece un letrero de fin mientras la cámara se aleja y se canta o se escucha la canción tema, porque después del desenlace de una experiencia comienza la siguiente o continúan las que se vienen desarrollado paralelamente a la que terminó. Todo suele ser tan normal que a veces se nos escapa la maravilla de los acontecimientos.

Asimile la disolución de las UMAP tranquila y serenamente porque lo cruel, ignominioso e injusto fue haber estado allí. Ahora todo retomaba su curso. Las UMAP fueron la pesadilla recurrente de una noche larga, cuando el amanecer parece no llegar jamás aunque la aurora siempre pone punto final a la noche más desesperada. La salida del sol es la glorificación de la esperanza aunque ocurre cada día de manera natural.

En septiembre regresé al Seminario Bautista de La Habana junto a los otros hermanos que fueron desmovilizados. En la entrevista que sostuve con parte de la Facultad para solicitar mi reingreso, consideré mi deber compartir a los profesores la profunda crisis espiritual que atravesé durante algunos meses. El Dr. Rafael A. Ocaña me interrumpió:

—No supimos nada, Alberto. Todos somos presa de la duda y el desaliento alguna vez. Lo importante es que el Señor te ayudó y estás aquí de nuevo.

Quise aclarar que si podía me iría del país y el Pbro. Juan Francisco Naranjo también me interrumpió:

—¿Quién no ha pensado alguna vez irse, hijo? Lo importante es que desees servir al Señor y te dejes guiar por él. A lo mejor nunca te vas, por lo tanto, no hay obstáculos para que termines tus estudios. La obra necesita pastores y tú estás aquí ahora.

Cursé el último año, —el que dejé inconcluso cuando me reclutaron— y me gradué el 19 de junio de 1969 junto a Ernesto Alfonso, Israel García y José Ferrer y Segundo Mir. Ese día, Miriam y yo cumplíamos nuestro tercer aniversario de bodas. Todos los sueños que al parecer se truncaron el 26 de noviembre de 1965 se cumplieron después. Mirian y yo fuimos a vivir a San Antonio de Río Blanco, en la provincia de La Habana, pastoreamos la iglesia que tanto amábamos y que nos ayudó económicamente todo el tiempo de la prueba. Allí fui ordenado como pastor el 26 de mayo de 1970.

Dos semanas más tarde nació David tres años después llegó Liliam. Fueron tiempos felices que disfrutamos intensamente aunque las circunstancias eran difíciles y nuestra situación económica precaria. La separación que sufrimos durante la experiencia UMAP nos enseñó que lo más importante no es el lugar dónde uno está ni cuantas cosas se posean, sino con quien estemos. Aunque hemos padecido carencias, nunca impidieron que fuésemos felices.

En 1974 nos mudamos para Pinar del Río y tres años después nació Leydis. Durante veintitrés años servimos al Señor en la iglesia bautista Nazaret donde vivimos una etapa excepcional de nuestras vidas. ¡Sería imposible enumerar tantas bendiciones recibidas! Si en las UMAP hubiese tenido la posibilidad de ver el  futuro y observar nuestra vida como ha sido posteriormente, no me hubiera angustiado como lo hice. ¡En los momentos difíciles hay que dar lugar a la fe y a la esperanza! Me avergüenza mi desesperación y angustia en una experiencia que tenía que era, obligatoriamente, pasajera. Es penoso que cuando estemos padeciendo la aflicción, no seamos capaces de confiar y esperar en Dios pacientemente. En nuestra debilidad, tal como yo mismo hice, nos atrevemos a cuestionarlo todo, lo cual es común y humano. No obstante, hay una verdad que en los momentos más difíciles no debiéramos olvidar, porque en ella está el secreto de la victoria.

Elie Wiesel, en su libro La Noche cuenta que estando en el campo de concentración de Auschwitz, al regresar un día del trabajo, fueron obligados a presenciar una ejecución. Tres víctimas encadenadas esperaban ser ahorcadas, una de ellas un niño. Subieron juntos a los tres condenados en sendas sillas y al mismo tiempo le pusieron la soga sobre sus cuellos. A una señal, las sillas fueron quitadas y los cuerpos colgaron. Se hizo un silencio profundo y largo. Los dos adultos ahorcados murieron instantáneamente, pero el niño estuvo colgando largo rato, combatiendo entre la vida y la muerte en una lenta y horripilante agonía. En esos momentos Elie escuchó a alguien detrás de él, preguntando:

—¿Dónde está Dios ahora?

Y una voz dentro de su corazón, le contestó:

—¿Dónde está Dios? Él está ahí… ¡colgado en esa horca!

Dios sufre con nosotros cuando las grandes tristezas llegan a la vida. Él no se ofende si nos desesperamos ni se aparta de nuestro lado. Nos ayuda a enfrentarlas, preparándonos para disfrutar el futuro sin amarguras ni resentimientos. Nos capacita para continuar viviendo y recibir las bendiciones que en su propósito de amor tiene para con nosotros después. Cuando llega la aflicción debemos esperar pacientemente hasta que los malos tiempos pasen. El salmista David describió ese proceso de manera maravillosa: Pacientemente esperé a Jehová y se inclinó a mí y oyó mi clamor. Y me hizo sacar del pozo de la desesperación, del lodo cenagoso. Puso luego mis pies sobre peña, y enderezó mis pasos. Puso luego en mi boca un cántico nuevo, alabanza a nuestro Dios (Salmo 40:1-3).

Si somos capaces de confiar y esperar en Dios sufriremos menos nuestros infortunios. Si tomamos el camino de la imprecación y la amargura, solo aumentaremos dolor y confusión aunque Dios jamás nos abandonará aunque protestemos angustiosamente. De la misma manera que fue a la cruz en la persona de Su Hijo a morir por nosotros, también va a nuestro lado en las horas de aflicción. Su presencia, compañía y sostén nos permiten encontrar la paz y la victoria.   

Cuando mis sueños fueron rotos por el golpe más bajo y cruel que recibí en mi vida, Dios recogió los pedazos que quedaron y en el horno del dolor, donde nadie como él sabe crear obras maestras, los fundió y me los devolvió más brillantes y conformes a sus propósitos. En las UMAP aprendí que no es el cumplimiento de nuestros sueños lo que puede traer felicidad a la vida, sino la búsqueda y aceptación del propósito que él tiene para con nosotros. El plan de Dios siempre será mejor que las mayores aspiraciones que tengamos, o los mejores planes que podamos concebir.

En muchos sentidos, mi vida ha sido diferente a lo que imaginé. Antes de ser llevado a las UMAP decidí salir del país convencido de que no encajaba en la sociedad que se gestaba. El primer intento se frustró estrepitosamente. Cuando estaba en las UMAP y por causa de ello, —¿así que creen que soy lacra social?— reforcé la decisión. Como al ser desmovilizado las disposiciones legales vigentes impidieron mi salida, comencé mi ministerio con la esperanza de que algún día me iría definitivamente. Mientras tanto me entregué a hacer la obra del Señor donde él me situó.

Lenta e imperceptiblemente comencé a comprender que estaba llamado a quedarme. Mientras tanto llegaron los hijos. Nos dedicamos Miriam y yo a enseñarles los valores de la fe cristiana a pesar de que la sociedad circundante los negaba. No fue un trabajo fácil. Ambos siempre entendimos que el tiempo dedicado a ellos era parte importante de nuestro ministerio. Así no conocieron padres tan ocupados en la obra del Señor que no tuvieran tiempo para la vida familiar, los juegos, los paseos juntos, la comunión, el consejo o la disciplina. Jamás pensamos que el tiempo invertido en la familia era tiempo quitado a la obra del Señor, sino todo lo contrario.

Cuando veo hoy cuánto Dios nos ha bendecido y todas las oportunidades que nos ha dado de servirle, me siento agradecido. Cuando observo a nuestros hijos con la dedicación que sirven al Señor, le alabo todavía más. Crecieron y se formaron en un medio adverso, pero a la hora de tomar una decisión, la hicieron por Cristo. Si nosotros hubiéramos escogido sus cónyuges, sin lugar a dudas nos hubiéramos decidido por las mismas personas que ellos eligieron, por sus maravillosas condiciones humanas y sus valores cristianos. Nuestros siete nietos han sido el postrer y más maravilloso regalo.

Nuestras grandes satisfacciones han llegado a través de las bendiciones recibidas en el servicio del Señor. Aunque hemos padecido dificultades y carencias, las bendiciones en el ministerio cristiano y en la vida de familia nos han proporcionado abundantes tesoros en el reino de lo espiritual, donde no pueden sernos quitados y donde realmente se decide la felicidad o la desdicha de los seres humanos.

El joven que era cuando fui llevado a las UMAP no interpretaba la vida de esa manera.

El que regresó de allí, había encontrado, definitivamente, una nueva escala de valores.

FIN

¿Cómo lograr un ministerio impactante?

“Por esta causa doblo mis rodillas ante el Padre de nuestro Señor Jesucristo (…) para que os dé, conforme a las riquezas de su gloria el ser fortalecidos en el hombre interior por su Espíritu; para que habite Cristo por la fe en vuestros corazones, a fin de que, arraigados y cimentados en amor, seáis plenamente capaces de comprender con todos los santos cuán sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura y de conocer el amor de Cristo que excede a todo conocimiento, para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios”

(Efesios 3:14-19)

Enviada por la organización Bible Clubs de Estados Unidos, Helen Black llegó a Cuba en 1948 y desarrolló un precioso ministerio misionero fundando Mi Campamento en Manajanabo, Villa Clara. Al romperse las relaciones diplomáticas entre ambas naciones en 1961, su embajada le avisó que regresara a su país de inmediato pero ella decidió quedarse, convencida de que Dios le llamó a vivir predicando el evangelio entre los cubanos.

Durante 30 años no salió de Cuba por temor a que le impidieran regresar. Décadas después viajó varias veces a su país, pero volvía ansiosa a atender su ministerio. Con amor y sacrificios indecibles sostuvo Mi Campamento y fue una profesora muy amada y respetada en el Seminario de Los Pinos Nuevos en Oliver, Villa Clara, y en el Seminario Bautista de Santiago de Cuba. Helen supo vencer las dificultades más increíbles logrando incluso el respeto y la ayuda de las autoridades, quienes aprendieron a valorar y respetar su vida nítida y su palabra verídica y sincera. Tenía un don especial para impartir estudios bíblicos que ofrecía en su campamento y en las iglesias. Fuerte de carácter, indoblegable en sus convicciones doctrinales, era una mujer de oración con una sensibilidad espiritual impresionante. Escucharla orando era toda una experiencia espiritual. Jamás escuché a nadie orar como ella lo hacía. Con mucha dulzura, naturalidad y total sencillez, sin aspavientos ni desborde de emociones presentaba al Señor todos sus planes, anhelos, pensamientos y preocupaciones. Ella hablaba con Dios hasta de aquellos asuntos que muchos de nosotros consideraríamos insignificantes y pude comprobar muchas veces cómo Dios contestaba con presteza sus oraciones. ¡Qué mujer tan especial!

¿Por qué evoco en esta publicación a quien considero una verdadera heroína de la fe cristiana en Cuba? Ella encarnó a plenitud el texto que inspira este mensaje. Su amor al Señor, a su Palabra, a los cubanos, así como su sumisión total a la voluntad divina marcó mi vida y la de muchos de mi generación. Sus conceptos sobre la santidad, la justicia y la verdad eran inconmovibles. Su compromiso ministerial y misionero era tal, que cuando algunos de sus amados jóvenes errábamos en algo, ¡se convertía en una leona defendiendo a los suyos de las asechanzas malignas! Las reprensiones más fuertes que recibí en mi juventud vinieron de sus labios y con sus ojos llenos de lágrimas. Aunque al principio me hirieron y me fue difícil entenderlas, ¡cuánto le agradecí después al comprender las razones que tenía para requerirme! Helen vivió el resto de su vida en Cuba, amada y admirada por todos los que le conocieron. El 3 de mayo de 2003, con 85 años de edad, Dios le exaltó y voló gozosa desde Santa Clara al encuentro de su Señor. ¡Cuánto anheló durante toda su vida ese momento! Hoy necesitamos mucho ese tipo de entrega y compromiso con el evangelio para que los creyentes vivan su fe a plenitud y las personas vuelvan sus ojos a Cristo. Por ello, ¿cómo enfrentar este momento tan difícil y desconcertante que ahora vivimos, con lograr ser fieles como ella y otros muchos que antes de nosotros modelaron la senda a seguir?

1.- Todos necesitamos ocuparnos en fortalecer nuestro ser interior. Al escribir a los efesios por esta causa doblo mis rodillas ante el Padre de nuestro Señor Jesucristo (…) para que os dé, conforme a las riquezas de su gloria el ser fortalecidos en el hombre interior por su Espíritu (Vs. 14-17) Pablo usó una frase muy conocida en la cultura griega de su época: el hombre interior. Dicha expresión ─versiones más actuales de la Biblia la traducen como ser interior─se refiere a la razón, la conciencia y la voluntad de los seres humanos. ¿Qué significa que los creyentes fortalezcan su ser interior

Significa que usemos el raciocinio para discernir entre el bien y el mal y no nos llevemos por pasiones, instintos, temores o deseos; que actuemos con sabiduría para mantener limpio nuestro testimonio; que tengamos una conciencia más sensible para con las realidades, las tragedias y la corrupción humanas. Es triste que a veces los creyentes dejamos de ser la sal de la tierra, como quería Jesús. Significa también que tengamos la voluntad de aceptar con gozo lo que Dios quiere para nosotros en cada circunstancia, dispuestos a cualquier sacrificio o renuncia con tal de obedecerle.

Hoy, si queremos que la gente crea en el mensaje que predicamos, no lo dudes: primero debemos lograr que crean en nosotros mismos. Para impactar a los demás ellos deben ver que tenemos suficiente sabiduría como para no enredarnos en sus mismos problemas; una conciencia capaz de mantenernos ajenos a la corrupción imperante y una voluntad dispuesta a obedecer y practicar los principios que proclamamos con insistencia. Eso es fortalecer nuestro ser interior.

En este mundo que apenas da valor a normas éticas, muchos mienten con facilidad. Si hay que sobornar, entrar en componendas, robar o sucumbir a la corrupción, demasiada gente está dispuesta a todo. ¿Podremos hacerlo los creyentes en Cristo? ¿Qué quedará del testimonio cristiano si mostramos las mismas inconsistencias de aquellos que no siguen al Señor? ¿Cómo anda nuestro ser interior? ¿Controlan la razón, la conciencia y la voluntad todas nuestras reacciones? Si queremos impactar a los no creyentes no hay de otra: debemos impresionarles con nuestra conducta.  

2.- Todos necesitamos abrir totalmente a Cristo nuestros corazones. Al leer la oración de Pablo para que habite Cristo por la fe en vuestros corazones (v. 17) nos viene la pregunta: ¿Si Pablo está escribiendo a creyentes, por qué pide que Cristo habite por la fe en ellos? El Espíritu Santo es quien nos conduce al conocimiento de Dios, nos convence de pecado y nos guía a toda verdad. No obstante, en la misma carta a los Efesios (1:14) se nos aclara que el Espíritu es las arras de nuestra herencia; una vivencia personal que debe ir en ascenso, en la cual mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor (2 Cor. 3:18). A la vez, este proceso dependerá de cómo cultivemos nuestro ser interior. Los creyentes podemos contristar o apagar al Espíritu (Efesios 5:19) impidiendo o limitando su obra en nosotros.

Para llamar a los pecadores a Cristo solemos usar un versículo que fue escrito y dirigido a una iglesia: He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo (Apocalipsis 3:20) ¿No estará Pablo haciendo lo mismo? Él ora por cristianos y está pidiendo: para que habite Cristo por la fe en vuestros corazones (V.17). Influidos por la complejidad de la vida moderna y la actual pérdida de valores, ¿comprendemos los creyentes actuales hasta dónde llega el amor de Cristo tan ancho, largo, profundo y alto (Efesios 3:18) que a la vez reclama lo mismo de nosotros?

¿Es un amor así el que nosotros mostramos a los demás? Tal amor destruiría todos nuestros intereses personales, prejuicios, rencores, frustraciones y amarguras, llenándonos de compromiso con la redención y el perdón de los pecadores, sean quienes fuesen. ¿Tanto llena nuestro corazón la presencia y el amor de Cristo que nada nos atrae más que hacer Su obra dónde y cómo él quiere que la hagamos? Si queremos impactar a las generaciones actuales es necesario ofrecerles un amor suficientemente ancho, largo, profundo y alto como el de Cristo. ¿Estamos conscientes de ello?

3.- Todos necesitamos ser llenos de la plenitud de Dios. Pablo también rogó que los creyentes fuésemos llenos de toda la plenitud de Dios (V.19). La palabra que se traduce por plenitud significa aquello que se llena hasta adquirir carácter completo. Es la palabra usada para las cestas llenas de peces cuando el milagro de Jesús (Mateo 14:20); o cuando el evangelio alcance a todos los gentiles (Romanos 11:25). Si queremos impresionar a las personas con el evangelio de Cristo, no podremos hacerlo a menos que estemos llenos de la plenitud divina. ¿Cómo animar a otros para que transformen sus vidas si las nuestras no han sido cambiadas primero? El evangelio debe saturarnos y dominar todas nuestras acciones. Solo llenos del amor de Cristo, su perdón, entrega, bondad, sacrificio y desinterés total por su propio beneficio impresionaremos a los incrédulos.

Un cristianismo penetrado por costumbres y valores mundanos no logrará el impacto necesario para ganar a las multitudes para Cristo. Nos llenaremos, sí, de proyectos y conseguiremos quienes nos sigan y se unan debido a sus propios intereses. A menos que ocurra una transformación real en aquellos que dicen ser cristianos hasta el punto de enfocarse en las necesidades y problemas reales de todos, incluyendo a los no creyentes, será en vano esperar que el mensaje del evangelio alcance e impresione a multitudes.

Temo que hoy prolifere en gran parte del cristianismo un acomodo dudoso y arriesgado con el mundo. ¿Me equivoco al juzgar? ¿No estamos acaso llenos de planes, métodos y estrategias basadas más bien en los valores torcidos de una sociedad que reniega de las enseñanzas bíblicas? El autor del libro Casas que Transformarán el mundo, Wolfgang Simson, dice que: muchos de los actuales métodos para el crecimiento de la iglesia provienen de congregaciones que han puesto sus ojos donde el mundo los tiene: en los índices de la bolsa de valores, en los centros del poder político y económico, en la mercadotecnia y en la tecnología. Como resultado, introducen en las iglesias valores mundanos en vez de fortalecer en ellas una espiritualidad genuina y bíblica.

Ello no significa que rechacemos la tecnología y el desarrollo. Debemos proclamar el evangelio por todos los medios que la contemporaneidad ofrece, pero sin sucumbir a los valores del postmodernismo. Urge que retornemos al compromiso y a la entrega total que es inherente y básico en la enseñanza cristiana. Más si la tecnología solo nos cautiva para complacernos, hacer más espectaculares nuestros cultos y fomentar la superficialidad, la vanidad y la indolencia características de la sociedad actual, mejor sería apartarnos de todo ello y volver a la sencillez del evangelio.  

Los cristianos debemos llenarnos de Dios si queremos alcanzar a nuestros coetáneos. Un coro antiguo proclamaba: Si mi alma se llena de Dios… mi casa… mi iglesia… mi pueblo… mi patria… sentirá que mi alma se llena de Dios. ¿Lo recuerdas? ¡Qué gran verdad! Tiene que comenzar por nosotros mismos la plenitud de Dios si queremos que llegue a los demás.

Una iglesia llena de Dios vivirá en santidad y desechará la carnalidad y frivolidad que suele esconderse muy bien tras las emociones en las reuniones de adoración, en las cuales multitudes delirantes alaban… pero al salir del templo no ponen en práctica lo que cantaron y expresaron. ¿Has notado eso? ¿Cómo verá el Señor tales actitudes?

¿Nos atrevemos de manera profética a identificar y condenar los pecados que corrompen la sociedad actual? ¡Cuidémonos de no sucumbir ante sus mismos males! Si quienes decimos creer en Cristo también mentimos, tenemos doble vida, justificamos nuestras conductas impropias porque las cosas andan tan mal que no hay otra forma de vivir, ¿qué lograremos? Si también nos movemos impulsados por la conveniencia, ¿a quién pretendemos rescatar?

Asegurémonos de que el mismo Dios llene en verdad nuestra vida; no los cánticos, las alabanzas, los planes, las estrategias, los conocimientos o la persecución a toda costa de nuestro bienestar e intereses personales. La gente tiene que ver con claridad que nuestros valores no son los del mundo. Solo así se decidirán a escucharnos.

Fortalezcamos nuestro ser interior, abramos totalmente a Cristo nuestros corazones y busquemos la plenitud de Dios, esa que se demuestra por el interés que tengamos en cumplir Su voluntad y buscar el bienestar, la salvación de otros y la fidelidad de aquellos que dicen seguir a Cristo. Solo así podremos cumplir nuestra misión y lograr el impacto en otros que Helen Black ─y muchos más─ lograron en su tiempo.

Hoy toca a nosotros hacerlo.

¿El problema es el patriarcado?

Por el Dr. Bárbaro Abel Marrero, Rector del Seminario Bautista de La Habana.

Hoy, de manera recurrente, se habla con saña del patriarcado por los medios de comunicación. Este es un concepto que por mucho tiempo ha sido vituperado; pero la diferencia actualmente es que, al parecer, la sociedad se ha concertado en afirmar que este es el gran enemigo a atacar, el gran culpable. ¿Realmente es así?

Lo primero que debemos preguntarnos es en qué consiste el patriarcado. Etimológicamente, significa el gobierno del padre. La conclusión que algunos pretenden demostrar es que lo peor que está ocurriendo en nuestra sociedad es que los padres gobiernan en las familias. Sin embargo, una mirada objetiva a nuestro alrededor nos permite comprobar que ese no es el caso. Ciertamente, hay serios problemas con los padres en la sociedad, pero no es precisamente que estén gobernando, guiando, dirigiendo o siendo cabezas de sus familias. Veamos los diferentes tipos de padre que existen.

En primer lugar, el padre exclusivamente biológico. Es el que engendra, pero no desea ni reconoce al fruto de su sexualidad. Entiende su paternidad como un resultado azaroso de una relación no comprometida, que solo busca placer. Con tanto libertinaje sexual que se promueve, no es extraño que haya numerosos padres de este tipo. Otra modalidad de esta clase de padre se verifica en la llamada reproducción asistida. Lamentablemente, algunos abogan por este tipo de procreación, en la cual al hijo se le niega a priori la oportunidad de conocer al donante, que en realidad ha aportado la mitad de su genotipo, así como a toda su familia paterna.

También tenemos al padre alejado. Es el que reconoce al hijo, tal vez lo ama y provee para él materialmente, pero por disímiles razones no vive junto a su retoño. Quizás abandonó a la madre por otra mujer o es víctima de un divorcio que él no quería, pero la realidad es que vive físicamente lejos de su prole. Esta es una nefasta consecuencia de los elevados índices de divorcio en la sociedad contemporánea. Aunque el hombre quiera ser el mejor de los padres, se verá imposibilitado de desarrollar todo su potencial. No se puede ser un padre excelente a la distancia, porque todo hijo necesita el contacto directo, la relación cotidiana, el modelaje espontáneo, la cercanía paterna y la comunicación oportuna en momentos claves. Esto no puede ser plenamente compensado con bienes materiales ni con visitas o reuniones esporádicas.

Por otra parte, tenemos al padre indiferente. Es el presente-ausente, que no da ni frío ni calor a la familia, un cero a la izquierda, una figura decorativa en la casa. Él ha abdicado voluntariamente de su trono, pues, como dice la canción, no quiere perder su tiempo en eso, y prefiere defender a ultranza el matriarcado. Ese padre no toma iniciativa, no asume responsabilidad y no desempeña un rol significativo en la vida de sus hijos. No se involucra activamente en la dinámica familiar, sino que, aun estando físicamente en el hogar, consume su tiempo leyendo periódicos, esparciéndose en la computadora o viendo deportes. Algunas mujeres manifiestan querer un esposo así, pero la realidad es que, cuando lo tienen, terminan frustradas, y reconocen que necesitan algo más.

Asimismo, está el padre abusivo. Evidencia el mismo egoísmo que el indiferente; pero incluye, además, la irritabilidad y la violencia. Por lo general, los hijos y la esposa le temen y prefieren mantenerse lejos de él. Es el padre que grita, ofende, denigra y golpea. Tal vez tiene problemas con el alcohol, con el enojo o ha escogido a su familia como mecanismo de sustitución para expresar sus frustraciones personales. Esposa e hijos se sienten aliviados cuando este padre sale de sus vidas. Aunque algunos alegan que estos son los auténticos patriarcas, no es así. Ellos no gobiernan, sino que desgobiernan; son tiranos, dictadores, la antítesis del verdadero liderazgo.

Finalmente, tenemos al padre amoroso. Este es el modelo ideal. Ama a su esposa y a sus hijos, y se ha comprometido firmemente a cuidarlos, así como a proveer para ellos material, emocional y espiritualmente. Está dispuesto a asumir un rol de liderazgo y enfrentar cualquier sacrificio con valentía, para que su familia marche de manera exitosa y nada dañe la salud y armonía hogareña. Aun la necesaria disciplina de los hijos se practica y se recibe como un acto de amor, porque se comprende que el propósito no es herir sino enseñar. Cuando este tipo de padre se ausenta temporalmente, la esposa y los hijos lo extrañan con vehemencia y su regreso es anhelado como un gran acontecimiento. El padre amoroso es fuerte y tierno a la vez, fiel a su esposa y a sus hijos. Utiliza su poderío para trabajar, proteger, servir y guiar. Él gobierna bien su casa. Dichosas las familias que tiene un padre así.

El gran problema de nuestra sociedad no es que haya padres gobernando sus familias, sino que hay algunos que solo engendran; otros muchos, ausentes del hogar; también están los indiferentes y no faltan los abusivos. Esa es la gran crisis que experimenta nuestra cultura posmoderna. Para desdicha de todos, los padres amorosos, que conducen bien a sus familias, son una exigua minoría. ¡Esa es la verdadera tragedia!

¿Qué tipo de padre eres? El Señor tenga misericordia de nosotros y nos ayude para que, en un mundo donde cada vez se desvirtúa más la figura paterna, podamos ser esos padres virtuosos, que guían a su familia con sabiduría, firmeza, compromiso, fidelidad y amor.

El valor de los buenos recuerdos

El niño corre en círculos por la glorieta, juega y sonríe al abuelo que le cuida y observa sentado en un banco. ¡Ambos llevan allí más de una hora!

El niño corre y se aleja para regresar feliz a los brazos del abuelo, quien le abraza y besa como si no lo hubiera visto en años. Y el niño ríe y disfruta. Cada vez se va más lejos y el abuelo finge no mirarlo para que el nieto le llame y corra de nuevo a sus brazos. Otras veces el abuelo se esconde y el niño sale a buscarlo, preguntando:

—¿Dónde está? ¿Dónde está?

El niño salta y ríe cuando el abuelo asoma su cabeza y corre hacia él. Se siente seguro y amado cada vez que recibe su abrazo y ambos viven momentos muy felices.

Cuando el niño crezca, ¿recordará tal episodio de su vida? Difícilmente, porque tiene menos de dos años. Él disfruta momentos alegres y tiernos que tal vez no pueda recordar, pero que inexplicablemente le habrán marcado para siempre. El abuelo, aunque al principio creyó que estaba perdiendo el tiempo sí recordará todo con lujo de detalles. Él pospuso clases por preparar, exámenes que revisar, libros que leer. Todo quedó pendiente para jugar con un niño que corre y ríe reclamando abrazos y besos.

El abuelo se levantó temprano pensando en aprovechar el día para hacer trabajos pendientes. De pronto, su hija se puso de parto y como el esposo había salido a gestiones de su trabajo, tuvo que llevarla para el hospital porque ella traía al mundo a su segundo hijo. Allí espero a que el esposo de la hija llegara para regresar él a la casa. Quería atender sus trabajos pendientes y acompañar a la abuela, que quedó atendiéndolo todo y cuidando al nieto. Cuando el abuelo llegó y se sentó en la mesa del comedor para volver a sus tareas, ella casi le gritó:

—¡Lo mejor que podrías hacer sería sacar a pasear al niño y entretenerlo! Así la casa se despeja. ¿No crees?

El abuelo perdonó y entendió a la abuela por mandarlo a despejar la casa ─¡qué día tan complicado!─, tomó al niño de la mano y se lo llevó a jugar con él. Se fue lamentando sus trabajos pendientes aunque poco a poco comprendió que le había tocado la mejor parte. Si cuando el niño sea grande no recuerda aquel día, para él sería inolvidable, porque en cada abrazo del pequeño y en cada caricia, llenó su alma de la hermosura de la vida.

Pobres los que esclavos del deber cotidiano sean incapaces de aceptar de buena gana esos sorpresivos cambios de planes; sobretodo los que nos fuerzan a invertir tiempo en nuestros verdaderos tesoros: aquellos que son fuente inefable de felicidad y nos proporcionan los mejores recuerdos.

Jamás se pierde el tiempo si se invierte en compartir y recibir amor. ¡No lo olvides jamás! Aunque puede que algunos recuerdos al pasar los años provoquen lágrimas, no les temas. Tales memorias tienen la virtud de limpiar, ennoblecer, purificar el alma y llenarla de gratitud.


NOTA: Esta historia fue escrita hace más de veinte años y es una experiencia personal. Fue publicada en La Voz Bautista.

Nuestro propósito

Radio Transmundial recibe muchas cartas y correos electrónicos de cubanos que escuchan nuestros programas. Esto nos llena de alegría porque  el propósito de nuestra red de emisoras de propagar el Evangelio de Cristo y producir en las vidas de nuestros oyentes un fruto que perdure.

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Dios siempre suple

Todos los creyentes en Cristo Jesús tenemos la seguridad absoluta de que nuestro Padre Celestial está al tanto de nuestras necesidades. Si bien podemos enfrentar tiempos difíciles y también carencias inesperadas, nunca olvidamos las palabras del Señor: No os afanéis pues diciendo: ¿Qué comeremos, o con qué nos vestiremos? Porque los gentiles buscan estas cosas; pero vuestro Padre Celestial sabe que tenéis necesidad de todas estas cosas. Más buscad primeramente el reino de Dios y su justicia y todas estas cosas os serán añadidas (Mateo 6:33-33). ¡Los recursos de Dios son infinitos y él sabe muy bien cómo ayudar a los suyos en el momento preciso!

Es obvio que Jesús no quiso decir que podíamos abandonar del todo nuestros deberes con respecto al sustento de la vida diaria. Solo estaba enseñando que si somos leales a los principios del reino de Dios, nuestro Padre no nos abandonaría jamás.

Todos pudiéramos contar muchas experiencias al respecto…

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