Muchas porciones bíblicas presentan diferentes facetas del fin de los tiempos. Probablemente el error de muchos es insistir en detalles y fechas y no en el gran cuadro que solo puede vislumbrarse en parte si se logra un conocimiento general y profundo de las Escrituras. No obstante, hay un pasaje que de cierta manera resume todo y además presenta una forma de vivir o prepararnos para esos eventos: Está en 2 Pedro 3:10-11: Pero el día del Señor vendrá como ladrón en la noche; en el cual los cielos pasarán con grande estruendo, y los elementos ardiendo serán desechos, y la tierra y las obras que en ella hay serán quemadas. Puesto que todas estas cosas han de ser desechas, ¡cómo no debéis vosotros andar en santa y piadosa manera de vivir, esperando y apresurándoos para el día de Dios!…
El programa Mensajes de Fe y Esoeranza se trasmite de lunes a viernes a las 8:55 pm. Sintonícelo en los 800 AM (Onda Media)
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“Estando atestados de toda injusticia, fornicación, perversidad, avaricia, maldad; llenos de envidia, homicidios, contiendas, engaños y malignidades; murmuradores, detractores, aborrecedores de Dios, injuriosos, soberbios, altivos, inventores de males, desobedientes a los padres, necios, desleales, sin afecto natural, sin misericordia; quienes habiendo entendido el juicio de Dios, que los que practican tales cosas son dignos de muerte, no solo las hacen, sino que también se complacen con quienes las practican (Romanos 1:29-30)”
Cuando leemos los antiguos pasajes bíblicos que hablan de la depravación humana, nos parecen descripciones literales de la vida contemporánea. Por lo tanto, es interesante saber que Sócrates haya dicho en el Siglo IV a.C. que los jóvenes hoy en día son unos tiranos. Contradicen a sus padres, devoran su comida y les faltan el respeto a sus maestros. Si el filósofo dijo así cuatro siglos antes de que Pablo escribiera el pasaje citado y nosotros vivimos veinte siglos después de él, ¿pudiéramos esperar que la conducta humana fuese mejor ahora? Y vio Jehová que la malicia de los hombres era mucha en la tierra, y que todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal (Génesis 6:5). Si esa fue la conclusión divina en los albores de la humanidad, ¿qué diría ahora?
Aclaremos que la doctrina bíblica sobre la depravación humana no excluye que también mostremos bondad y buenas actitudes en algunos aspectos de nuestra conducta. Las personas pueden equivocarse o ser corruptas en algunas áreas de su vida y mostrar virtudes y dignidad en otras; tal como los creyentes más espirituales y consagrados a veces nos sorprenden con conductas inexplicables. ¡Los humanos somos imprevisibles!
Por ello compartiré algunas historias que marcaron mucho la vida de mi familia de origen. Lo hago porque en la eternidad no recordaremos miserias humanas y creo que muchos de sus protagonistas arreglaron sus cuentas con Dios. Ellos se alegrarían si sus experiencias nos ayudaran a comprender las contradicciones posibles en la conducta humana —y sus consecuencias—, debido a nuestra condición pecaminosa.
En un matrimonio de muy buena posición económica, el esposo era líder en su iglesia. Cada domingo, la familia ocupaba el mismo banco del templo junto a su servidumbre y la mejor amiga de la hija menor; la cual acostumbraba visitar la residencia familiar casi a diario, compartiendo y cenando con la familia. Después, la hija y su madre le acompañaban hasta la casa de sus padres para impedir que la joven anduviera sola de noche por la calle. Tanto disfrutaban su compañía que la llevaban con ellos de vacaciones. Un día horrendo se descubrió que ella y el padre eran amantes. No detallo las terribles consecuencias y el sufrimiento provocado por tan impía relación adúltera, pero diré que la familia demostró virtud y mucha dignidad posteriormente. ¿Te extraña? Cosas así sucedían en el Siglo XX antes de la llamada revolución sexual. Aunque durante mi adolescencia estudiaba en una escuela cristiana, conocí de muchas historias ocultas sobre las cuales nuestros mayores se cuidaban de informarnos.
¿Acaso las ignorábamos? Los niños y jovencitos poseen una sagacidad increíble para percibir los secretos que los adultos ocultan celosamente. Por ello cuando al funeral de mi abuelo materno llegó una mujer hermosísima que inquietó a todos, comprendí que estaba ante uno de los secretos familiares mejor guardados. Ir al funeral paterno fue una excepción que se permitió la joven maestra cristiana que —seducida por un personaje importante—, intentaba reconstruir su vida sola, lejos de sus familiares y su ciudad.
La familia y en especial mis abuelos, fieles evangélicos y avergonzados por lo ocurrido, nunca la mencionaban. Debido a su poca instrucción y las costumbres de la época, sufrían en silencio la ausencia de su hija ultrajada, quien lejos de ellos vivía dignamente a pesar de lo sucedido. Una persona como ella nunca mereció sufrir tal ostracismo para no afrentar a una sociedad que condenaba algunos pecados mientras con otros se hacía de la vista gorda. ¿Ves? Todos podemos perder la cordura y la bondad. ¿Cómo no apoyaron a la joven seducida y luego abandonada?
Otra de nuestras historia ocultas era un medio hermano de mi padre. Le conocíamos, pero no su origen. A diferencia de cómo hacíamos con otros tíos y primos más allegados, apenas compartíamos con él y su familia. No recuerdo cuando supe que su historia incluía el suicidio de mi abuelo paterno, la quiebra económica familiar, su nacimiento posterior y la muerte de su mamá —mi abuela paterna—, tras el parto. ¿Acaso las intrigas novelísticas superan la vida real? Nos ocultaron su historia porque era vergonzosa para todos. No obstante, en el funeral de mi padre su medio hermano lloraba desgarradoramente, lo cual me impactó muchísimo.
También teníamos un primo, muy respetuoso, culto y pianista excepcional cuya sola mención en la familia provocaba gestos, sonrisas y muchos silencios. Cuando visitábamos a sus padres —tíos predilectos de mi madre, con quienes él vivía—, nos recibía cortésmente pero jamás se unía a la tertulia familiar. Nunca se casó y murió relativamente joven. Jamás nos hablaron claro sobre él, solo mohines y miradas cruzadas. Creo que debe haber sufrido mucha soledad y si guardaba algún secreto lo llevó a la tumba. ¿Comprendes cuánto podía esconderse tras la imagen respetable de cualquier familia en aquellos tiempos? Era obvio que los problemas existían pero se trataba de proteger a niños y adolescentes aunque a veces nos llegaran informaciones distorsionadas, que podían confundirnos más. Era el tiempo increíble cuando los niños venían de París en míticas cigüeñas que jamás lográbamos ver, sin que a nosotros se nos ocurriera indagar por qué el vientre de las mamás crecía tanto cuando las prodigiosas aves estaban por llegar. ¿Acaso mi papá tuvo un medio hermano porque la cigüeña se equivocó de casa a la hora de dejar su precioso bulto?
¿Comprendes por qué comparto estas historias? A pesar del dolor o la vergüenza que causaron en mi familia, parecen nimiedades comparadas con los daños que la sexualidad ahora desatada y el pudor inexiste causan a la humanidad. Cuando como pastor me preguntan si la gente ahora es más corrupta que antes, insisto en que todos nacemos con la misma naturaleza depravada. La diferencia es que las generaciones actuales tienen facilidades para pecar que nuestros antepasados jamás imaginaron, por lo cual hay más peligros.
Además, existe un sospechoso interés de que los infantes accedan demasiado pronto a las informaciones que —si acaso—, debieran conocer cuando con edad y madureces suficientes puedan tomar decisiones responsables. También se les pretende convencer sobre la sexualidad con teorías imposibles de comprobar científicamente y que si fuesen aplicadas a otras esferas de la vida, es obvio que resultarían totalmente absurdas. Seguiremos ampliando y profundizando sobre este tema. Hay tanta enajenación, malignidad y soberbia en los enfoques actuales sobre la sexualidad humana que cualquier aberración parece ser posible.
Mientras tanto, Dios nos ha encargado predicar un evangelio que libera a las personas, perdona sus pecados y les convierte en nuevas criaturas por el poder del Espíritu Santo. ¡De ello no hay duda! A su vez, se hace urgentemente necesario que quienes conocemos tal evangelio, recordemos las palabras de Jesús: Sed, pues, misericordiosos, como también vuestro Padre es misericordioso (Lucas 6:36).
Continuará…
-Esta publicación es una selección, condensación y edición del segundo capítulo de Vivir laSexualidad, titulado: Las estadísticas del desastre. Por su extención será publicado en varias partes.
“También debes saber esto: que en los postreros días vendrán tiempos peligrosos. Porque habrá hombres amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, impíos, sin afecto natural, implacables, calumniadores, intemperantes, crueles, aborrecedores de lo bueno, traidores, impetuosos, infatuados, amadores de los deleites más que de Dios, que tendrán apariencia de piedad, pero negarán la eficacia de ella; a éstos evita”.(2 Timoteo 3:1-5)
Al mencionar lospostreros días, ¿estaría Pablo aludiendo a los tiempos finales antes de la venida de Cristo o refiriéndose a los sucesos posteriores al momento en que él le escribía a Timoteo? Lo que sí veo claro al seguir leyendo su carta es que estaba convencido de su muerte inminente: estoypara ser sacrificado y el tiempo de mi partida está cercano (2 Timoteo 4:6). Por ello aconseja al joven que evitara la influencia malhechora de personas impías anunciándole dos grandes peligros: …todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús padecerán persecución (3:12); y el segundo, que los malos hombres y los engañadores irán de mal en peor, engañando y siendo engañados (3:13).
Ese ir de mal en peor en la conducta humana ha sido una constante invariable. Dos mil años después del sacrificio de Cristo las conductas que tú y yo vemos a diario en las pantallas de nuestros equipos electrónicos lo comprueba. La sociedad actual todo lo ve normal, tanto lo pecaminoso como lo grandioso. Construye ciudades con rascacielos que traspasan las nubes y naves aéreas que trasladan cientos de personas a velocidades pasmosas. Realiza cruceros paradisíacos donde miles disfrutan a bordo de cuanto placer y capricho sea concebible. Lanza naves al espacio obteniendo fotos de la tierra y de planetas lejanos e investigándolo todo, soñando con desarrollar una millonaria industria de turismo espacial. También, ¿por qué no? Hemos creado armas pavorosas, tan letales que ahora discutimos si debiéramos o no firmar acuerdos que eviten nuestra autodestrucción. Inteligentísimo, ¿verdad? Nos reunimos en conferencias mundiales y debatimos cara a cara, pero ahora ubicados muy seguros cada uno en su propia oficina y sin salir de su país. ¿Quién hizo antes cosas así?
Con tales posibilidades, es bochornoso que la comunidad científica más capacitada de la historia humana fuera incapaz de evitar la dispersión de un virus que ya infectó a más de 160 millones de personas, de las cuales más de tres millones fallecieron. ¿Cómo se explica? ¿Acaso vanos regresando hacia la Edad Media?
La BBC News Mundo, publicó esta semana algunas conclusiones de epidemiólogos muy inquietantes. Ellos insisten en que tanto la OMS como los países más poderosos demoraron en declarar una emergencia sanitaria internacional debido a intereses políticos y económicos. ¿Serán ciertas tales afirmaciones? Hay tanta mentira en el mundo y hemos sido engañados tantas veces que la desconfianza ha terminado adueñándose de todos.
¿Conoces el concepto de aldea global? Las aldeas eran grupos aparentemente idílicos que desarrollaban relaciones muy estrechas. Allí la gente lo que no sabía sobre la conducta ajena podía intuirlo… y comentarlo al oído de los demás. De ahí el refrán: pueblo chiquito infierno grande. Para Marshall McLuham (1908-1980), filósofo canadiense, el desarrollo científico técnico de la sociedad junto a los medios masivos de comunicación causarían que tanto los males como las bondades comunes a las aldeas en la antigüedad se convertirían en globales. Todos no aceptan ese concepto pero a mí me parece fabuloso. Por ejemplo, si al estilo de un chisme aldeano escribes en las redes sociales un comentario sobre alguna sospecha tuya aunque carezcas de pruebas, al hacer clic ocurre un prodigio: muchos lo creen absolutamente, lo comparten y en minutos la noticia se esparció por el mundo. Los chismosos de antaño adorarían tal poder de divulgación que hoy sin ser periodista, científico o autor reconocido, cualquiera tiene al alcance de un clic en su pantalla digital. ¿Comprendes?
Por otro lado, si alguna “verdad” nos molesta, hay un recurso fácil y seductor: otro amable clic puede llevarnos a buscar la “verdad” que más nos plazca, sintiéndonos poderosos al hacerlo. Así pueden triunfar fácilmente las mentiras, los odios, las calumnias y los bajos intereses, tal como ocurría en las aldeas. Y a este mundo que va de mal en peor, tal procedimiento le apasiona.
El concepto aldea global abarca más. Durante siglos la gente vivió sin mirar más allá de su horizonte local y solo unos pocos viajaban fuera de su terruño. Pero al convertirnos en aldeas globales, todos ampliamos nuestras perspectivas y viajar es un maravilloso derecho irrenunciable. Por ello ─entre otras causas─, un virus solo trasmisible de persona a persona por medio de minúsculas gotas que se expelen al hablar, toser o estornudar, se expandió por el mundo. ¿Entiendes ahora por qué los científicos citados por la BBC dicen que la pandemia podía haberse evitado? El problema es que si nos dicen quédese en casa o peor aún: no viaje por ahora, están violando derechos humanos aunque tal requerimiento sea para evitar la propagación de un virus que puede ser mortal. ¡Qué embrollo conceptual hemos armado! ¿Cómo no va a ir todo de mal en peor, como La Biblia dice? Pero cuidado… ¿qué derecho tiene un libro tan antiguo de regir la conducta humana en el Siglo XXI, ahora que sabemos tanto? ¿Comprendes la situación y la peligrosidad de nuestros tiempos? Si lo deseas, lee de nuevo el pasaje bíblico al principio y verás enseguida porqué todo está revuelto en nuestra maravillosa y súper desarrollada aldea global.
No obstante, creo en el valor de los medios masivos de comunicación. Tengo dos programas cristianos de radio trasmitiéndose desde el 2009 en emisoras internacionales, uno de ellos de lunes a viernes todas las noches. Comparto en ellos nuestras convicciones y principios cristianos siempre buscando la dirección del Espíritu Santo. También trato de estar activo en las redes sociales y en la web, sobre todo ahora que estamos casi encerrados. Las creo plataformas valiosas tanto para proclamar el Evangelio como para mantenernos actualizados y en contacto con la realidad sea cual sea; y también con las personas que amamos. Reconozco que en ellas puede haber tanta bondad y altruismo como frivolidad y bajezas humanas, así como crueldad y muestras del resentimiento que algunos conservamos dentro. En el caso de quienes pretendemos seguir a Cristo, nuestra participación en las redes evidenciará si en realidad le obedecemos y cuán capaces somos de actuar o no como nos corresponde. Él lo dijo siglos atrás: por sus frutos los conoceréis.
El concepto de aldea global, que bien pudiera incentivar el amor y la comprensión, cada día muestra que los seres humanos nos entendemos menos. Como en tiempos peligrosos la testarudez incita a perder la cordura, hasta los mismos cristianos estamos criticándonos y desacreditándonos unos a los otros en las redes sociales siguiendo el espíritu del mundo. ¿Por qué lo haremos? ¡Sí que son raros y peligrosos estos tiempos! Mientras algunos oran y miran a las vacunas con esperanza, otros las repudian y desconfían, atribuyéndoles propósitos impíos mientras la comunidad científica se esfuerza en producirlas. ¿Quién entiende a los seres humanos? Las teorías conspirativas viven en las redes su época de oro y se manifiestan de incontables maneras, alentando la desconfianza, los temores, las divisiones y el malestar general en un tiempo en que todos, debido a la pandemia, estamos atribulados.
Sigo a Cristo desde niño porque él vino al mundo para redimirlo, muriendo por nuestros pecados. Creo que el mensaje cristiano es de perdón, amor y gracia, porque el arrepentimiento y la fe, mediante la obra del Espíritu, transforman a cualquier persona sin importar su pasado, ideología o su estilo de vida. Lo que he visto siempre en las iglesias cristianas, es pasión porque la gente conozca el plan divino a fin de que disfruten la mejor vida posible según las enseñanzas bíblicas. No obstante, los cristianos también hemos sido perseguidos y reprimidos. Como así ha sucedido antes en la historia, nada impide que lo seamos nuevamente. Sea como sea, nuestro mensaje jamás podrá cambiar: Palabra fiel y digna de ser recibida por todos: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero (1 Timoteo 1:15). Por proclamar esas buenas nuevas estamos dispuestos a entregar nuestras vidas.
No hay dudas: ¡vivimos tiempos muy peligrosos!: La pandemia y la terrible crisis socioeconómica mundial, los violentísimos conflictos sociales dondequiera, las contradicciones y tragedias propias de cada país y el resquebrajamiento ético de la sociedad nos agobian. Todo ello, sin embargo, lejos de dañar o amenazar nuestra fe nos inspira a profundizarla. Afiancémonos en la palabra profética más segura, a la cual hacéis bien en estar atentos como una antorcha que alumbra en lugar oscuro, hasta que el día se esclarezca y el lucero de la mañana salga en vuestros corazones. (1 Pedro 1:19).
Un día los tiempos peligrosos terminarán y los reinos de este mundo vendrán a ser los de nuestro Señor y de su Cristo; y él reinara por los siglos de los siglos. (Apocalipsis 11:15). Amén.
«Porque la gracia de Dios se ha manifestado para salvación a todos los hombres, enseñándonos que renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente, aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo (Tito 2:11-13)»
Imposible olvidar un filme que vi hace años en el cual la protagonista principal, una joven negra de 16 años, era analfabeta, obesa, sin el menor atractivo, incapaz de manifestar sentimientos y con una pequeña hija síndrome de Down. Irónicamente, se llamaba Preciosa. Embarazada de nuevo, una asistente social quiere hablar con su madre, pero la joven le advierte:
─Yo usted no lo haría.
Las escenas eran desgarradoras pues Preciosa sufría maltratos diarios. El padre abusaba sexualmente de ella y la madre la odiaba. El origen del conflicto solo se conoce al final cuando la madre, considerándose víctima de todo, cuenta a otra asistente social delante de su hija, la historia terrible que Preciosa ignoraba sobre su propia infancia.
La madre acostumbraba amamantar a la hija mientras hacía el amor con el padre, quien a su vez acariciaba los genitales de la niña. A los tres años él la violó, tras lo cual prefirió mantener relaciones sexuales con la hija, a quien la madre consideró su rival. Por ello la agrede y atiborra de comida para engordarla y desfigurar su cuerpo. No obstante, el padre siguió prefiriendo a la joven a quien contagió de VIH cuando engendró la segunda hija, muriendo poco después. ¡Qué trama horrenda! La madre odia a Preciosa y sin la menor compasión la acusa de ser culpable de todo. Ella escucha imperturbable todo el relato y al terminar, se levanta, toma a sus dos hijas y antes de irse a enfrentar la vida por sí sola, le dice:
—No quiero volver a verte nunca más.
Así termina el filme más crudo que he visto en mi vida, y aparecen las palabras: Dedicada a todas las Preciosas que hay en el mundo. A pesar de la dureza y crueldad de la historia, agradezco haberlo visto. ¿Cómo es posible que cosas semejantes ocurran? Cuando la sexualidad se corrompe, causa tragedias indescriptibles por doquier.
Otra de las tragedias actuales es la desconfianza que muchas personas, saturadas de información, muestran hacia las estadísticas a pesar de que son imprescindibles para conocer qué realmente acontece en cualquier esfera de la vida. ¿No ha ocurrido así, por ejemplo, con la pandemia? Como la verdad puede ocultarse o alterarse por intereses económicos, políticos, de seguridad, etc, muchos dudan de las estadísticas. De modo que lo mismo encontraremos quienes nieguen que los muertos por la Covid-19 no son tantos como refieren, como quienes afirmen que hay muchísimos más. ¿A quién creer? Si algo está en crisis hace rato es la credibilidad de las instituciones humanas. Y probablemente todos tengamos culpa de eso.
No obstante, si usted quiere tener al menos una idea, escriba en cualquier buscador de Internet: estadísticas sobre abuso sexual, violaciones, trata de personas y pornografía y prepárese a ver números atroces. Como estos artículos que ahora publicamos en este sitio provienen del libro Vivir la Sexualidad que próximamente estará a disposición en formato PDF ─donde sí aparecen estadísticas─, no llenaremos estas páginas con datos que pueden encontrar actualizados en Internet. No podemos dudarlo: una sexualidad descontrolada provoca demasiadas experiencias traumáticas. Basta con ver noticieros, películas y las omnipresentes series policíacas televisivas. Estas últimas, alardes de eficacia en investigaciones criminalísticas y necrológicas, detallan historias donde los excesos sexuales junto al alcohol y las drogas son las causas principales de muchas tragedias.
¡Menos mal que vivimos en un mundo civilizado! Las generaciones actuales no imaginan la vida antes de que la trasmisión de imágenes en movimiento se convirtiera en un hecho cotidiano. Fue en 1927 que la BBC de Londres inició la emisión de programas televisivos, aunque el primer servicio público se realizó diez años después. Solo posteriormente a la Segunda Guerra Mundial la televisión se adueñó de los hogares del mundo. A mediados de la década de 1950 mi padre compró un televisor. Al ser el primero en nuestro barrio, la casa se llenaba de vecinos curiosos y emocionados cada noche. Aunque la imagen se veía llena de distorsiones e interferencias, todos la mirábamos con arrobamiento.
Ya imprescindible en la década de 1960, la televisión facilitó el acceso a la información, la cultura y el conocimiento como nunca antes. Después llegaron las computadoras, los satélites, el Internet y la incontable variedad de equipos electrónicos que hoy poseemos. ¿No has visto fotos de indígenas en lugares apartados usando teléfonos celulares? Aunque existe una brecha tecnológica entre los países ricos y los más pobres, es innegable el tráfico global de información en el que casi todos participamos.
En alas del desarrollo tecnológico vuela un interactuar constante de culturas, puntos de vista distintos y conocimientos que han influido radicalmente en el comportamiento humano. ¿Cómo es posible que se hayan perdido tantos valores éticos? ¿Vivimos en un mundo mejor y más seguro?
Aunque tenemos más información, ¿seremos más civilizados tambien en materia de sexualidad? Así debiera esperarse después de que en la segunda mitad del Siglo XX se iniciara la llamada Revolución Sexual. Aunque como toda corriente de pensamiento tuvo antecedentes en épocas anteriores, fue entonces que muchas personas, conscientes de la hipocresía imperante en la moralidad que se proclamaba —distinta a la que se mostraba en la vida real—, propusieron cambiar el mundo mediante una liberación de la represión sexual.
Tal como dice un conocido refrán, es posible que tal esfuerzo «botó al niño junto con el agua sucia de la bañera». Se cambiaron los patrones embusteros que permitían a algunos vivir una doble vida, por otros también anti bíblicos que propiciaron una cultura de permisividad tan desastrosa como la anterior. A mi entender, era necesario cambiar una moralidad hipócrita y falsa por integridad y responsabilidad, no por laxitud y desfachatez. No te dejes engañar, ¡sí que estaban mal las cosas antes, pero ahora tampoco van mejor!
Me acerco al tema con el mayor respeto para las diferentes opiniones, consciente que detrás de la controversia actual sobre conductas sexuales hay ofensas sentidas por todas las partes, malentendidos y dolor acumulado. Muchas personas han sufrido hasta la saciedad el desprecio y un trato injusto mientras la propia sociedad que les condena, se hacía de la vista gorda —o incluso ponderaba—, otras conductas sexuales también condenadas en la misma Palabra de Dios.
Según la enseñanza bíblica, Adán y Eva no fueron condenados por pecados sexuales, sino por desobedecer a un diseño divino que incluía mucho más que la sexualidad. Lo sabemos, ¿verdad? No son únicamente algunos pecados sexuales los que ofenden al Creador y deben ser rechazados por quienes pretenden vivir de acuerdo al diseño divino. Basta leer las listas bíblicas sobre pecados de los cuales debemos apartarnos, para comprender que en ellas aparecen algunos que a veces los más preocupados por la fe y la preservación del cristianismo, parecieran no darles importancia. Por lo tanto, al expresar nuestros criterios jamás debiéramos olvidar que no podemos odiar ni despreciar a los pecadores porque Dios quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad (2 Timoteo 2:4). Si bien todos pecaron y están destituidos de la gracia de Dios (Romanos 3:23); la buena noticia es que Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros (Romanos 5:8).
Sí, vivimos en un mundo corrupto, cada vez más dividido y en peligro. ¿Alguien lo duda? Defender nuestros principios cristianos se está volviendo difícil y comprometedor. ¿No sabíamos que sería así? Urge enfrentar la realidad de que la mayor defensa que podemos hacer de dichos principios es vivirlos a plenitud; ¡aunque sea difícil, pues incluyen la máxima insoslayable de negarse a sí mismo y tomar la cruz! Dios nos ayude, al predicar el evangelio a un mundo en tinieblas, a recordar siempre que los hechos hablan más que nuestras palabras…
(Continuará)
-Esta publicación, es una selección, condensación y edición del segundo capítulo de Vivir la Sexualidad, titulado: Las estadísticas del desastre. Por su extensión será publicado en varias partes.
Influenciados por el pensamiento gnóstico y el dualismo de la filosofía griega, muchos pensadores cristianos en los primeros siglos del cristianismo, asumieron actitudes incorrectas sobre la sexualidad humana. ¡Qué penoso! Hasta el punto de que algunos creían que ningún acto sexual estaba libre de concupiscencia, ni el realizado dentro del matrimonio. Tales ideas fortalecieron el ascetismo cristiano primitivo y aunque no provienen de la Biblia, subyacen todavía en la conciencia de muchas personas. Por ello es indispensable volver a la Palabra de Dios y desarrollar una perspectiva de la sexualidad verdaderamente bíblica.
Para muchos la Biblia es un libro tan antiguo que aunque sea valioso como obra de la literatura universal no posee la autoridad que los cristianos le concedemos. Si bien no todos los que declaramos ser creyentes nos acercamos a ella de la misma manera, muchos creemos que es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra (2 Timoteo 3:16-17). Por lo tanto declaramos que es nuestra única regla de fe y práctica.
Las declaraciones bíblicas sobre la sexualidad difieren de lo que afirman hoy algunos sexólogos y científicos, porque en el mundo académico hay criterios diversos. A la vez, hay creyentes que tratan de armonizar las declaraciones bíblicas con ciertos postulados científicos para demostrar con ello la veracidad de la Biblia. Si bien tal esfuerzo parece loable, es contradictorio. La Biblia no contiene declaraciones científicas sino principios y verdades espirituales que los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo (2 Pedro 1:21). Los científicos pueden declarar algo hoy y después cambiarlo por el resultado de sus nuevas investigaciones; los principios espirituales de las Sagradas Escrituras son verdades reveladas ─también llamadas dogmas de fe─, y por lo tanto, inalterables, porque la palabra del Señor permanece para siempre, y esa es la palabra que por el evangelio os ha sido anunciada (2 Pedro 1:25).
He aquí, entonces, uno de los dogmas de fe más extraordinarios de la Biblia: Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó (Génesis 1:27). En realidad son tres declaraciones. La primera muestra a Dios como creador: y creó Dios. La enseñanza bíblica sobre la creación, muy combatida en diferentes momentos de la historia, se diferencia de creencias naturalistas y panteístas puestas de moda otra vez por el movimiento de la Nueva Era. La Biblia declara la existencia eterna y soberana de un Dios Todopoderoso, el cual hizo los cielos y la tierra, el mar, y todo lo que en ellos hay (Salmo 146:5-6).
La segunda declaración anuncia que Dios creó al hombre a su imagen, concediéndole características distintas al resto de la creación, porque podía relacionarse de manera personal e íntima con él. Cuando Dios dijo: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza (Génesis 1:26), lo diferenciaba del resto del reino animal, pues podría relacionarse con él en un nivel espiritual e intelectual. Es interesante que aun después de haber caído en pecado, Adán y Eva oyeron la voz de Jehová Dios que se paseaba en el huerto, al aire del día (Génesis 3:8). Pudieron escuchar su voz, reconocerla y conversar con él incluso después de desobedecerle, ya que eran semejantes a él. Ninguna otra criatura terrenal disfruta de esa característica.
La tercera declaración es sorprendente: Varón y hembra los creó (Génesis 1:27). ¡Dios les diseñó, además, como criaturas sexuadas! Dotados de órganos sexuales biológicamente similares al resto del reino animal, disfrutaban además de capacidades racionales, espirituales y psicológicas superiores; por lo cual vinieron a ser la corona de la creación, el sello de Dios al concluir el proceso cósmico creacional. Una pareja a su imagen y semejanza vino a señorear el huerto del Edén. ¿Entendemos eso? No mucho, pero así lo creemos.
Las características sexuales de la pareja tenían propósitos definidos: Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla, y señoread en los peces del mar, en las aves de los cielos,y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra (Génesis 1:28).Diseñados para complementarse ambos sexualmente y ser co-creadores con Dios al poder reproducirse, estaban capacitados también para señorear sobre todo lo creado antes que a ellos mismos. Nadie crea que ellos, accidentalmente, exploraron sus cuerpos y descubrieron que podían tener experiencias muy gratificantes. Ellos escucharon un mandato: fructificad y multiplicaos. Dios les dio una orden y al cumplirla, encontraron que disfrutaban de un disfrute excepcional. El placer sexual fue también un plan divino.
El Dr, Henry Brand, psicólogo y conferencista cristiano, decía que Dios no creó unas partes buenas del cuerpo y otras malas; las hizo buenas todas, porque cuando hubo acabado su creación, la contempló y declaró que era bueno en gran manera (Génesis 1:31) antes de que el pecado hubiese puesto el desorden en la perfección del paraíso. Nuestros cuerpos sexuados son creaciones divinas. Ninguna parte del cuerpo humano es indigna y mucho menos los órganos diseñados para cumplir una misión que además resulta tan gratificante.
Es triste que a veces los propios padres siembren en sus hijos la idea de que la sexualidad es mala, sucia o denigrante. Si durante la infancia les regañan fuertemente o con palabras peyorativas cuando se tocan sus genitales en el proceso normal de descubrimiento de sus propios cuerpos, le trasmiten un mensaje equivocado. Ante esas exploraciones naturales debemos actuar sabiamente y escoger con mucho tino el vocabulario que usemos, pues pudiéramos sembrarles prejuicios, sentimientos y reacciones que dañarían posteriormente su sano desempeño sexual. Nuestros gestos y el tono de voz deben ser cuidadosos, porque nuestra reacción irá formando en ellos un concepto sano o no de las funciones, el desarrollo y la dignidad de los órganos sexuales. Si nuestros hijos perciben que ciertas zonas de su cuerpo tienen mucho que ver con nuestros exabruptos o regaños más fuertes —o palabras como sucio, malo, feo, asqueroso y otras—, comenzarán a guardar silencio, inhibirse y ocultar sus sentimientos o inquietudes según las vayan concientizando.
Lo mismo podría suceder con sus preguntas sobre temas sexuales. Ellos las harán del modo más normal y sin tener conciencia de a qué se refieren, pues no imaginan las implicaciones ni la incomodidad que pueden provocarnos. Debemos cultivar en ellos esa libertad para preguntar con la mayor confianza. Por lo tanto, conviene mantener la calma y contestar sin desplantes, respondiendo de la manera más tierna y con palabras apropiadas a su edad y entendimiento, sin entrar en muchos detalles. Más importante que la propia respuesta, será que al indagar, ellos no sientan quen han hecho algo incorrecto. Si perciben que sus preguntas nos incomodan o si les regañamos por ello, estaremos dándoles un mensaje negativo sobre el sexo y levantando barreras de comunicación. ¡Lo peor es que buscarán otras fuentes de información! Y muy importante: es necesario estar claros de que el llamado pecado original —el que dio origen a la condenación de la raza humana—, no fue de índole sexual. Es increíble la cantidad de personas que aún tienen ese criterio a pesar de que el relato bíblico de la caída en pecado no deja lugar a dudas.
La descripción que el Génesis hace del huerto del Edén es realmente idílica. Entre tantos prodigios de gracia divina, la primera pareja recibió el mayor de todos, precisamente, en la única restricción que les sería impuesta. Al anunciar las consecuencias de comer del único árbol que estaba vedado en toda la creación, Dios les brindaba libertad de elección y decisión, pues no serían muñecos de carne y hueso trabajando por inercia en su hogar paradisíaco. Creados a la imagen de Dios podrían reflexionar, razonar, discernir, disponer y decidir. Aunque en lo sucedido en el huerto hay aspectos que escapan a nuestra comprensión, queda claro que la primera pareja no valoró el inmenso amor que Dios derramaba al imponerles un límite, y por ello se atrevieron a violarlo.
Satanás fue astuto. Aunque Dios les dio todo, él sugirió que les negaba mucho y capciosamente les sembró la duda: ¿Conque Dios os ha dicho: No comáis de todo árbol del huerto? (Génesis 3:1). Eva, conociendo que solo un árbol era intocable, olvidó que tenía miles a su disposición —capaces de saciar cualquier deseo— y se dejó llevar por sus sentidos: Y vio la mujer que el árbol era bueno para comer, y que era agradable a los ojos, y árbol codiciable para alcanzar la sabiduría; y tomó de su fruto, y comió; y dio también a su marido, el cual comió así como ella (Génesis 3:7).
Así fue que un acto aparentemente ingenuo, encumbró al deseo humano por sobre la voluntad divina. Adán y Eva olvidaron que en el universo creado por un Dios Todopoderoso y Omnisciente había normas que les ofrecían la virtud y la dignidad; a fin de librarles de la corrupción y la muerte. Así el primer pecado —el mismo que se sigue cometiendo durante siglos—, fue la desobediencia. Por ello la Biblia insiste en fronteras que no deben ignorarse.
Del mismo modo, cuando Dios puso normas a nuestro desempeño sexual no lo hizo para impedirnos su disfrute, sino para evitarnos el desastre que desde el huerto del Edén ocurre cuando pensamos que los límites pueden ser violados. En un mundo creado y gobernado por leyes divinas, es imposible pensar que podemos ignorarlas y salir airosos. Como sucedió a la primera pareja, dejarse llevar totalmente por los sentidos no es la mejor opción. Si utilizamos los recursos que distinguen a la especie humana del resto de los seres vivos —el raciocinio y el discernimiento—, es posible evitar muchísimos sufrimientos. La obediencia a Dios siempre asegura el mejor destino, ya sea terrenal o eterno.
Durante mis seis décadas de ministerio pastoral he conocido un número incontable de personas que tras grandes fracasos y sus consecuencias, rehacen sus vidas con la ayuda de Dios. Vuelven a sonreír tras las lágrimas y a ser felices a como se pueda, aunque ya conocen que algunas experiencias es mejor no vivirlas. El plan perfecto y amoroso de Dios comprende la entrega mutua para amarse de una manera comprometida, sin engaños ni decepciones.
Si anhelas disfrutar el mejor tipo de vida posible, no te dejes impresionar por las enseñanzas falsas tan comunes sobre el hastío inevitable del matrimonio. Busca la dirección de Dios para hallar esa persona especial con quien puedas tener una relación capaz de vencer juntos todas las dificultades, creando un universo de emociones comunes. Las relaciones que de verdad llenan nuestra necesidad de amar y ser amados determinan qué clase de vida vivimos. La prioridad es encontrar esa persona idónea para lograr una relación tal como Dios lo planeó.
Un periodista preguntó a Don Pedro Vargas cómo pudo estar casado toda su vida con la misma mujer, porque un matrimonio estable, rodeado de hijos y nietos de la misma madre, ya no era lo más corriente en el medio artístico de la época. El anciano y famosísimo bolerista contestó:
—¿Cómo pude? Pues porque el hombre que encuentra el verdadero amor, no es el que ha tenido muchos amores, ¡es aquel a quien un solo amor le basta!
Ahora que los excesos parecen ser lo ideal para muchos, cambiar con frecuencia de pareja pareciera ser la mejor opción posible. En realidad lo ideal es encontrar la persona con quien podamos construir una vida de experiencias e intereses comunes. Solo así podemos desarrollar los mejores sentimientos, aquellos que nos producen estabilidad y perdurabilidad. De otro modo iremos acumulando heridas, vacíos y frustraciones constantes, añorando encontrar una pareja mejor la próxima vez. Al paso del tiempo, casi siempre se descubre que alguien mejor sólo se encuentra bajando las expectativas detrás de cada fracaso. ¡Lo he visto tantas veces!
Enfócate en buscar la pareja que Dios tiene para ti, pues de seguro existe. Búscala bajo su dirección y evitarás errores y heridas inútiles. No te entregues a aves de paso. Dios es eterno y valora las relaciones que pueden permanecer. Sabe que los humanos —hechos a su imagen y semejanza—, no se conforman con menos. Él planeó que el hombre y la mujer se fundieran en una sola carne, se complementaran el uno al otro y pudieran vivir juntos toda la vida. El esfuerzo que hagas para que ese plan divino se cumpla en ti valdrá la pena. Abre bien los ojos y mira a tu alrededor. ¿No ves muchas personas heridas por no seguir el plan divino?
Muchos no quieren creen ni desean escuchar sobre el juicio de Dios, pero la Biblia habla claramente de él. Algún día, todos rendiremos cuentas de nuestras vidas. Dice Romanos 14:10 que “todos compareceremos ante el tribunal de Cristo”. Sobre ese juicio hay diferentes interpretaciones y los estudiosos tienen diferentes interpretaciones y teorías sobre cómo serán los eventos que le precederán, pero en lo que sí todos coinciden es que tendremos que comparecer ante él…
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La ciudad de Holguín, desde la Loma de la Cruz, Cuba
Mucha gente cree que no tiene nada de que arrepentirse. Sin embargo, la única forma de arreglar nuestros errores es reconocer que nos hemos equivocado. Para hacerlo, tenemos que aprender a ser honestos con nosotros mismos. Lo que sucede es que tendemos a ser tercos y nos avergüenza reconocer errores y malas acciones. ¡Cómo si no fuera algo muy común a todos! Tristemente, preferimos ocultar nuestros errores y esconder nuestros fracasos y pecados. Dios desea nuestro arrepentimiento porque él está muy interesado en que vayamos por el mejor camino y sabe que un corazón arrepentido abre todas las puertas para recibir su perdón y su ayuda…
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Vivimos en un mundo obsesionado por la sexualidad. ¿Alguien lo duda? Gracias a los casi todopoderosos medios de comunicación, hoy se observan en detalles las costumbres sexuales de hombres y mujeres en una forma que hubieran horrorizado a nuestros antepasados más atrevidos y lujuriosos. La intimidad sexual hoy es pública y sin censuras; incluyendo el erotismo, ya sea como una manifestación de arte, como educación necesaria para la vida, como simple entretenimiento o como una manifestación imprescindible del realismo que caracteriza a las expresiones de la cultura contemporánea. Por último, la pornografía en Internet ha alcanzado niveles increíbles y es un negocio millonario. Mediante los medios digitales de almacenamiento de información, tales materiales circulan de mano en mano aun en los lugares donde la red de redes no está disponible. Es difícil explicar a los más jóvenes que tales posibilidades de acceso masivo a todo tipo de información sexual no existían décadas atrás. ¿Podrán concebir cómo se podía vivir en un mundo sin la multitud de posibilidades y aparatos electrónicos que hoy son imprescindibles para ellos?
En los tiempos en que mi esposa y yo éramos niños y jóvenes todo era diferente. Sin embargo, no todos tenían los mismos conceptos sobre la sexualidad que nosotros desarrollamos como cristianos involucrados en la vida de la iglesia. Existía la prostitución, generalmente concentrada en calles y lugares especiales, así como todo tipo de conductas y opiniones diversas sobre el desempeño sexual. Había pornografía aunque muy rudimentaria y escasa. También reinaba cierta hipocresía y doble moral que en parte era aceptada por todos. Muchas personas serias y decentes —término usual entonces que ahora no significa mucho—, podían hacer alarde de moralidad aunque tuvieran relaciones sexuales ocultas y de todo tipo, algunas sostenidas de por vida. El nuestro no era un mundo perfecto ni totalmente virtuoso. ¡Nadie lo dude! Desde el punto de vista bíblico, el pecado siempre ha estado presente en la conducta humana y en todas sus manifestaciones.
Tampoco éramos tan ignorantes acerca del sexo aunque no existiera el concepto de educación sexual que ahora se considera indispensable. Era un tema que todos deseábamos dominar. Aunque había un acercamiento más pudoroso y puede que hasta mojigato, existían publicaciones y artículos que devorábamos con avidez. Hasta donde recuerdo, siempre me las arreglé para acceder al mayor conocimiento posible desde que se despertaron en mí tales inquietudes. También había quienes estaban dispuestos a ofrecer información, aunque fuese distorsionada.
No recuerdo mi edad cuando jugando en el parque, escuché a otro niño mayor explicar cómo se hacían y nacían los niños. Para él, papá y mamá se juntaban, hacían cosas sucias y de ahí salían niñitos. No supo explicar cómo eran esas cosas sucias, pero sí dijo que los padres se restregaban y hacían cochinadas:
—Mi papá y mi mamá no hacen eso—protesté.
—¡Los míos tampoco!—gritó ofendido un primo mío que formaba parte del grupo.
—Averigüen y verán —contestó el informante.
Yo averigüé. Mis padres se indignaron porque el niño dijera que se hacían cosas sucias, insistiendo en que mentía. Papá y mamá hacían cosas lindas porque se querían mucho. Se amaban tanto que hicieron dos niñitos y dos niñitas.
Doy gracias a Dios por ese concepto de cosas lindas que se hacían por amor que recibí en la infancia, y que no degeneró después cuando recibí otras informaciones diferentes. Tal manera de pensar me ayudó a mantener que las cosas lindas merecían valoración, preparación, tratamiento, decisiones y cuidados muy especiales.
Aunque parezca increíble a mis lectores actuales, en mi infancia y juventud las relaciones sexuales jamás se mostraban en la televisión ni en las películas. Aun en estas últimas, las que se consideraban prohibidas para menores, cuando una pareja comenzaba a acariciarse, la cámara se retiraba o la escena se desvanecía. Tampoco eran comunes las expresiones públicas de amor o las caricias intensas de los enamorados, todo lo cual se reservaba para el reino idílico, bellísimo y muy privado de la intimidad.
El enfoque de la educación sexual contemporánea pasa por alto conceptos que solamente las iglesias cristianas apegadas a la Biblia como la Palabra de Dios pueden enseñar y trasmitir a las nuevas generaciones. Aunque el abandono de esos conceptos bíblicos no debe extrañarnos en este mundo secularizado, sí debe retarnos a cumplir, al menos en nuestra propia esfera, con el deber de comunicar toda la verdad de Dios. Como los hombres cambiaron la verdad de Dios por la mentira, honrando y dando culto a las criaturas antes que al Creador (Romanos 1:24), la iglesia no puede callar sobre un área tan importante de la vida humana.
Si las enseñanzas bíblicas han sido mal interpretadas o si los cristianos no hemos estado a la altura de ellas, ello no impide que ahora tratemos de contrarrestar tanta información anti bíblica que sobre la sexualidad se divulga con insistencia.
El hecho de que en nuestro país las iglesias no tengan la posibilidad de usar libremente la radio, la televisión o las publicaciones periódicas —donde pudiéramos enseñar a quien quiera escuchar o leer lo que la Biblia proclama—, no nos exime de la responsabilidad de hacerlo tanto en las múltiples actividades que se desarrollan en el ambiente eclesial como en las redes sociales. ¿No estaremos desaprovechando una oportunidad maravillosa de contrarrestar en algún sentido tanta enseñanza que sí está al alcance de todos? A nuestro parecer, no solo en muchos aspectos está errada, sino que deviene en promoción de conductas que la Palabra de Dios desaprueba.
Preocupado por determinados énfasis que percibimos en la educación sexual que se elabora y desarrolla en el mundo entero y también en nuestro país, con temor y temblor me decidí a presentar unas conferencias sobre Biblia y Sexualidad en un retiro espiritual de adultos en el Campamento Bautista de Yumurí. La reacción de quienes las escucharon me convenció de que debía ofrecerlas también en los retiros que para todas las edades se ofrecían en el verano. Aunque me preparé con mucha oración, investigación y estudio, me resultó tan difícil decidirme como impartir dichas charlas a un espectro tan amplio de edades e intereses. Tras dos décadas impartiendo conferencias en dicho campamento, esas me resultaron las más difíciles de todas.
El tema de la sexualidad es delicado, controversial y comprometedor en el mundo actual. Los criterios que se esgrimen tienden a ser tan libres, desinhibidos e inclusivos como ajenos a más autoridad que la experiencia y las preferencias personales, los conocimientos adquiridos o aquello que los medios masivos exponen como la verdad científica más actualizada. Cualquier opinión no concordante se considera reaccionaria, ignorante y homofóbica, lo cual nos obliga a hablar cuidadosamente para no ser mal interpretados. Ya escuché una vez a una personalidad eminente de la cultura cubana referirse a «iglesias retrógradas». Creo que es injusto ser conceptualizados así por el hecho de sostener y enseñar opiniones diferentes a las que se pretenden que todos aceptemos. Mucho más si no se ofrece la oportunidad de exponer al mismo nivel y explicar con libertad nuestros conceptos, así como su fundamentación bíblica y también apoyo científico, en los campos de la psicología, la sociología y la ética.
Aunque consulté una extensa bibliografía, cuando comencé a hablar a muchachos de doce y trece años estaba convencido de que ellos conocían mucho más de lo que imaginaba. Y por supuesto: más de lo que yo dominaba sobre el tema cuando tenía sus mismas edades. No obstante, mi mayor sorpresa fue el interés y el amor con que recibieron mis enseñanzas y las reacciones posteriores de quienes las escucharon.
Jamás —en todo mi ministerio— escuché tantas veces la palabra gracias cada noche. Tampoco tuve antes auditorios tan atentos y ansiosos de continuar aunque excediera el tiempo indicado. Al terminar, muchos se acercaban con lágrimas en sus ojos deseándome bendiciones, queriendo fotos conmigo, agradecidos porque les hablara del tema. Valoré mucho esas reacciones de quienes me separaba una enorme brecha generacional y cultural.
Más me impactaron después conversaciones privadas en las que escuché historias que nunca imaginé, las que ratificaban mis aseveraciones sobre lo dañina que podía resultar una sexualidad ajena a los propósitos de Dios. La conversación que tuve con un joven me impidió dormir durante casi toda una noche, porque su historia fue desgarradora.
Muchas personas que frecuentan nuestras iglesias ya están afectadas por experiencias y traumas sexuales. Los resultados de la llamada revolución sexual en las últimas cuatro décadas del siglo XX son evidentes y muchísima gente defiende conceptos ajenos a la Palabra de Dios. Asisten a la iglesia y les interesa conocer acerca de la fe, pero nuestro silencio sobre la sexualidad les impide desarrollar las convicciones necesarias para defenderse de la marea que les arrastra y necesitan ayuda con urgencia.
Como la sexualidad no es ajena a la verdadera espiritualidad, todos necesitan conocer a plenitud las enseñanzas bíblicas; tanto para sanar heridas, como para encausar la vida de la mejor manera. Si la iglesia calla, descuida o se vuelve débil en su ministerio educativo, disminuirá su misión redentora y muchos sucumbirán al mensaje liberal y permisivo que les rodea con fuerza. Aprenderán entonces a ser creyentes muy emotivos, espirituales y sensibles en la iglesia, pero tan dúctiles, contradictorios y mundanos en la intimidad que comprometerán la eficacia, la realidad y el testimonio de su fe. Se volverán fieles exponentes de ese cristianismo pálido y nominal que cada vez está más presente en el mundo occidental, posmoderno y poscristiano.
¿Permitiremos que las personas continúen escuchando lo que hoy se enseña en el mundo secular sobre la sexualidad sin intentar aclarar con amor y sabiduría —al menos en los medios y espacios que estén a nuestro alcance— todo lo que a la luz de la Palabra de Dios sea necesario enseñarles? Nuestros pastores, maestros y líderes están más preparados que nunca y tienen múltiples oportunidades para superarse y profundizar sus conocimientos bíblicos y teológicos. Nuestras iglesias están llenas de profesionales y estudiantes universitarios en casi todas las áreas. Ellos pueden aportar a nuestro mensaje cristiano el conocimiento científico actualizado que nos permita discernir y aplicar con pertinencia las enseñanzas bíblicas de forma apelativa, realista, convincente y amorosa.
De ningún modo podemos cohibirnos de expresar nuestras convicciones aunque sean diferentes a las que se intentan promover mundialmente, pues lo que ocurre ahora en Cuba es camino trillado en otros lares. Podemos hablar sin temor porque tenemos el mandato divino y su promesa de cuidado y compañía. También debemos hablar por amor a las personas que nos rodean. Deseamos lo mejor para ellas y conocemos todo lo que el poder de Dios puede brindarles. No son nuestros enemigos porque piensen y actúen diferente y es nuestro deber tratarles con amor y sincero respeto. Dios también nos ha perdonado mucho a nosotros mismos. ¿O no?
En definitiva no debemos amilanarnos ante la insistencia de quienes promueven una sexualidad más libre y desprovista de las normas vigentes durante siglos. Muchas personas de diferentes sistemas de pensamiento y sectores sociales tampoco concuerdan con todo lo que acontece en el mundo actual. También hay científicos, sociólogos y sexólogos que claman por cordura desde sus posiciones respectivas. En realidad no estamos solos.
Necesitamos hablar de sexualidad en la iglesia. Debemos hacerlo con la compasión y el amor con que el mismo Cristo habló y se dirigió a los pecadores de su época. Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él (Juan 3:17). Si él no vino a condenar al mundo, ¿cómo nos atreveremos a hacerlo nosotros? Solo somos pecadores alcanzados por la gracia de Dios, redimidos y perdonados gracias a la muerte de Cristo. Todavía nos falta mucho por aprender. Porque sabemos que toda la creación gime a una, y a una está con dolores de parto hasta ahora; y no sólo ella, sino que también nosotros mismos, que tenemos las primicias del Espíritu, nosotros también gemimos dentro de nosotros mismos, esperando la adopción, la redención de nuestro cuerpo (Romanos 3:22-23).
¿Será posible que ignoremos nuestra propia lucha y dolor internos porque no hemos sido liberados totalmente de la influencia del pecado en nuestras vidas? Conocemos por experiencia propia cuan fácil es tomar derroteros destructivos y errados, sin que ello signifique que seamos personas despreciables o malvadas. Aunque poseamos ya el Espíritu Santo obrando en nosotros, basta recordar nuestras imperfecciones para comprender que, tras la falsa satisfacción que muchos exhiben al regodearse en sus pecados, puede haber luchas existenciales que les consuman. Sabemos bien que lejos de Dios y fuera de su voluntad la vida no es fácil para nadie, aunque proclame con fuerza lo contrario. Por ello no podemos callar.
Nosotros proclamamos un evangelio que puede levantar, redimir y salvar al ser humano de una manera cabal y completa. Cristo puede transformar todas las esferas de la vida de cualquiera, incluyendo su sexualidad, sin importar cuán herida y dañada se encuentre tal área de su existencia. Cuando abraze la fe de Cristo inicia un proceso que le llevará —no sin luchas, pero sí inexorablemente— a su redención definitiva. Hablemos pues de sexo y hagámoslo sin temor. La verdad de Dios predicada amorosamente jamás podrá ser ofensiva. No lo será por una sola razón: ¡es la más compasiva, comprometida, restauradora y liberadora de cuántas enseñanzas presumen de ser ciertas!
Quien de verdad sea alcanzado por la verdad de Dios terminará abrazándola.
“Nada hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo; no mirando cada uno por lo suyo propio, sino cada cual también por lo de los otros. Haya pues en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz (Filipenses 2:3-8)”.
Acabo de ver en Internet una serie de fotos de la tierra desde el espacio. ¡Cuánta belleza! Cualquiera diría que la tierra es un paraíso. No se perciben el deterioro ético de la humanidad, los conflictos y contradicciones existentes, los problemas ecológicos, ni la pandemia que ha cambiado nuestra vida sin que se vislumbre el fin del azote todavía.
Del mismo modo, la lectura bíblica que inspira esta publicación pareciera que nadie en el mundo la pone en práctica, incluso nosotros los cristianos. ¿Desterrar la contienda y la vanagloria? ¿Humillándonos hasta lo sumo como hizo Cristo? Será el plan divino y todo sería distinto si lo practicáramos, pero el orgullo nos impide actuar de esa manera y todo anda de mal en peor. Además, la Covid-19 ha revelado profundas grietas en la conducta humana aunque nos preciemos de ser los más civilizados y capaces.
Ignoro si en las pandemias anteriores ocurrieron las mismas luchas y controversias que ahora. ¿Será que no existían redes sociales que pusieran a los terrícolas al tanto de cuánto ocurría? Hoy conocemos todos los detalles, interpretaciones y teorías sobre cualquier suceso porque vivimos prendidos a nuestros teléfonos y computadoras todo el tiempo. Tantos criterios contradictorios, la agresividad y pretendida autoridad con que se expresan y la conducta de quienes niegan la peligrosidad del virus, demuestran que habitamos un planeta enfermo. La gente no quiere seguir el ejemplo de quien vino a entregar su vida por salvarnos. Hay demasiada terquedad en la conducta humana como para que podamos entendernos, ayudarnos y respetarnos.
Considero que las respuestas actuales a la amenaza del Sars-CoV-2 están determinadas por las peculiaridades del pensamiento contemporáneo; ya que si algo impide nuestros gustos e intereses, caemos en crisis. Años atrás escuché a un niño que al escuchar un regaño paterno, contestó airado.
—¿Yo quiero hacerlo!
Hoy, como asumimos que nuestros deseos son irrenunciables, para algunos la pandemia es solo un inconveniente odioso, que trastorna sus planes. Por lo tanto, gritan ¡quiero hacerlo! y siguen adelante creyendo que con mente positiva nada les sucederá. Actúan así porque estiman el bienestar personal como el bien supremo. No obstante, infinidad de científicos, personal médico y muchos trabajadores arriesgan sus vidas a diario atendiendo a los enfermos, las actividades esenciales o investigando para crear vacunas y protocolos para luchar contra la enfermedad. Debiéramos valorar la carga emocional y física que ellos y sus familiares sufren, animándoles y orando constantemente por los que realizan tal esfuerzo.
Muchos también desconfían ─debido a que el engaño o la corrupción son tan comunes─ de las estadísticas que se ofrecen. Otros aseguran que todo es una conspiración y que los medios informáticos mienten conscientemente. ¿En verdad puede dudarse que la enfermedad haya colapsado hospitales y servicios funerarios donde quiera? Las imágenes de algunos países, como la India y sus piras funerarias comunes son aterradoras. ¿Nos sensibilizamos con el dolor y la angustia que ha envuelto a nuestro planeta? Muchos pretenden vivir como si nada funesto estuviera sucediendo.
Si bien al enfrentar una tragedia como esta hay que encontrar un balance justo para no desequilibrarnos emocionalmente; a la vez, urge evitar una actitud inconsciente y despreocupada. La vida sigue y la fe puede ayudarnos a continuar adelante, pero nuestra tranquilidad espiritual no será legítima si se logra a costa de ignorar por completo el dolor que tantos humanos sufren.
La insensibilidad ante la angustia ajena ha existido siempre. ¿Te extraña saber que Sófocles, el poeta griego que vivió cuatro siglos antes de Cristo, dijera que siempre se repite la misma historia: cada individuo no piensa más que en sí mismo? Titus Livius, el historiador romano que falleció el año 17 d.C. también expresó: Solo sentimos los males públicos cuando afectan nuestros intereses particulares. De modo que no fue el apóstol Pablo el primero que escribió: todos buscan lo suyo propio (Filipenses 2:21). Así las cosas, quienes no hayan sufrido de cerca las consecuencias de la enfermedad podrán restarle importancia, pero para los más de 160 millones que la han padecido y los que lloran a sus muertos, la vida cambió para siempre. ¿No nos impresionan esos números?
Aunque detesto las actuales medidas regulatorias, al estudiar las normas sanitarias del Antiguo Testamento, veo contravenciones imposibles de considerar opresivas o malintencionadas, como muchos piensan ahora. En la antigüedad nadie sabía de organismos microscópicos que podían matar y cuando en el Siglo XVII Antonie Van Leeuwenhoek descubrió la primera bacteria, sus conclusiones solo fueron aceptadas dos siglos después. ¿Lo sabías? De modo que las disposiciones bíblicas exigiendo el aislamiento de los leprosos demuestran el cuidado amoroso de Dios evitando que los enfermos contagiaran a todo el pueblo. Es insólito que ahora los humanos más desarrollados recelemos de medidas semejantes, alegando una inalienable libertad personal.
Aunque nos preciemos de ser los más civilizados, los actuales terrícolas cada vez actuamos más irreflexivamente, lo cual no solo incide en la pandemia sino en todos los males sociales que nos aquejan. ¿Cuándo aprenderemos que no se vive civilizadamente a menos que seamos capaces de equilibrar en la balanza tanto nuestros derechos como los ajenos? Días atrás mi esposa estaba en un puesto de viandas en una línea con tres ancianos más, esperando su turno para comprar. De pronto, llegó un hombre joven y fuerte que ignorándoles totalmente, entró y con el contubernio de los vendedores compró primero que ellos, saliendo orgulloso como si hubiera realizado una hazaña. Su caso fue solo una muestra más de la insensibilidad imperante en la conducta humana, hoy tan común dondequiera.
Aunque el mundo necesita con urgencia las vacunas para vencer la pandemia, la solución para librarnos de tanta inconsciencia es el arrepentimiento y el cambio de vida, algo que no producirá ningún emporio farmacéutico y solo es posible por la gracia de Dios en Cristo. Lamentablemente, he escuchado decir a demasiadas personas en entrevistas televisivas que no necesitan arrepentirse y que harían lo mismo si volvieran a nacer. Y lo peor, a veces también los propios cristianos solemos presentar una imagen tan egocéntrica, petulante, justiciera y vengativa que me aterra, porque lejos de asemejarnos al sentir de Cristo, resulta bastante similar a la que exhibe la sociedad contemporánea.
¿Se nos olvidó la regla de oro, el amor a los enemigos, el hacer bien a los demás sean como sean, y nuestro deber de ser misericordiosos como nuestro Padre Celestial lo es? ¿O nunca hemos leído el Sermón del Monte? De modo que para ser luz del mundo, sal de la tierra y mensajeros fieles del Evangelio de Cristo, el arrepentimiento tendría que comenzar por casa.
Atrevámonos a mirar dentro de nosotros, como declara el salmista: ¿Quién podrá entender sus propios errores, líbrame de los que me son ocultos? Preserva también a tu siervo de las soberbias, que no se enseñoreen de mí (Salmo 19:12-13). ¿Cómo vencer un estilo de pensamiento que muestra tanta insensibilidad ante el sufrimiento ajeno? Una madre cristiana cubana, muy fiel, conocedora de la Biblia y sus enseñanzas desde joven, hablando de una situación muy injusta que miles de jóvenes cubanos sufrimos años atrás, recordando esa historia, me aseguró:
—Lo que le hicieron a mi hijo no tiene perdón de Dios —por lo cual le contesté:
—¿Sólo a su hijo? Además, es Dios quien puede decir si perdona o no, ¿le parece?
Si no sentimos compasión por quienes sufren, aunque sean extraños, o incluso impíos, cada día seremos más crueles. Si no nos mueve a misericordia y compasión ver al prójimo en desgracia, sea quien fuere, actuaremos como quienes ignoran las enseñanzas de Cristo. Oremos intensamente por nuestro mundo enfermo, más que de Covid-19, de liviandad, inclemencia, soberbia, terquedad y egoísmo, porque todo ello también es contagioso. ¡Y mucho!
Por lo tanto, bajo ningún motivo podemos caer en la egolatría e insensibilidad que consume a la sociedad contemporánea. El propio Jesús lo dijo muy claro: Sed pues misericordiosos, como también vuestro Padre celestial es misericordioso (Lucas 6:36). Recordemos también que proclamó: Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia (Mateo 5:7). No es que nuestra bondad nos asegure la misericordia de Dios, es que es imposible haber experimentado la misericordia, el perdón y la gracia de Dios y no estar dispuestos a ofrecerle a los demás lo mejor de nosotros mismos: nuestra sensibilidad y compasión.
“Entonces les dijo: Se levantará nación contra nación, y reino contra reino; y habrá grandes terremotos, y en diferentes lugares hambres y pestilencias; y habrá terror y grandes señales en el cielo. Pero antes de todas estas cosas os echarán mano, y os perseguirán, y os entregarán a las sinagogas y las cárceles, y seréis llevados ante reyes y ante gobernadores por causa de mi nombre. Y eso os será ocasión para testimonio (Lucas 21:10-13)”
Cada vez que leo en los evangelios los pasajes que corresponden al discurso profético de Jesús durante la última semana de su vida, me impresionan la serie de acontecimientos desastrosos que predice: guerras, terremotos, hambre, epidemias, señales en el cielo, persecuciones, falsos maestros, etc. Sin embargo, aunque los discípulos le preguntaron específicamente: dinos, cuándo serán estas cosas y qué señal habrá de tu venida y del fin del siglo (Mateo 24:3); Jesús dijo claramente que de aquel día y la hora nadie sabe, ni aun los ángeles que están el cielo, ni el Hijo, sino el Padre (Marcos 13:32). Él se abstuvo de sugerir fechas posibles, solo hablando en forma general de algunos sucesos que muchos creyentes, a través de los siglos, creyeron ver cumplidos en su propia generación.
Ahora nosotros también –debido a los hechos que acontecen–, decimos que la venida del Señor se acerca. No obstante, lo que sí está claro en las palabras de Cristo, es que cualquiera de los acontecimientos que debamos enfrentar, serán oportunidades para testificar de nuestra fe: y estoos será ocasión para testimonio (Lucas 21:13).
Hoy sufrimos por la pandemia que nos azota además de otros males sociales, calamidades naturales y también persecución. Esta última puede provenir de motivos que van desde lo puramente religioso hasta nuevos conceptos sociales, y también por el abandono total de la sociedad contemporánea de principios éticos sostenidos durante siglos. Por lo tanto, debemos recordar constantemente que cualquier situación que enfrentemos, además de recordarnos que la venida del Señor se acerca, nos permite dar testimonio de nuestra fe.
Aunque en primer lugar nuestra misión sea hablar de Jesús y su obra mediadora; dar testimonio de fe es también mostrar a las personas que enfrentamos los tiempos difíciles con tranquilidad fe y confianza en el Señor, convencidos de que él jamás abandona a los suyos cuando sufren por las calamidades que alcanzan a todos los humanos. Por ejemplo, ¿quién puede permanecer insensible o sentirse feliz en este tiempo de pandemia? Debemos ser solidarios ante al sufrimiento que esta enfermedad ha causado a tanta gente. Mostrar dolor, preocupación y compasión por lo que sucede es también una manera de testificar de Cristo.
La Biblia, en el capítulo 11 de la carta a los Hebreos define la fe como la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve (V. 1) y ofrece una lista de antiguos héroes bíblicos que alcanzaron buen testimonio (V. 2). Todos mostraron una fe heroica, lo cual no les evitó que padecieran experiencias y sufrimientos disímiles. De esos héroes de la fe se nos aclara que unos conquistaron reinos, hicieron justicia, alcanzaron promesas… (V. 33). Otros, experimentaron vituperios y azotes (…) fueron puestos a prueba, muertos a filo de espada; anduvieron de acá para allá (…) errando por los desiertos… (Vs. 36-38).
Entonces, aquí hay una verdad bíblica irrebatible: puedes llegar a ser un héroe de la fe, tanto si obtienes promesas cumplidas como si no las alcanzas! Interesante, ¿verdad? La Biblia es clara para decirnos que algunos de los héroes de la fe de Hebreos 11 lograron grandes victorias, pero otros… murieronsin haber recibido lo prometido, sino mirándolo de lejos, y creyéndolo, y saludándolo, y confesando que eran extranjeros y peregrinos sobre la tierra (V. 13). Ante cualquier dificultad que enfrentemos en estos tiempos debemos afianzarnos en nuestra fe y animar a la gente abatida; pero no podemos prometer que abrazando la fe cristiana van a evadir totalmente el sufrimiento. Con frecuencia nos gusta alentar a la las personas, diciéndole que confíen en el Señor que todo saldrá bien. No obstante, esperar que todo se va a resolver conforme a nuestros deseos contradice una enseñanza muy clara del Señor: En el mundo tendréis aflicción, más confiad, yo he vencido al mundo (Juan 16:33).
Otra verdad irrefutable es que aunque oremos con fe, a veces las cosas no resultan como deseamos. En esos casos, ¿es que falla la fe… o que Dios no nos oye? ¡Dios jamás defrauda a quienes les buscan! Por eso la fe bíblica aunque espera y pronostica lo mejor; también sabe que hay males y sufrimientos que pueden alcanzarnos. Por lo tanto, podemos ser héroes de la fe aunque no todo ocurra como deseamos. También es heroico testificar de nuestra fe en el Señor y nuestra esperanza eterna cuando los deseos se frustran y todo se derrumba, menos nuestra misma fe. Ya lo dijo Juan: Y esta es la victoria que vence al mundo, nuestra fe (1 Juan 5:4).
Lo cierto es que ahora hay mucha gente está asustada porque un virus microscópico ha provocado un caos planetario de magnitud apocalíptica, manteniendo a todas las naciones en vilo. ¿Han estado ajenos los cristianos de padecer este azote? Ciertamente no. Muchos creyentes fieles han enfermado. También han enfrentado el dolor de perder familiares sin poder estar a su lado para animarles y acompañarles en su hora final. Es por ello que Jesús insiste: Y esto os será ocasión para dar testimonio (Lucas 21:13).
Creo que se necesita con urgencia héroes de la fe al estilo de Hebreos 11, dispuestos a actuar con optimismo, fuerza y mucha esperanza en medio de los tiempos malos. A su vez, debemos clamar y levantar con humildad los ojos al cielo, conscientes de que nuestra humanidad tiene profundas debilidades y que los creyentes en Cristo también podemos morir de Covid-19 o sufrir viendo partir a personas que amamos. De modo que si Dios nos salva de la enfermedad le alabamos por su gran misericordia y si nos toca enfrentarla, lo hacemos con un espíritu de fe y confianza, sabiendo que nuestras vidas están en sus manos. Él es nuestro dueño. Puedo ser un héroe de la fe tanto si escapo al Coronavirus, como si me toca partir con el Señor, porque como dijo Pablo, para nosotros el vivir es Cristo y el morir es ganancia (Filipenses 1:21).
¡Cuánta debilidad y pánico exhibe hoy el súper desarrollado y cibernético Siglo XXI! Los creyentes no debemos amilanarnos por los peligros que nos circundan, ya que ellos no tienen el poder de cancelar o disminuir nuestra posibilidad de servir al Señor, todo lo contrario. ¡Nos ofrece mayores posibilidades de compartir nuestra fe! Cuidémonos, respetemos las normas sanitarias y actuemos sabiamente, pero no abandonemos nuestras responsabilidades cristianas. Ahora también se nos presentan muchas oportunidades de animar a personas que viven llenas de temor y esperando lo peor.
Aunque no sabemos si esta será la última pandemia que azotará a la humanidad, sabemos que quienes sobrevivan a ella –algo que solo Dios conoce–, necesitarán reflexionar sobre el valor de la fe que puede transformar a un planeta que gime, entre otras causas, por el egoísmo, la maldad y la intemperancia que rige en el mundo y que mucho tiene que ver con la propagación de esta epidemia.
Entonces, aceptemos esta oportunidad que Dios nos da y aprovechemos para dar testimonio de su amor y poder. Dios sigue estando en su trono y nada escapa a su dominio
. Debemos clamar como nunca al Señor para que sane nuestra tierra y aumente nuestra fe. Debemos impactar a las personas que nos rodean por la seguridad y confianza con que enfrentamos las aflicciones y como respondemos a los retos y dificultades que el tiempo presente pone delante de nosotros.
Si Dios ha permitido que estemos viviendo esta experiencia del Covid-19, demostrémosle al mundo que los hijos de Dios creen y confían en él, tanto en tiempos buenos como en tiempos malos. Digamos como Pablo cuando iba hacia Jerusalén sabiendo que allí le sobrevendrían grandes dificultades que cambiarían radicalmente su vida: Pero de ninguna cosa hago caso, ni estimo mi vida preciosa para mí mismo, con tal que acabe mi carrera con gozo y el ministerio que recibí del Señor Jesús, para dar testimonio del evangelio de la gracia de Dios (Hechos 20:24).