Retos de la Covid-19: enfrentando situaciones adversas

“No lo digo porque tengo escasez, pues he aprendido a contentarme, cualquiera que sea mi situación. Sé vivir humildemente y sé tener abundancia, por todo y por todo estoy enseñado, así para estar saciado como para tener hambre, así para tener abundancia como para tener necesidad. Todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Filipenses 4:11-13)”.

Son muy difíciles los tiempos que vivimos. Cerca de cumplir 78 años de vida y 60 de ministerio cristiano, creo que las circunstancias actuales son muy preocupantes. Además, la conjunción de la peligrosa pandemia del Covid-19 y la enorme carga emocional que provoca, con el reordenamiento económico en el país, ha recrudecido hasta lo sumo nuestras preocupaciones, inquietudes y temores. ¿De qué modo cubriremos las necesidades familiares y personales más esenciales? ¿Cómo continuaremos la obra de las iglesias y las instituciones cristianas y en cuáles circunstancias? Tales preguntas —y otras—, me obligan a recordar las anteriormente citadas palabras de Pablo a los filipenses, las cuales casi todos los cristianos podemos repetir de memoria.

En ellas el apóstol asegura: he aprendido a contentarme cualquiera que sea mi situación (4:11). ¡Qué bien, Pablo! Muchísima gente enfrenta diferentes experiencias sin aprender mucho de ellas. Además, contentarse en situaciones difíciles es una tarea tan ardua como imprescindible, porque la vida muchas veces nos, así como ahora, nos saca del paso.

Necesitamos aprender a tener buen ánimo y tomar decisiones sabias ante cualquier situación que enfrentemos. Pero en estos momentos puedo asegurar que difícilmente haya experiencias tan traumáticas como la coincidencia de enfrentar una pandemia de tal envergadura y una crisis económica que ─además de ser de alcance mundial─, en nuestro país adquiere características muy peculiares; trastornando todos nuestros planes y presentándonos multitud de incertidumbres.

Pablo, habituado a sostenerse económicamente con su propio trabajo, dada la importancia del ministerio que realizaba y la seguridad de seguir un llamado de Dios, comprendía que ninguna dificultad debía arrebatarle su contentamiento, pues su propio ministerio y predicación perderían poder y resultados. Sabía que el privilegio de vivir para Cristo era una bendición tan grande, que podría superar cualquier incertidumbre y temor; aunque llegaran momentos cuando ciertos recursos faltaran.

Por eso mismo declara también estar enseñado tanto para tener abundancia como para padecer necesidad (4:12). Hay gente pudiente que el dinero y las posesiones les dominan hasta el punto de olvidar que la avaricia resta valor y belleza a la vida. A su vez, muchos pobres piensan que quienes poseen dinero jamás experimentan inquietud, frustraciones o temores por el futuro, lo cual es incierto. Un joven, hijo de parientes míos en el extranjero, vive en condiciones que millones de personas ─entre ellas este autor─, calificarían de fastuosas. Cuando le presenté el evangelio, me confesó con infinita tristeza:

—¿Sabes? Acepté a Cristo como mi salvador siendo adolescente, pero no funcionó. No sé qué hacer con mi vida y nada me satisface. Ni siquiera la fe, porque ya no creo en nada.   

Al escucharle hablar así, le conté de una mujer que conocí en Cuba cuando recién comenzaba mi ministerio. Un pastor me llevó a visitarla porque ella llevaba más de 20 años postrada en cama, mal atendida por familiares que parecían no amarla mucho. Cuando llegué y vi las terribles condiciones en que se hallaba, me pregunté qué podría decir para animarla. Nervioso, ignorando cómo comenzar, ni cuál pasaje bíblico leer ante tanta  depauperación y abandono, hice las preguntas más estúpidas que podrían ocurrírsele a un joven pastor, sano y fuerte, al encontrar a alguien en un estado tan deplorable.

─Buenos días, hermana. ¿Se encuentra bien? ¿Cómo se siente?

¡Cualquiera diría que no había visto ya su estado físico, sus ropas mugrientas y su desamparo total! Su respuesta fue lo menos que esperaba:

─Aquí, pastor, ¡gozosa en el Señor! ¡Qué bueno que vinieron! Vamos a cantar himnos, ¿verdad?

Imaginarás cuántas veces he compartido esta historia y si lees otros escritos míos la encontrarás de nuevo. Fue uno de los momentos más impactantes e inolvidables de mi ministerio. Le pregunté qué quería cantar y sin responderme, entonó con su debilísima voz:

─Yo tengo gozo en mi alma, gozo en mi alma, gozo en mi alma y en mi ser. ¡Es como un río de agua viva, río de agua viva, río de agua viva en mi ser!

Era un corito evangélico que se cantaba mucho en aquella época. Llorando como un niño, traté de unirme a ella mientras le pedía perdón a Dios. Viviendo la tercera década de mi vida, fuerte y saludable, yo tenía muchísimas quejas, insatisfacciones y protestas por determinadas experiencias que había vivido. Jamás olvidaré el rostro y los ojos de aquella anciana cuya alma era un río de agua viva que reflejaba gloriosamente a Cristo, ¡a pesar de la horrible enfermedad que sufría desde hacía muchos años! Ella aprendió a contentarse con cualquier situación y estaba llena del Espíritu de Dios, aunque yacía en un camastro sucio, abandonada por quienes debían cuidarle. ¿Entonces?  

Todos necesitamos aprender a contentarnos ─como ella─, para valorar y apreciar el verdadero sentido de la vida y el valor de la fe cristiana, con independencia de cuánto poseamos… o nos falte en lo absoluto. ¡Claro que la situación de esa pobre hermana era injusta y censurable! Nadie debiera sufrir algo así. Pero ella había enfrentado y vencido el peor de los males con la fuerza de su fe y su esperanza en el Señor. Cuando volví a aquella ciudad después de algunos años ya había partido con el Señor y nunca supo cuánto me ayudó y cómo su recuerdo me ha inspirado siempre en situaciones difíciles… ¡ni a cuanta gente le he contado su historia!

Tanto la pobreza y la enfermedad como la riqueza y la abundancia, pueden obnubilarnos con una espiral de insatisfacciones que nos vuelvan miserables aunque poseamos todo, como el joven de la historia anterior. Aquella hermana, en su miserable entorno y condiciones, logró ser inmensamente rica e inspiradora. El secreto está en nuestra actitud y la capacidad que tengamos de vivir a plenitud nuestra fe.

Sirviendo a Cristo en medio de situaciones difíciles, podemos aprender el secreto del contentamiento gracias a nuestra relación con él y convertirnos en un río de agua de viva que bendice a otros. La pobreza —pese a toda la tragedia que suele significar—, nos permite experimentar la maravilla de la providencia divina. La abundancia —pese al falso orgullo que provoca en algunos—, también nos ofrece la gracia de la generosidad. Pidamos al Señor sabiduría y esforcémonos para que cada experiencia profundice nuestra espiritualidad, a fin de servir a los demás con gozo, incluso en momentos como los que vivimos ahora. ¡Nada puede quitarnos el gozo y la bendición de experimentar el amor, el perdón y la presencia de Dios!  

Por último, tengamos presente que la declaración paulina: todo lo puedo en Cristo que me fortalece (4:13), no es una afirmación de autosuficiencia, porque conduciría directamente al fracaso. De no contener las palabras en Cristo podría colocarnos en situaciones ridículas.

Pude tener un auto a mis cincuenta años de edad. Se rompía con frecuencia y decidí aprender mecánica automotriz. Así exigí al mecánico que contrataba me explicara todo lo que hacía para poder ir aprendiendo. Me ofreció muchas explicaciones mientras trabajaba en mi auto, hasta que intuí que él creía estar perdiendo su tiempo conmigo y se sentiría mejor si lo dejaba trabajar sin necesidad de explicarme. ¡Qué pena!

Una noche regresaba de La Habana a Pinar del Río y mi auto se me apagó en medio de la carretera. Pude avisar al pastor bautista del pueblo más cercano, quien vino con varios hermanos y un mecánico para ayudarme.  

—Intenté arrancarlo, pero parece tener una rotura mayor —le dije.

El mecánico sonrió y me dio una palmadita en el hombro.

—Veamos, pastor. Tal vez usted sea buen predicador… pero un mal mecánico.

Abrió el capó, desconectó una pequeña manguera, la sopló, volvió a conectarla y el motor arrancó. Y yo me sentí el tipo más ignorante del mundo. ¡Mi mecánico me había explicado ese procedimiento muchas veces!

Todos se burlaron de mi rotura mayor y pienso lo hicieron más cuando me marché. Aquel día comprendí que los mecánicos necesitan de gente como yo que les pague sus servicios. Decidí que de romperse el auto en la carretera, resolvería las roturas en Cristo. Si así sucedía, oraba:

—Señor, sabes que hago papeles muy ridículos intentando ser mecánico. No me permitas hacerlo más y envíame a alguien que sepa.

¡Y Dios siempre lo hizo! Pudiera contar muchas historias de cómo llegaron mecánicos y me ayudaron, incluso, negándose a cobrar. Cuando uno está en Cristo los recursos son infinitos. Por eso decir todo lo puedo en Cristo es una declaración de fe exclusivamente condicionada a en Cristo. Con ella reconocemos que no es nuestra fuerza la que nos permite estar preparados para cualquier contingencia, sino nuestra relación con Cristo. Por eso estas declaraciones paulinas no son gritos de grandeza, poder ni suficiencia humana, son cantos de fe y de esperanza.

Aferrémonos a estas declaraciones paulinas. Podemos experimentar contentamiento, paz y confianza en el Señor en medio de cualquier tormenta, como esta de la conjunción de la pandemia del Covid-19 con el nuevo escenario económico tan desconcertante que afrontamos. Aunque nos consideremos incapaces de vencer o comprender la situación que vivimos, en Cristo siempre seremos más que vencedores.

Porque todo lo que es nacido de Dios vence al mundo; y esta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe (1 Juan 5:4).  

Retos de la Covid-19: comunión en el Espíritu

«Estando persuadido de esto, que el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo; como me es justo sentir esto de todos vosotros, por cuanto os tengo en el corazón; y en mis prisiones, y en la defensa y confirmación del evangelio, todos vosotros sois participantes conmigo de la gracia. Porque Dios me es testigo de cómo os amo a todos vosotros con el entrañable amor de Jesucristo. (Filipenses 1:7-8)».

La ciudad de Filipos se encontraba en la antigua Macedonia ─territorio que ahora corresponde a Grecia─, lejos del lugar desde donde el apóstol escribió a los filipenses. Sin embargo, él les declara: sois participantes conmigo de la gracia, por cuanto os tengo en el corazón y en mis prisiones. Lo cual quiere decir que el apóstol en Roma y los creyentes en Filipos experimentaban comunión en el Espíritu aunque estuviesen separados y en lugares diferentes.

Tradiciendo a un norteamericano años atrás, al comenzar su mensaje, él me advirtió: 

—Es el Espíritu Santo quien debe hablar. Tradúceme, pero sométete al Espíritu Santo. Si sientes que debes añadir o cambiar algo, hazlo.

Comenzó a predicar y de pronto, tuvimos una experiencia singular. Él —aunque no conocía una palabra en español—,  entendía perfectamente las ideas que yo añadía a las suyas. Éramos como una sola persona predicando sin los inconvenientes usuales de una traducción. ¡Una experiencia única! Cuando terminamos, la congregación estaba de rodillas glorificando a Dios. Para todos fue una vivencia espiritual muy impresionante.

Tiempo después, una madrugada, desperté preocupado por no saber de ese hermano durante meses, de modo que estuve orando por él. Al amanecer le envié un correo electrónico que respondió al instante: ¿Me creerás si te digo que a esa hora oraba por ti? Me desperté y como no me dormía, decidí orar porque enfrento situaciones difíciles en mi ministerio. Tu email me hizo sentir que Dios está dirigiendo todo…

¿Cómo nos despertamos a orar al mismo tiempo y pensando el uno en el otro si estábamos a muchos kilómetros de distancia? Se llama comunión en el Espíritu. Pablo en prisión sabía que los filipenses oraban por él porque ellos disfrutaban de comunión en el Espíritu. ¿Dudas de que el Espíritu Santo pueda mantenernos en comunión los unos con los otros? Tal comunión espiritual, vital cuando estamos adorando en una congregación, no tiene por qué desvanecerse cuando no estamos reunidos. Debido a la comunión que Pablo mantenía con quienes ministraba no se sintió abandonado en su prisión romana ni perdió su gozo cristiano. Y por esa misma comunión su ministerio prosperó a pesar de su encierro.  

Si estamos unidos en el Espíritu con nuestros hermanos en la fe, percibiremos el amor y el apoyo mutuo aunque nuestros encuentros personales hayan disminuido debido a imponderables de la vida. ¿No te ha sucedido ya alguna vez? Estás preocupado u orando por alguien y de pronto esa persona te llama por teléfono, o te enteras poco después de que en el momento en que orabas estaba enfrentando una situación difícil. Le gente lo llama telepatía o trasmisión de pensamiento, pero nosotros creemos que el Espíritu Santo nos mantiene unidos en el Señor con nuestros hermanos en la fe. De seguro ya has vivido la experiencia de sentir que otros oran por ti, lo cual te anima y fortalece mucho. ¿Acaso solo nos sentimos en comunión con Cristo y con los hermanos cuando estamos participando de un culto? No temas: la obra del Espíritu Santo continúa aunque el compañerismo y las reuniones eclesiales estén afectadas por circunstancias inevitables. ¿Te imaginas si así no fuera? Como el Espíritu no solo convence al mundo de pecado, justicia y juicio, sino que guía a los hijos de Dios hacia toda verdad, su bendita presencia es constante en la vida de los creyentes en Cristo.   

¿Has olvidado que la fe cristiana conquistó al mundo cuando las iglesias no eran tan numerosas, bulliciosas, ni podían anunciarse con letreros en las puertas? En tiempos de persecución los cristianos se reunían secretamente y en muy pequeños grupos, ¡y la fe no dejó de propagarse! ¿No estará Dios llamándonos a un ministerio más intercesor y dependiente del Espíritu en estos momentos? Todos sabemos que a veces la multitud de actividades y compromisos constantes dificultan la oración intercesora profunda y cotidiana. Pero si el pueblo de Dios se mantiene orando los unos por los otros —aunque sufran distanciamiento social—, pueden ocurrir grandes cosas. Cuando Pablo fue detenido y enviado a Roma, algunos creyentes temieron que al ser encerrado el mejor estratega misionero de la época, el progreso del evangelio se detendría. Lo que sucedió, no obstante, fue que recibieron una carta suya diciéndoles: la mayoría de los hermanos, cobrando ánimo en el Señor con mis prisiones, se atreven mucho más a hablar la palabra sin temor (Filipenses 1:14).

¿Te das cuenta? El apóstol va preso por predicar la palabra y contra todos los pronósticos, los creyentes ─incluso algunos que no simpatizaban mucho con él─, en vez de amilanarse y recogerse asustados porque Pablo había sido apresado, ¡se animan a predicar como nunca antes habían hecho! Jamás dudes de que detrás de los acontecimientos más desconcertantes, pueda haber un plan soberano de Dios para bendecir a su pueblo. Pablo también escribió algo que puede ayudarnos mucho en estos momentos angustiosos: El mismo Espíritu da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios; Y asimismo también el Espíritu ayuda a nuestra flaqueza; porque qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos; pero el mismo Espíritu pide con nosotros con gemidos indecibles (Romanos 8:16; 26). ¿No es fabuloso?

Por tanto, no nos preocupemos si ahora algunos enemigos de la fe se alegran por las limitaciones obvias que el enfrentamiento a la pandemia ha causado a las iglesias. ¿Creerán que estas, restringidas en sus actividades perderán fuerza y poder espiritual? El pueblo de Dios sabe que no es así, porque ¡el Espíritu Santo jamás entra en cuarentena!  

Ciertamente estamos viviendo tiempos muy difíciles. Unámonos al clamor profundo que se levanta en nuestra patria y en el mundo pidiendo a Dios misericordia y que las personas se vuelvan a él. Clamemos, pero sin dudar que el Espíritu Santo esté acompañando, animando y sosteniendo a los creyentes. Ya sea que estén sanos en sus casas, aislados como sospechosos o enfermos en los hospitales donde ahora no podemos visitarles para animarles y orar por ellos. En el Espíritu podemos unirnos en oración los unos por los otros.

La iglesia necesita reunirse, pero no deja de ser la congregación de los santos cuando está esparcida. Mantengámonos en comunión con nuestros hermanos orando por ellos. Cuando podamos, por cualquiera de las vías posibles contactémosles para expresarles nuestro amor y convicción de que quien comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo (Filipenses 1:6); aunque ahora no nos veamos con tanta frecuencia, ni realicemos las actividades acostumbradas.

A menos que Jesús vuelva antes —¡qué maravilla si así sucediera!—, esta pandemia pasará, como tantas anteriores. De modo que, si aún no es el tiempo de Dios para el retorno de Cristo, algo que solo él sabe, lo que veremos será que los verdaderos creyentes profundizarán su fe y dependencia de Dios, clamando a él con más fervor cada día. Y como cuando el pueblo de Dios ora suceden cosas maravillosas, es muy posible que el largo y agónico tiempo que estamos enfrentando inste a mucha gente a buscar del Señor.

¿Olvidamos lo que sucedió en Cuba durante los difíciles y desconcertantes años de la década de 1990? Sufrimos mucho durante el tristemente célebre período especial… ¡pero muchas personas conocieron a Cristo y otras más volvieron a la fe durante aquel tiempo funesto! Por lo tanto, no nos preocupemos. Dios es grande.  

Y siempre sabe lo que hace.

Retos de la Covid 19: ¿fe sin reuniones eclesiales?

“Por lo demás hermanos, gozaos en el Señor. A mí no me es molesto repetiros las mismas cosas y para vosotros es seguro (Filipenses 3:1)»

Pablo podía gozarse aún en los peores momentos de su ministerio. Los verdaderos hijos de Dios cuando enfrentan adversidades se aferran a su fe, lo cual les llena de paz en medio de la tormenta. El amor y la misericordia de Dios nunca faltarán en los momentos más desconcertantes. ¿Podremos amilanarnos por este ya largo y frustrante tiempo de pandemia que ha virado todo al revés? Uno de los problemas que más nos disgusta ahora es ver muchos de nuestros templos cerrados y la mayoría de las actividades canceladas. ¡Nos sentimos como si nos faltara algo imprescindible! Y aunque las reuniones eclesiales son importantes, no son imprescindibles aunque te choque un poco leer esta afirmación. Lo que sí es imprescindible es saber que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro (Romanos 8:38-39)

No deseábamos en lo absoluto vivir una experiencia como esta, en la que todos nuestros mejores planes y proyectos se han venido abajo. No obstante, no es bueno ocultar nuestros sentimientos al respecto, así como negar que sentimos preocupación, tristeza, dolor o confusión pensando que hacerlo es un mal testimonio. ¿Acaso los Salmos no están llenos de expresiones de duelo ante diferentes pérdidas? No es falta de fe exclamar como el salmista: Dios mío, mi alma está abatida en mí… todas tus ondas y tus olas han pasado sobre mí… ¿Por qué andaré yo enlutado por la opresión del enemigo? Como quien hiere mis huesos, mis enemigos me afrentan, diciéndome cada día: ¿Dónde está tu Dios? (Salmo 42:6a,7b, 9-10).

¿Acaso Dios se horroriza por escucharnos decir que estamos cansados, tenemos temor o que nos flaquea la fe? Más allá de la lucha interior que nos aqueje, el Señor conoce cuanto ocurre y está a nuestro lado. Si bien a veces no podremos alegrarnos por lo que acontece ─como ahora mismo─, debemos aferrarnos a las enseñanzas bíblicas que alimentan nuestra fe aunque ahora no podamos asistir a la iglesia como deseamos porque debemos cuidar nuestra salud y evitar contagios.

Promocionando el ministerio de Radio Transmundial recorrí la provincia canadiense de Saskatchewan. Viajamos por increíbles planicies que se perdían en el horizonte, solo ocupadas por rollos de trigo recién cortados en espera de ser recogidos. Al fin, llegamos a un lugar muy solitario llamado Arcola. Estaba tan desierto que me pregunté de dónde saldría la gente para escuchar a un cubano en la única iglesia del pequeño pueblo. ¡Pero encontramos una tienda de antigüedades en la calle principal!

—Bienvenidos al bazar de antigüedades más completo y apartado del mundo —dijo un anciano atento y simpático que nos atendió, añadiendo:

—Tengo más objetos antiguos que clientes en millas a la redonda. ¿En qué puedo servirles?

¡Cuántas antigüedades y a qué precios había en Arcola! Jamás compraría algo allí. Me gusta todo lo moderno: la arquitectura, los muebles, la tecnología, etc. No obstante, estoy convencido de que la obra del Señor solo mantiene sosteniendo antiquísimas verdades bíblicas. Todos los educadores saben que una de las leyes de la enseñanza es la repetición. Lo que escuchamos una y otra vez conquistará nuestro corazón y determinará nuestras decisiones. Es por ello que Pablo insiste: a mí no me es molesto repetir la mismas cosas y para vosotros es seguro (3:1b). Es penoso que algunos predicadores vayan como picoteando de un pasaje a otro de la Biblia, dejando de lado otros que no consideran importantes.

Por ejemplo, ¿quién habla ahora de buscar la voluntad de Dios? Aprendí de niño que discernir cuál era la voluntad de Dios para mi vida personal era un tema vital, porque la generación que me precedió insistía en ello. Tanto lo oí que, convencido, a los 16 años tomé decisiones que nada tenían que ver con mis preferencias y aspiraciones hasta entonces. Al comprender que Dios tenía otro plan conmigo abandoné los míos con una facilidad pasmosa. Creo que en momentos como éste el tema de la voluntad de Dios es vital. Hoy muchos toman decisiones bajo otros presupuestos; el bienestar, los gustos, las preferencias sociales, las aspiraciones personales, etc. También la moda o lo que haga la mayoría parece ser en muchos casos determinante.

Tal vez por ello algunos temas tienden a soslayarse en el magisterio eclesiástico contemporáneo: el juicio final, la segunda venida de Cristo, la santidad, la disciplina, los diezmos y ofrendas y otros más. ¿No habla de ellos la Biblia? Sin embargo, sí se insiste en demasía sobre el espíritu de victoria, la necesidad de tener grandes sueños, emprender proyectos ambiciosos y disfrutar la vida a plenitud. ¿Y la entrega, la renunciación, la negación de uno mismo, el amor sacrificial por la obra de Dios?  A Pablo no le molestaba repetir las mismas enseñanzas porque eran necesarias y seguras. Hoy tememos importunar a la gente con insistencias incómodas y por ello buscamos desarrollar temas y métodos novedosos, tan atractivos, espectaculares, apelativos y gratificantes que provoquen que la gente se sienta tan cómoda y feliz que no deje de ir a los templos.

Pues bien, si debido al incremento tan peligroso de la pandemia en nuestro país, no podemos asistir al templo, tenemos la Biblia en casa para leerla, estudiarla y seguir apropiándonos de sus antiguas verdades. ¨¡Y siempre me gusta repetir que el Espíritu Santo no está en cuarentena! Que no escuchemos sermones sentados en un banco del templo no puede significar que abandonemos nuestro encuentro con la Palabra de Dios. ¿Está claro?

Es imposible desechar las las viejas verdades bíblicas como hacemos con las cortinas cuando se destiñen, los muebles cuando envejecen o los equipos eléctricos cuando no funcionan. ¡Las verdades bíblicas siempre son pertinentes! Cuando único no resultan es cuando las olvidamos y no las ponemos en práctica. Si las obedecemos ellas probarán su valor innegable, por lo tanto, necesitamos recordarlas constantemente. Los publicitarios no se avergüenzan de atiborrar la mente de la gente con mensajes repetitivos. Los cineastas saben que repitiendo escenas de sexo, violencia, persecuciones de autos y asesinatos sus producciones atraparán al público. Los artistas triunfan cuando la gente quiere verlos constantemente y los cantantes cuando les piden que repitan sus canciones. ¿Has visto cómo gritan los espectadores en los conciertos cada vez que oyen las primeras notas de una canción conocida? Mientras más la escuchan más quieren oírla.

En la tienda de Arcola comprobé que los dueños de tales negocios viven orgullosos de las antigüedades que venden y no se apenan por los precios en que las ofertan, porque mientras más antiguas, más valiosas. Y son precisamente esas piezas las que aseguran su vida y su futuro. Los hijos de Dios tampoco podemos avergonzarnos de practicar las antiguas verdades que la Palabra de Dios revela. Aunque la sociedad actual las considere anticuadas e inoperantes y sean tan costosas que reclamen la renuncia a anteriores patrones de conducta, ellas transforman nuestra vida terrenal y garantizarán nuestro gozo eterno. Mucha gente cree que la vida cristiana solo consiste en pasar tiempos agradables en los templos, disfrutar diversos rituales y escuchar mensajes que nos alienten y ayuden a olvidar los grandes problemas que nos rodean. ¿No has oído a muchos decir que van a la iglesia porque es el único lugar donde se sienten mejor?

Pues bien, es posible que esta pandemia también Dios la esté usando para recordarnos verdades esenciales que han caído en el olvido. Desde la antigüedad el ser humano ha cumplido con rituales religiosos y ha sabido elaborarlos a la perfección. Pero jamás debemos depender para nuestra relación con Dios del hecho de que podamos participar en un culto o no. Debemos reunirnos porque es un mandato bíblico, pero cuando los imponderables de la vida lo impidan, ello no significa que nuestra fe pueda desvanecerse. Tampoco podemos olvidar que desde el Antiguo Testamento Dios declaró enfáticamente: No me traigáis más vana ofrenda; el incienso me es abominación; luna nueva y día de reposo, el convocar asambleas, no lo puedo sufrir; son iniquidad vuestras fiestas solemnes… asimismo cuando multipliquéis la oración, yo no oiré (Isaías 1:13-15). Dios no quiere ceremonias o rituales que las personas pueden realizar sin experimentar un cambio de vida, sin mostrarle una obediencia absoluta. ¿Comprendes?

Entonces creo que el Covid-19, que a regañadientes nos ha obligado a muchos a mantenernos en casa y cerrar nuestros templos, también ha venido a humillarnos para que profundicemos más nuestra relación personal con Dios ─una verdad antiquísima casi olvidada─, aunque ahora no podamos asistir a los cultos. La realidad es que más que vayamos al templo, Dios desea ser el dueño de nuestro corazón.¿Es esa tu experiencia? Si así es, el por un tiempo no puedas reunirte, te entristece, pero no puede dañar tu fe.  Más bien puede ayudarte a comprender que la obediencia total a los planes divinos —a veces difíciles de entender, como en este caso—, y nuestra sumisión absoluta a su voluntad soberana, es lo que en realidad demuestra que le amamos y le servimos de corazón.

Aunque no podamos asistir al templo por una temporada y que oremos por poder regresar pronto a ellos, rendidos a él y transformados por el Espíritu Santo, él continuará bendiciendo nuestras vidas y escuchando nuestras oraciones como lo ha hecho hasta aquí.

Aun en este tiempo de pandemia.

Un solo camino

Resulta increíble la cantidad de opciones que los seres humanos tenemos en la actualidad para vivir una vida más cómoda o más divertida. ¡Nuestros abuelos no imaginaron jamás las formas de comunicación o recreación que cualquiera de nosotros disfruta o puede tener! Lo mismo sucede en materia de religión e intereses espirituales. En todas partes se habla de espiritualidad y aparentemente hay muchas ofertas para el enriquecimiento espiritual de las personas. ¿Pero todas serán eficaces?

Si sientes inquietudes espirituales es bueno que sepas que la Biblia, en el libro de Proverbios, capítulo 14, verso 12, dice: “Hay camino que al hombre le parece derecho, pero su fin es camino de muerte”

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Camino de regreso

Viajaba en un ómnibus hacia la ciudad de Santa Clara conversando con mi compañero de asiento, quien parecía de mi misma edad. Era un pasajero que abordó el ómnibus en una de las paradas que realizó durante el largo viaje. Tras un rato de conversación, descubrimos que ambos estudiamos en la misma escuela cristiana en mi ciudad natal y me mencionó los mismos maestros que yo tuve y los cultos que en la escuela se celebraban. Lo que más me impactó fue su insistencia en repetir una y otra vez:

-Fueron los años más dulces y felices de mi vida. Después abandoné la fe y todo cambió. Daría cuaquier cosa por virar atrás… pero hay mucha vida de por medio.

Le inistí que todavía estaba a tiempo, que a la fe es posible regresar…

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Peligro de caer

No importa cuántas victorias espirituales o buenas experiencias hayan tenido los creyentes en Cristo, deben mantenerse vigilantes, porque cualquiera puede caer en tentación o ser desviado del propósito de Dios para su vida. Quienes han sido cristianos por largo tiempo nunca deben olvidar que su fidelidad no es una garantía que les exime de caer y arruinar un testimonio de vida de muchos años.

Por lo tanto debemos ser humildes y mantenernos cerca del Señor…

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Retos de la Covid -19: conducta responsable

Para que seáis irreprensibles y sencillos, hijos de Dios sin mancha en medio de una generación maligna y perversa, en medio de la cual resplandecéis como luminares en el mundo (Filipenses 2:14)

Si Pablo pensaba que su generación era maligna y perversa, ¿qué diremos nosotros? La corrupción humana comenzó en el Edén, cuando la primera pareja traspasó los amorosos límites impuestos por el Creador. Desde entonces, todo ha ido de mal en peor. ¿Recuerdas la causa del diluvio universal?: Y vio Jehová que la maldad de los hombres era mucha en la tierra, y que todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era solamente el mal (Génesis 1:5). Al leer las descripciones de la conducta humana que encontramos en Romanos 2:18-32 y en 2 Timoteo 3:1-9, ¿no te parece que fueron escritas en el Siglo XXI? No obstante, creo que la generación actual, dotada de conocimientos y posibilidades que las anteriores no tuvieron, podría ser la más impúdica de la historia. Si bien el pecado ha sido constante en la humanidad desde la caída, es obvio que los límites para conductas delictivas y licenciosas son cada vez más más difusos. El comportamiento humano con respecto a la actual pandemia, entre otras razones, me obliga a pensar de ese modo.

Si el virus SARS-Cov-2 solo es trasmisible de persona a persona entre contactos cercanos, es obvio que muchos han preferido ignorar los riesgos y desechar las recomendaciones de autoridades sanitarias. ¿Cómo es posible? La mentalidad hedonista contemporánea, odia las restricciones, persigue las emociones fuertes y minimiza los peligros, insistiendo en satisfacer los antojos más pueriles y extravagantes a toda costa.

En estos tiempos que son proféticos, y en espera del cumplimiento del plan divino, recordemos las palabras de Pedro: Puesto que todas estas cosas han de ser desechas, ¡cómo no debéis vosotros andar en santa y piadosa manera de vivir (2 Pedro 3:11). No podemos dejar de enfatizar el llamado a la piedad y pureza de vida, lo cual incluye una conducta responsable, disciplinada y cuidadosa de nuestro cuerpo y su salud. ¿Acaso no lo hemos enseñado siempre? ¿O ignoráis que el cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros y que no sois vuestros? Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y vuestro espíritu, los cuales son de Dios (1 Corintios 6:20-21). ¿Cómo glorificamos a Dios en nuestro cuerpo si no cuidamos de él?

Cierto es que Dios puede librarnos de plagas y enfermedades. Por ello nos emociona leer el Salmo 91: Él te librará del lazo del cazador, de la peste destructora. Con sus plumas de cubrirá y debajo de sus alas estarás seguro; escudo y adarga es su verdad. No temerás al terror nocturno, ni saeta que vuele de día, ni pestilencia que ande en la oscuridad, ni mortandad que en medio del día destruya. Caerán a tu lado mil y diez mil  a tu diestra, más a ti no llegará (Salmo 91:3-7). Aunque algunos insisten que éste es un salmo puramente mesiánico, proclama verdades que todos hemos experimentado alguna vez. Dios nos ha ayudado y librado de muchos males. Tambien tenemos listas desconocidas de enfermedades y adversidades que pudimos haber sufrido, pero como Dios nos libró de ellas, las ignoramos. Sin embargo, en los mismos Salmos también leemos: Porque mis días se han consumido como humo, y mis huesos, cual tizón están quemados. Mi corazón está herido, y seco como la hierba, por lo cual me olvido de comer mi pan. Por la voz de mi gemido mis huesos se han pegado a la carne (Salmo 102:3-5). Lo cual quiere decir que los creyentes también nos enfermanos, sufrimos y morimos. ¿O no?

Nuestra salud puede afectarse por causas genéticas, hereditarias o circunstanciales, como no alimentarnos adecuadamente. Si nos descuidamos en invierno, padeceremos resfriados o neumonía, etc. En sentido general, de acuerdo a cómo nos cuidemos disfrutaremos mayor o menor calidad de vida. Por lo tanto, conociendo de un virus capaz de enfermarnos y causar la muerte, no es sabio ignorarlo creyendo que debido a nuestra fe, Dios está obligado a librarnos, ya que todo depende de sus propósitos soberanos. Por lo tanto, cualquier decisión que tomemos que nos exponga a un contagio, no estará demostrando una fe vigorosa, sino una insensatez que más bien la deshonra.

Vivir de forma cuidadosa y responsable es una manera santa y piadosa de glorificar a Dios, tanto con nuestro cuerpo como con nuestro espíritu. Así también testificamos del amor del Señor y de todo lo bueno que él hace en nosotros. Recordemos que el pecado del Edén fue creerle a Satanás cuando le aseguró a Eva: ¡No morirás!, pese a la advertencia divina de que si comían del árbol prohibido iban a morir. ¿Comprendes? Como un comportamiento piadoso y responsable nos libra de muchísimos males; no creamos que declarar no me pasará nada, nos librará automáticamente de un peligro que nosotros debiéramos evitar. Cuidándonos también honramos al Señor y damos testimonio de obediencia a su Palabra.

Conozco un matrimonio que la esposa estaba de visita en Estados Unidos y allá le agarró la pandemia. No pudo regresar hasta nueve meses después. Ellos decidieron que el esposo abandonaría la casa de ambos antes de su arribo y no se reunirían hasta que ella tuviera el resultado de los análisis necesarios. ¿No anhelaban estar juntos? ¡Claro que sí! Más quisieron ser responsables y cuidadosos, cumpliendo las normas sanitarias vigentes. Así fue que disfrutaron un reencuentro feliz días después sin tener que lamentar males posteriores, cuando ella ya estaba segura de no haberse contagiado durante su viaje de regreso. Penosamente, sé de otros creyentes que, confiados en que nada pasaría, provocaron una cadena de contagios lamentable. ¿Dios les abandonó a ellos? En lo absoluto: no fueron prudentes, ni actuaron con sabiduría. Y añadieron aflicciones a personas que amaban mucho y pudieran haber evitado con un comportamiento responsable.   

No lo dudes, hermano o hermana, el oído que escucha las amonestaciones de la vida, entre los sabios vivirá (Proverbios 15:1). Si evitamos el contagio glorificamos a Dios. ¿Sabes por qué? Actuar con sabiduría es mostrar una virtud cristiana que, por cierto, la Biblia enseña que debemos procurar: Y si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada. Pero pida con fe, no dudando nada, porque el que duda es semejante a la onda del mar; que es arrastrada por el viento y echada de una parte a otra (Santiago 1:5-6). Preocupémonos por cumplir nuestras responsabilidades pero siempre comportándonos con mucha sabiduría y prudencia. Bien nos advierte la Biblia: Mirad, pues, con diligencia como andéis, no como necios sino como sabios, aprovechando bien el tiempo porque los días son malos. Por lo tanto, no seáis insensatos, sino entendidos de cuál sea la voluntad del Señor (Efesios 5:15-16).

Creo firmemente que debemos cuidarnos unos a los otros y hacer todo lo posible por no contagiarnos. Si nos enfermamos, que no se deba a una actitud irresponsable o burladora de normas sanitarias que desde la antigüedad, y hasta en la propia Biblia, se han puesto en práctica cuando hay epidemias.

No ofendemos a Dios con ello.

Tristeza que trae salvación

Algunas personas cuando comienzan a seguir a Cristo muestran todo el entusiasmo que su nueva vida en Cristo les proporciona. Al notar los cambios que ocurren en su vida y como sus deseos y prioridades vienen a ser diferentes, se emocionan y viven tiempos de mucha felicidad. Ese primer tiempo de la vida cristiana, la Biblia lo llama “el primer amor”. Los nuevos creyentes esperan que su nueva vida vida espiritual siempre vaya en ascenso, pero a veces ocurren tropiezos.

El apóstol Pedro fue un discípulo especial y un líder nato; lo cual no impidió que en un instante trágico negara que conocía al Señor.,lo cual fue muy vergonzoso. Lo más impactante de la historia es que cuando Jesús resucitó solo le preguntó si lo amaba y le invitó a que continuara su vida de servicio. Jesús sabía que Pedro había llorado amargamente y deploraba su acción de todo corazón.

Quienes tras comenzar su vida cristiana tienen una recaída en pecado o descubren que algunos hábitos luchan por adueñarse de ellos nuevamente, deben saber que la propia tristeza y vergüenza que sienten por por ello es su tabla de salvación. Tal sentimiento demuestra que aman al Señor y no desean defraudarlo. Lo importante es mantenerse en el camino y aferrados al Espíritu de Dios. Él les ayudará a levantarse y continuar avanzando…  

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Después de caer… ¿qué?

Javier tocó desesperado a la puerta de mi casa una tarde. Tras convertirse a Cristo había vivido un tiempo maravilloso de victoria y transformación. Era otra persona y sus hábitos de vida iban cambiando. Él mismo se encontraba maravillado y muy agradecido a Dios y a la iglesia que le había recibido con tanto amor, a pesar de su pasado un tanto complicado.

Cuando nos sentamos a conversar, sus lágrimas brotaron en profusión:

-Pensé que era cristiano y no iba a volver atrás –dijo casi sin poder hablar.

Él se sentía miserable porque había caído en uno de sus antiguos hábitos nuevamente. Su tristeza era inmensa…

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Fuego de prueba

“Amados, no os sorprendáis del fuego de prueba que os ha sobrevenido, como si alguna cosa extraña os aconteciese. De modo que los que padecen según la voluntad de Dios, encomienden sus almas al fiel Creador, y hagan el bien (1 Pedro 4:12; 19)”.

En un período muy difícil de la historia cristiana el apóstol Pedro aconsejó a los creyentes no sorprenderse ante el fuego de prueba. Ahora también nos sentimos amenazados por un fuego desatado cuyas llamas pretenden alcanzar a todos. Por ello telefoneé a una anciana misionera para rogarle que orara por mí, pues me sentía afligido y preocupado.

─¿Tú, afligido?─ protestó, y me regañó lanzándome una arenga muy agresiva sobre la fe y la confianza en Dios; aunque poco a poco se tornó comprensiva y terminó diciéndome:  

─Imposible no entristecerse ante tantas carencias, enfermedades, muerte y la vez corrupción y desatino humano. ¿Cómo evitarlo? A veces afligirse, hermano mío, no demuestra falta de fe; solo muestra sensibilidad.

De modo que entendemos muy bien las palabras de Pedro antes citadas. ¿Dudas acaso del caos existencial que experimenta la sociedad? ¿Te asombra el rechazo agresivo a los valores que protegen la dignidad humana? ¿Te aflige la egolatría postmoderna, que considera los límites como agresiones inaceptables?

Creo que se pudiera haber evitado la expansión de la pandemia. Si algunos ocultaron o minimizaron la realidad del peligro, otros no adoptaron conductas adecuadas, desoyendo las advertencias de científicos conscientes de la magnitud de la amenaza. Así fue que multitudes hicieron caso omiso de ellas, algunas hasta a nombre de la fe. La sacrosanta “libertad de pensamiento y expresión” nos jugó tan mala pasada, que los propios homo sapiens esparcimos los virus SRAS-CoV-2 gracias a nuestra todopoderosa libertad de movimiento mientras viajábamos felizmente por el mundo. ¡Qué vivan los derechos humanos! Sobre todo aquellos que nos permitan cumplir nuestros deseos aunque un peligro real nos aceche. Tenemos el derecho de esperar que nada suceda. ¿No es así?  

Aunque todo lo que veamos en Internet no podemos darlo por cierto ─el placer de mentir, exagerar, calumniar y denigrar parece ser hoy otro derecho soberano─, una ojeada a la Web revelará la insensatez humana al vuelo. ¿Conoces del Ever Given, el portacontenedor que se atravesó en el Canal de Suez? Con 400 metros de largo y 59 de ancho, es capaz de transportar hasta 20,400 contenedores. ¡Qué maravilla tecnológica! Es una mole que emerge sobre el agua hasta la altura de un edificio de diez o más pisos.

El Evergiven cargado al tope. Calcule que cada contenedor tiene 2.5 metros de altura.

Una ráfaga de viento y polvo de 74 Km/h desvió su rumbo y la arena a ambos bordes del canal lo apresó y detuvo, paralizando así gran parte del comercio mundial. El viento, la arena y también errores humanos colapsaron al coloso tecnológico. Egipto confiscó el barco hasta que la naviera Evergreen, su propietaria, compense a las autoridades del canal con mil millones de dólares americanos por las pérdidas generadas durante el bloqueo de la vía acuática. Interesante, ¿no?

Esa noticia me condujo hasta otras que ignoraba del todo. Cada año caen por la borda al océano cerca de 1,300 o más contenedores. ¿Lo sabías? Se ignora cuántos autos y otras producciones se hunden en el mar dentro de ellos. ¡Es difícil imaginarlo! La BBC llama a los súper portacontenedores símbolos gigantes del desequilibrio comercial del mundo y asegura que están creciendo irracionalmente.

En el año 2020 caueron al mar una cifra record: más de 3,000 contenedores. Y en lo que va del 2021 ya han caído más de 1,000.

No insistiré en ello, más si buscas en internet: contenedores caídos al mar, prepárate a ver horrores. ¡Hoy día ocurren muchas irracionalidades! Me aterró leer que cuando un barco se acerca al mal tiempo los capitanes tienen la opción de alejarse del peligro, pero la actitud más usual es “no evites la tormenta, pasa”. Los barcos modernos son fuertes, están equipados con la mejor tecnología y los largos rodeos para evadirlas provocan enormes pérdidas económicas. ¿Comprendes? Parece que los humanos somos adictos a las emociones fuertes, los riesgos atrevidos y a valorar la riqueza ─y no la vida misma─ como el bien supremo.

La Biblia desde hace siglos enseña que el mundo se encamina a la destrucción y la conducta humana empeorará, pero agrega que los cielos y la tierra que existen ahora, están reservados por la misma palabra, guardados para el fuego en el día del juicio y de la perdición de los hombres impíos (2 Pedro 3:7). También Jesús advirtió que habrá pestes, y hambres, y terremotos en diferentes lugares. Y todo será principio de dolores (Mateo 24:7-8). Ignoramos cuándo y cómo se cumplirán estas profecías y no es sano fijar fechas posibles para tales acontecimientos. De hecho, otras pandemias y calamidades han azotado al mundo, algunas con resultados más trágicos que los causados por la Covid-19 hasta hoy. Es contradictorio que la admirable calidad del conocimiento científico actual y la capacidad tecnológica ya alcanzada hayan sido obviadas por el comportamiento irracional de los seres humanos. Reconozco, no obstante, la dedicación y el heroísmo del personal médico atendiendo a tantos enfermos en todo el mundo y el de los científicos trabajando esforzadamente en la elaboración de las vacunas necesarias. Hay heroísmo también en muchas esferas del devenir humano, pero la impiedad y la insensatez muchas veces invalidan o anulan los más virtuosos empeños.

De todas formas, a más de un año de pandemia, todavía nos agobian el número creciente de enfermos y fallecidos, el mayor peligro de contagio y las insoslayables medidas de distanciamiento y disciplina. Cuidarnos y cuidar a otros no es demostrar poca fe; es vivir el fruto del Espíritu: amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza (Gálatas 5:22-23). Razones hay de sobra para ser sensatos. Esta prueba de fuego debe purificarnos y mostrar lo mejor y más noble en nosotros: la realidad y profundidad de nuestra fe, la comprensión y asimilación del amor y la paciencia de Dios, no queriendo que ninguno se pierda, sino que todos procedan al arrepentimiento (2 Pedro 3:9).  

Cuidémonos los creyentes en Cristo de caer también en irracionalidades y actitudes impropias o egoístas; en controversias condenatorias y despreciativas debido a la cada vez más corrupta condición humana. ¡Nuestra misión es ser portadores de buenas nuevas! Algunos cristianos nos expresamos y actuamos como si anheláramos ardientemente el juicio de Dios para con otros, olvidando que nosotros mismos hemos sido perdonados por gracia. Mostremos a todos el amor de Cristo llamándoles al arrepentimiento. Como el Espíritu Santo jamás entra en cuarentena ─¿alguien creerá que permanece oculto en los templos, incapaz de obrar si no se asiste a ellos?─, él convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio (Juan 16:8) y nos guiará a toda verdad; porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oyere y os hará saber las cosas que han de venir (Juan 16:13). Dios no nos abandona en medio de la prueba.

Recordemos también que: Puesto que todas estas cosas van a ser desechas, ¿cómo no debéis vosotros andar en santa y piadosa manera de vivir? (2 Pedro 3:11). Otra de las irracionalidades contemporáneas es que muchos, empeñados en proclamar que son creyentes y aman a Dios, esquivan su compromiso de vivir en santidad. No olvidemos la recomendación paulina: No seas vencido de lo malo, sino vence con el bien, el mal (Romanos 12:21). Solo así lograremos que esta prueba de fuego haga relucir en nosotros lo mejor de nuestros sentimientos, el poder de la fe y la belleza de una verdadera piedad cristiana.

Solo así el mundo podrá ver el poder del evangelio y nosotros sentiremos más llevadera la aflicción.  


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